El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

¡Gracias Perú! (II)

Una semana tardé en completar esta historia y, la verdad, apenas contaba con segundos para dar el sí o el no al ofrecimiento de los Voelkner.

13 de junio de 2010 - 03:57 p. m.
PUBLICIDAD

En realidad ni había necesidad de pensarlo, pero mi compañero de viaje, a escasas horas de aterrizar en Frankfurt, contaba con mi compañía en el apartamento rentado previamente.

Así que, aparte de agradecerle tanta generosidad a la familia alemana, opté por esperar al colega proveniente de Boston. Pocas horas después, cuando no había ni desempacado, Abel volvía a llamar para informarme que Marino ya estaba en Alemania, pero que había llegado con su sobrino, por lo que el cupo estaba completo y ‘no tenía de otra’ que permanecer con ellos —¡Qué sacrificio!—.

De inmediato sobraron manos para sentirme como en casa, porque, aparte de Konnie, sus tres hijos, que ya habían regresado del colegio y estaban felices de hablar en español, y no en su idioma, me hicieron sentir como si fuera el hermano mayor y la Oma —’abuela’ en alemán—, que vivía en la casa siguiente, cocinó a sus ochenta y pico de años para darme la bienvenida.

Hasta ‘Lobo’, el perro siberiano de la casa, me movió la cola de entrada, en clara señal de que en ese hogar sobraba la amabilidad. Así lo comprobé durante un mes en el que, cuando nos aburríamos del tren gratis que proporcionaba la organización, viajábamos hacia las sedes cercanas a más de 200 kilómetros por hora en las autopistas germanas, a bordo de un Audi A4. Pedir más era un completo descaro, pero, sin hacerlo, Abel no pudo tener una mejor sorpresa de cierre: el día de la final dijo que debía visitar a un amigo en un hotel de Berlín. Era el Intercontinental, y en el lobby apareció Teófilo Cubillas, quien aceptó la invitación para ir a almorzar a un restaurante griego.

Ni me acuerdo qué ordené, porque lo de menos fue la comida, sino el placer de compartir mesa, anécdotas y recuerdos con un grande del fútbol suramericano que estima mucho a los Voelkner, y con razón, mas no es el único, porque a ellos les viviré agradecido eternamente por haberme adoptado de semejante forma.

Temas recomendados:

Ver todas las noticias