El predominio de los deportes de combate aleja a quienes piensan en un simple juego y selecciona a los más duros, a los que soportan el cara a cara antes del duelo.
Jackeline Rentería comenzó corriendo en su colegio, cumpliendo con la plana obligada del alumno de educación física, sin pensar en las marcas. Y resultó rápida. Tal vez por la herencia de su padre, un maestro de construcción que en su juventud le apuntó muchas veces a la meta de los 100 metros, hasta que su madre le prohibió las carreras. Cuando el ojo providencial de una profesora le recomendó el judo como una opción para las tardes después del colegio, comenzó su escuela de luchadora, tenía 13 años y una figura pulida y menuda que apuntaba más a la gimnasia. Sólo soportó cuatro meses de estrangulamientos, torsiones a la articulación del codo e inmovilizaciones. Había que pagar un precio muy alto. Los $10.000 mensuales que se exigían por el entrenamiento, más el horario que se trocaba con sus clases en el colegio Óscar Sacarpetta, la sacaron de las colchonetas del judo y sus técnicas de iniciación: “En casa hemos sido muy humildes y esos ciento veinte mil pesos anuales que entonces costaban las clases de judo en 1999, nos equivalían a un mes de mercado o de transporte”.
La técnica de los combates menos solemnes de la lucha se enseñaba gratis y Jackeline no dudó en meterse en el círculo de siete metros de diámetro donde se ha jugado su historia: “Me pareció que la lucha me podía abrir una puerta”. La memoria de los deportistas es la mejor señal de sus presentimientos, una parte de sus cábalas. Parece que las fechas fueran tan importantes como las marcas: “Con la lucha arranqué definitivamente el 25 de enero de 2000; me acuerdo muy bien. De ahí en adelante comenzaron a llegar los torneos nacionales, los internacionales, los títulos, los objetivos a largo plazo y ahora esto, mi primera medalla en mis primeros Juegos Olímpicos”. Que una joven de 14 años marque su vida con el día del primer entrenamiento demuestra que los deportes están regidos por una especie de predestinación.
Con los primeros triunfos nacionales llegó el cambio de rutina, el alejamiento del pescado sudao, el plátano frito y la aguadepanela de su casa, así como la llegada de las reglas de estudiante de internado en la Casa del Deportista en Cali. Tender la cama en las mañanas, cuidar el peso, entrenar a tres jornadas de lunes a sábado, marcar la tarjeta de llegada antes de las 10 de la noche. Ya la cabeza no tiene tiempo para nada distinto a los seis minutos de cada combate. Sus palabras revelan las citas con los psicólogos, las dudas, la soledad luego de la señal de inicio que da el árbitro: “Quizá lo más difícil en el deporte de competencia es que se trabaja con el convencimiento de que sólo existe en tu cabeza, en tu corazón, en tus sueños. Hay que creerlo para lograrlo”. En boca de los deportistas algunas frases de manual toman un aire de verdad.
Con los primeros triunfos internacionales —plata en el mundial júnior en Guatemala, bronce en el Dave Schultz Memorial Internacional en Estados Unidos, bronce en los centroamericanos en Cartagena— llegaron las temporadas de reclusión monástica. Períodos de entrenamiento en España y Polonia que alentaron el sueño olímpico con el fogueo y la seguridad de sentirse parte de una élite mundial. Como es normal, en toda vida de privaciones, se prometían gracias a cambio de sacrificios supremos. “Llore todo lo que quiera en los entrenamientos, que en las competencias se va a reír”, le decía su entrenador Víctor Capacho antes de lograr el oro Panamericano en Brasil. La lucha le ha marcado una ruta de geografías extrañas, desde El Salvador pasando por Japón, hasta la mítica Bakú, en las orillas del mar Caspio. Pero su mundo sigue siendo Siloé y sus alrededores, sede de los homenajes más sentidos, de las fiestas en su honor en la estación de gasolina La Nave.
Pero no hay duda de que la medalla de bronce en Pekín ha ampliado el círculo de la vida de Jackeline Rentería. Sigue viviendo en la Casa del Deportista en Cali, pero ya ha visitado los proyectos de vivienda para elegir la “casita propia” para su mamá. Peregrinaje obligado de nuestros campeones. Además, ahora debe dedicar tiempo para elegir la carrera universitaria que seguirá en la Universidad Javeriana de Cali. Su primera inclinación es de nuevo por los estrangulamientos, las torsiones varias y las inmovilizaciones calculadas: “Mi sueño siempre ha sido el derecho y ahora puedo decir que lo voy a estudiar, muy contenta por los sueños que he podido hacer realidad… Me han gustado las leyes, sobre todo lo que se legisla y estar al día en lo que sucede en el país sobre esta materia, adquiero esta responsabilidad, ahora tendré que juntar mis obligaciones, pero como todo esto me gusta estoy dispuesta a sacrificarme”. La bendición de las segundas opciones ha vuelto a funcionar para Jackeline Rentería. Ahora no está tan convencida de querer convertirse en abogada de pelea. La arquitectura parece ser su nueva puerta. Ojalá así sea, para que no se meta en pleitos tan espinosos.
“Me han cumplido todas las promesas”
“Ahí va mi casita, la están construyendo”, dice Jackeline Rentería, agradecida con el Gobierno Nacional y las autoridades regionales, que le han cumplido todas las promesas que le hicieron cuando ganó la medalla de bronce en los Juegos de Pekín.
Ella, que de niña soñaba con el éxito en una cama de cemento que había en su casa en el barrio Siloé, ahora disfruta la realidad sobre un cómodo colchón y gracias a sus éxitos le ha podido dar una mejor calidad de vida a su familia.
“Todos los premios son lindos. Hay estímulos económicos importantes, pero cada muestra de cariño de la gente es gratificante”, dijo la caleña al final de la ceremonia de El Espectador, en la que compartió podio con Diego Salazar y Camilo Villegas.
“Ojalá este apoyo continúe y a los deportistas colombianos se nos brinde la posibilidad de dedicarnos exclusivamente a entrenar y prepararnos, porque así se verán mejores resultados”, dijo.
Londres es la nueva meta
Viajó en silencio a los Juegos Olímpicos de Pekín. No se preocupó porque en Colombia se dijera que los únicos deportes con opción de lograr alguna medalla eran ciclismo, levantamiento de pesas y ciclismo.
Ya, sin favoritismo, había partido hacia Guatemala, desde donde se trajo, en 2006, un subtítulo mundial juvenil.
Así que se dedicó a entrenar y a seguir las recomendaciones de Víctor Capacho, su técnico, un veterano ex luchador que conoce todos los secretos de este deporte.
Los dos, aferrados a su fe y a su mentalidad ganadora, superaron todos los obstáculos y se colgaron la medalla olímpica en la categoría de los 55 kilogramos.
“Había podido ganar el oro, pero ante la luchadora china no me tuve confianza”, se lamenta todavía la vallecaucana, cuyo gran objetivo es el primer lugar en las justas de Londres 2012, a las que llegará más madura y experimentada.