«Cuando era niño, mis papás no querían que jugase al fútbol. Ellos querían que estudiara. A veces, incluso me encerraban en la casa, pero yo saltaba un muro por la parte de atrás», afirmó hace unos años Roberto Firmino, delantero de Liverpool que anotó el gol de la victoria en la final del mundial de clubes ante Flamengo.
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En nuestros países (hablando de Sudamérica), se nace con una pelota bajo el brazo en muchos hogares. Desde pequeños vemos con curiosidad a los que patean un balón. Para sobresalir entre todos los que jugamos al fútbol hay que tener disciplina, hay que creerse el cuento, hay que ser osados y ubicar a este deporte como una prioridad y una fuente de vida. Y así lo hizo Firmino desde pequeño, demostrando que las convicciones se defienden en contra de cualquier corriente, mandato o creencia.
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Firmino hace parte del linaje futbolero de Brasil. Es un jugador veloz, con regate y precisión en sus movimientos y definiciones. Jugar en las canchas más pequeñas, patear pelotas más pequeñas, dedicarle más tiempo a los entrenamientos y exigirse para nunca conformarse con lo que descubre y emociona, hace parte de esa personalidad que demanda la posición más añorada, la que más muestran las cámaras y más mencionan los medios de comunicación en sus primicias, portadas y noticieros: la de ser delantero o goleador.
Nació en Alagoas, un estado al norte de Brasil. Jugó fútbol entre arena. Sacrificó la cotidianidad de una vida costera, de una vida entre aulas y cubículos y se dedicó de lleno al fútbol. La timidez lo hizo solitario y las dificultades económicas con su familia lo obligaron a colaborar vendiendo acua de coco en las playas de Maceió, la capital de Alagoas.
Figueirense, un club de segunda división en Brasil, ya tenía fichado a Firmino. La contratación no se había contratado porque el delantero iría a presentar unas pruebas en el Olympique de Marseille. En su primera visita, el jugador fue deportado desde España, país en el que muchos latinoamericanos hacen escala al llegar a Europa. Los documentos que en 2009, época en que sucedió este episodio, debía presentar el brasilero estaban incompletos. La frustración se apoderaba de él. Tuvo que retornar con las ansias y los anhelos intactos. Al mes pudo viajar directamente a París por un vuelo que le consiguió el equipo francés. Sin embargo, no pudo pasar las pruebas.
Apenas tenía 18 años cuando sucedió aquel capítulo que, en lugar de amilanarlo, lo impulsó. El Figueirense lo contrató y se convirtió en uno de los goleadores del equipo con ocho tantos. El equipo ascendió y el espectro se ampliaba al pertenecer a la máxima categoría de fútbol en su país.
«Era un chico con un grado de escolaridad muy bajo, pero con una inteligencia de juego impresionante», afirmó Hemerson María, su director técnico en divisiones inferiores. Fue silencioso, de pocas palabras debido a su timidez. Sus maniobras y su visión de juego terminaron de hablar por él y por sus virtudes en el fútbol.
Por los goles anotados y los aportes que Firmino le daba a su equipo en la creación de juego ofensivo fue visto nuevamente por los cazadores de talentos que venían de Europa. Hay quienes cuentan que por las estadísticas que tenía Firmino en la aplicación de Football Manager (en la que cada participante se encarga de manejar la llegada y salida de jugadores, así como el equilibrio financiero y deportivo de su club), el caza talentos de Hoffenheim, el equipo alemán, se fijó en el brasilero y lo siguió por la astucia reflejada en ambos contextos del fútbol: el real, el que demostraba a diario con Figueirense, y el virtual, donde jugaba a ser uno de los mejores mánagers del mundo.
La distancia, esa que tanto lo afectó cuando dejó su ciudad y su familia para seguir su sueño de futbolista, ahora sería mayor. Los años le enseñaron que los sacrificios son inherentes a los triunfos, que sin ellos es difícil reconocer el valor de un éxito personal. En Alemania fue criticado a priori por haber sido comprado por tres millones de euros sin tener mayores referencias en su historial. Logró quedarse un lustro en Hoffenheim. Sus registros dicen que anotó 49 goles en 153 partidos. Fue vendido en 2015 a Liverpool por cuarenta millones de euros.
Al equipo inglés, al que «nunca caminará solo», llegó con la timidez que lo caracteriza. Ese mismo año fue convocado a la selección de su país. Ya el sueño estaba realizado, ahora debía mantenerlo y perfeccionarlo con el paso del tiempo. Lleva más de 60 goles en Liverpool, ha levantado tres trofeos: una Champions, una Supercopa de Europa y el Mundial de clubes. Con su selección ha anotado 12 goles y ha ganado una Copa América. La osadía de no escuchar a su familia y de escuchar sus ideales lo han llevado a estos registros, ha seguir reafirmando y reinventando sus anhelos y sus ansias de hacer historia en el deporte que empezó a practicar desde pequeño en las playas de su ciudad.