Mis colegas descubren, oh sí, en junio de 2019, que el fútbol es un fenómeno social, un asunto profundamente político. Y anuncian, con desparpajo, que hay una estrecha relación. Con algo de prepotencia nos quieren enseñar que en 1934 y 38 Mussolini usó el fútbol a favor del fascismo. Obviamente, no entienden lo de Hitler y los juegos olímpicos, porque si no saben de fútbol, qué van a saber de atletismo. El fútbol es de masas, el atletismo de… masas musculares. Luego se saltan a la guerra del fútbol en las eliminatorias centroamericanas y caen de vulgar barrigazo en Argentina 1978.
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Luego, aterrizan en Colombia. Y claro, el narco y el fútbol, Gaviria y el mundial, Santos y Pékerman, y de pronto hasta la renuncia a ser sede del mundial de 1986. Los viejos colegas, al menos, ni hablaban del tema por considerarlo superfluo y parte del opio del pueblo (curiosamente como la religión, no el opio opio). Los de hoy, al igual que tantos opinadores, se sienten con licencia para pontificar y entonces, ellos y ellas y elles nos descubren que en el fútbol hay: machismo, racismo, clasismo, exclusión, explotación. Gran descubrimiento para el que no se necesitan estudios de posgrado. Basta, simplemente, salir a la calle, ir a cualquiera de las miles de canchas que hay por ahí. Ay… (La futbolista Megan Rapinoe critica a Dnald Trump).
Y entonces, en unas semanas comunes de un medio año desbocado, se juega la Copa América, la Copa de Oro y el Mundial Femenino. En tres lugares y bajo tres esquemas diferentes. Sin embargo, algunos elementos en común los afectan: en todos se aplica el VAR, la inevitable inclusión del fútbol en el terreno de los videojuegos; en todos hay que aplicar las nuevas reglas, recién adoptadas, lo cual nos pone en un terreno transicional, como el de la JEP; y los futboleros sentimos que ya no sabemos cuándo una mano es mano y un fuera de lugar un fuera de lugar.
Y pasan algunas cosas que pueden sugerir temas de investigación interesantes, si se asumen como investigadores y no como oportunistas figuras de la mediapol. Por ejemplo, que un Brasil sin Neymar y que no pudo con Venezuela se titula campeón. Sus grandes figuras arriba de los treinta. Y el figurón de Bolsonaro que cae en las encuestas pero que asiste, al igual que Videla en 1978, a apropiarse de un triunfo futbolero para mitigar la caída. Y los jugadores asienten. La izquierda hizo todo: copa confederaciones, mundial, olímpicos, pero no pudo cobrar, como sí lo hace Bolsonaro. Así es la vida.
Pasa también, por ejemplo, que la capitana del equipo campeón del mundo desafía nada menos que a un macho blanco como Trump y al sistema. Y a diferencia de sus congéneres masculinos, ignorantes, simplistas o tibios, salvo Maradona, plantea sus demandas de frente y con un discurso muy elaborado, desafía y desafía, pero también gana y gana. Y entonces cabe soñar, soñar. Aunque da miedo que de pronto este mundo del fútbol femenino solo sea posible sin hombres. Un entorno no heteropatriarcal, igualitario, incluyente. Y entonces, cabe preguntarse si ganar o perder sean parte de una versión preelaborada del juego. O sí, como en el cuento de Borges, simplemente se prohíba el fútbol y solo quede la versión narrada de su realidad.
Ahora bien, lo del fútbol femenino —o el jugado por mujeres— es, en la práctica, una revolución en curso. Que enfrenta a los senadores Camargo del fútbol colombiano; a prohibiciones que hoy parecen fuera de la historia, pero que existieron y pueden volver a existir; a esos tenaces rasgos de machismo, clasismo y racismo que están en la entraña del fútbol mundial. Obviamente, lo del Mundial de Francia es un enorme y grato llamado de atención, pero es solo una movilización en auge pendiente de desarrollarse y concretarse. Y sujeta a lo que suceda mundial, regional y localmente en los próximos meses. Una revolución violentamente pacífica que, en últimas, pellizca a los poderosos de siempre y los obliga a poner atención. Y los pone en posición de conciliar porque les duele, pero sin convicción. La tarea de convicción es todavía larga y ardua. Es, en todo sentido, una lucha de largo aliento.
Lo de los cambios en las reglas invita a establecer espacios para entenderlos. Es un momento interesante y complejo, lleno de sabelonadas que, desde los medios, pontifican a favor o en contra. Es muy interesante sentir que ya no se tiene la última palabra, que ya no sabemos, que humildemente tenemos que entender y aceptar. Pero claro, aun asumiendo esa posición casi gandhiana, algunas cosas siguen siendo claras y concisas. Por ejemplo, la expulsión de Messi es un exabrupto contra cualquier noción del fútbol, desde Mussolini hasta Bolsonaro, si quieren. No puede ser que se expulse a un jugador por dejarse agredir sin reaccionar. Así, los que lo odian, incluido nuestro amado Refisal, Hernández Bonnet, busquen patéticos argumentos durante la transmisión para justificar lo sucedido. (Le puede interesar: El Brasil de Bolsonaro).
Queda claro, en cualquier caso, que la combinación de VAR y cambios en las reglas van a requerir un tiempo de aprendizaje y aceptación. Por ahora, hay solo las percepciones iniciales y las reacciones que, en general, tienden a ser tajantes y muy poco analíticas. Más justicia vs. continuidad del juego, precisión casi infalible en los fueras de juego, el impredecible margen de interpretación de… árbitros en la cancha, árbitros en el VAR, la imposible complejidad de lo simple: la mano intencional. Por lo mismo, es pronto para sacar conclusiones. Se trata ahora de un videojuego en construcción.
Y nos queda la selección. Que cumplió con su cometido: ganar sin ganar. Se propuso como el equipo novedoso, revolucionario. Y terminó, como en varios antes, en octavos. El hoy de la selección es interesante: un grupo de jóvenes maduros con dos mundiales a cuestas, que quiere llegar más lejos. En sus experiencias personales, también. Distinto a los últimos cuatro años, donde todavía tenían que afirmarse. Y, bien que mal, lo hicieron. Y, después de Pékerman, ahora Queiroz. Dependiendo de gustos y preferencias de los periodistas encargados del tema, pasan de una patética sublimación a una mirada realista. De un absurdo desconocimiento del pasado a un excesivo sobredimensionamiento del presente.
Para los descrestados, reales o fingidos interesados, es curioso el proceso de colonización que viven. No se habla de Queiroz, sino reverencialmente del míster. Y entonces, en un proceso deslumbrante, ese extranjero casi extraterrestre nos trae el saber. Y no es que no sepa. Pero tanta adulación vana… Como cuando con espejitos nos conquistaron… (Otro artículo del autor: crítica al ministro de Defensa).
Lleva apenas meses, ha hecho cosas sensatas y tiene que demostrar que Colombia conseguirá lo que no consiguió con Pékerman. O sea, una final de Copa América y una semifinal de mundial. Porque ya fuimos quintos y semifinalistas.
En fin, y con el perdón de mis colegas. Hace rato que el tema está ahí. Se le ha tratado y se le ha ignorado. Es un tema que nos va a acompañar. Así que, adelante. Pero “instrúiganse”.
* Politólogo de la Universidad de los Andes, maestro y doctor en Ciencias Sociales de la Flacso, México; profesor asociado y director del Departamento de Ciencia Política de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Javeriana.