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Grande entre los grandes

El cartagenero fue fundamental para que los Mellizos llegaran a la postemporada. Hoy, tercer juego contra los Yanquis, que ganan la serie 2-0.

10 de octubre de 2009 - 05:00 p. m.
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Nunca se nos ocurrió preguntarle a Jólber Cabrera, el padre, qué pensaba sobre sus hijos hacia el futuro como peloteros. Y la verdad es que él siempre hablaba de Jólber, el hijo mayor, como el auténtico jugador que por su talla, consistencia ofensiva y forma de actuar sobre los diamantes tenía mucho para llegar lejos en la práctica del béisbol.

Pero Jólber, el padre, siempre tenía a flor de labios algo para destacar de Orlando, su hijo menor, cuando decía, con pecho expandido y voz en cuello, que su grandeza no se le podía medir por su estatura o por sus condiciones físicas, sino por su sangre, su talento y su temperamento para jugar el béisbol, “tres bálsamos”, nos decía, “que no se consiguen fácilmente ni en farmacias ni en boticas’’.

Y tenía razón. Por lo menos, con el transcurrir de los años, Orlando, el mismo que ha sido estrella con los Mellizos de Minnesota en una actuación espectacular tanto a la ofensiva como a la defensiva, apoyando a la novena que lo adquirió en el límite de las transacciones de la pelota de las Grandes Ligas de la temporada que está llegando a su final, ha dado muestras de que su padre, progenitor y mentor, nunca se equivocó en las apreciaciones que hacía de su vástago, cuando todavía no alcanzaba siquiera a lucir un bombacho con la delineación de ser una figura.

Orlando ha exhibido una calidad inmensa para jugar el béisbol. Posesionado con sus principales fundamentos para jugar a la ‘pelota caliente’, este humilde pelotero cartagenero ha dado mucho de qué hablar desde cuando llegó a la Gran Carpa, con los Expos de Montreal, una novena en la que nunca pudo alcanzar la cima o la gloria, pero en donde se destacaba al lado de Vladimir Guerrero, el formidable jugador dominicano, con quien integraba una gran llave a la ofensiva, para ayudar al equipo a que las derrotas fueran en número menor al que se esperaba.

Tiene Orlando una manera impecable de actuar sobre los diamantes. Se ubica bien a la defensiva, con elementos sobresalientes tanto con su extraordinario alcance para cubrir buena parte del terreno del campocorto, con un desplazamiento hacia todos los lados que muchos envidian, como por su seguras manos que apoyadas con sus certeros envíos hacia las almohadillas, lo convierten en un jugador de nómina titular de manera indiscutible, en cualquiera de las 30 novenas de las Mayores.

Pero hay que agregarle su ingrediente menos reconocido, quizá porque muchos se contentan con saber que por sus predios, ¡ah! difícil que es que un batazo pase a terrenos de nadie. Y ese cimiento valioso y poderoso surge cuando llega a consumir un turno al bate.

De una aparente frágil contextura física, pero con soportes de firmeza muscular, Orlando se ha dedicado a demostrar el respeto que se merece por parte de todos los lanzadores, cuando de enfrentarlo se trata. Y de allí, que ahora rememoremos en cuántos encuentros con los Expos ocupó la cuarta posición al bate, un privilegio de pocos y en donde muchos parecen desaparecer por la inconsistencia ofensiva.

Cabrera tiene el poder explosivo de despachar batazos por todos los rincones de los estadios de béisbol, con una facilidad que asombra, con una fortaleza que envidian sus rivales y en donde por fortuna de vez en cuando hace sonar su madero al hombro para conectar el imparable que empuja la carrera ganadora, o el “bambinazo” que cambia el tablero a un crucial desafío.

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Lo hizo con los Medias Rojas de Boston, en aquella Serie Mundial de 2004, cuando los “patirrojos”’ se quedaron sin un torpedero que les pudiera asegurar una buena defensiva y una aceptable ofensiva, y él fue parte decisiva en aquella contienda frente a los Cardenales de San Luis para ganar la Serie Mundial, estrella que conquistó aquel equipo que tuvo pacientemente que esperar más de ocho décadas para alcanzar la gloria.

Pues en ese entonces, como después ocurrió luciendo los uniformes de los Angelinos de California y de los Medias Blancas de Chicago, y como lo ha hecho ahora con los Mellizos, que en 59 compromisos con el uniforme del Minnesota bateó para 289 puntos, con cinco cuadrangulares conectados y 36 carreras fletadas hasta el pentágono, Orlando sabe para qué tiene el bate entre sus manos, y cuando es el momento propicio para que, despachando un inatrapable, todo cambie a favor de su equipo, sin amilanarse frente a cualquiera de los excelentes serpentineros del béisbol de las Grandes Ligas, y en donde, por el contrario, le sienten respeto y cariño, por la clase de jugador que es.

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Derrocha energía sobre el campo de juego, porque sale a disfrutar del deporte que lo apasiona. Mentalmente entiende y sabe en qué momento se necesita esa jugada que supera las expectativas de sus rivales y alienta a los suyos para seguir adelante. No espabila, porque él sabe más que nadie que quien espabila pierde. Cuando lo acosan, se convierte en un hombre de sangre fría, sin dar muestra de estar cercado por las circunstancias que en determinados momentos parecen ser adversas. Y entonces es cuando su talento emerge con la potencia de una figura indiscutible y su temperamento lo empuja hacia la gloria.

Sus numeritos lo respaldan con el sello auténtico de un pelotero que por algo lleva más de una década en las Grandes Ligas siendo siempre titular. Y para orgullo de Colombia, este verdadero embajador de los buenos con que cuenta la Nación, es un cartagenero que ha elevado el nombre y la categoría del béisbol nacional a latitudes en donde apenas ha llegado él al lado del sensacional Édgar Rentería.

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Probablemente, Orlando no podrá estar en la Serie Mundial de este 2009, tal vez porque los Yanquis de Nueva York tienen la capacidad suficiente para desalojar a los Mellizos en la ronda de las semifinales de la Liga Americana. Pero con lo que hizo en ese trayecto de agosto, septiembre y parte de octubre, se ganó a la afición de Minnesota y volvió a esculpir su nombre como grande entre los grandes del béisbol organizado.

* Ex editor de El Espectador, especialista en béisbol.

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