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Se llama Daniel Luque y es… ¡así!

El joven torero puso la plaza boca abajo en una faena de entrega.

08 de enero de 2010 - 08:59 p. m.
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Así es Daniel Luque. Un torrente que se desborda hasta llevarse por delante al propio destino, como pasó anoche. O ese muchacho que a veces se sale de sí mismo por cuenta de lo que su apoderado, José Luis Marca, llama la raza. Igual, nunca pasará inadvertido. Eso no está en la cabeza del torero andaluz. 

Pero, bueno, ¿y quién se puede quejar? Ya, a la altura del sexto del festival, en una noche oscura para los novillos toros de la ganadería de Ernesto Gutiérrez Arango, había poco para apostar. Además, el ejemplar pronto delató su condición de ir a vivir a los adentros, sin detenerse mucho en toda la tela que le soltó Daniel en los lances de recibo. Apenas, se empleó en las chicuelinas ceñidas y en ese remate largo, a usanza de pase de pecho.

Entonces, Luque tomó el único camino: echar para delante y entrar en el corazón de Manizales, primero, a punta de valor, y ahí, enseguida, de torería. Dos orejas asomaron del palco, luego de la estocada de efecto inmediato. Una carta salvaba, en parte, el festival y revelaba un nuevo nombre a una afición que ya pregunta por él.

Sebastián Castella también debió cortar dos orejas. El señor presidente no lo quiso así. Le restó una que le dio el público, porque la otra se la daba el estocadón que tiró al animal. El francés se dio entero para sacarle faena a un toro que, como algunos de sus hermanos, prefirió aferrarse al piso que ser boyante. Oreja y bronca al palco.

Otro que mereció mejor suerte fue Julián López El Juli, quien dio una lección con la que le cerró la puerta al manso para que no se fuera a vivir en los tableros. El final fue de pena: la espada no entró. Saludo.

Guillermo Perlaruiz también conoció en el primero los sinsabores de la espada. Faena limpia y templada a un toro hecho de bondad y recorrido, la excepción de la noche. Saludo y palmas al novillo.

El de Cayetano, quinto, prometió algo en el capote, pero se quedó y resultó uno más del montón. El hijo de Paquirri puso voluntad, que con esas condiciones de por medio, daba para poco. Casi lo mismo sucedió con el de Andrés de los Ríos, cuarto. La forma como metió la cara en el percal generó ilusiones que el toro se encargó de enterrar.

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