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La garra también grita gol

Y pensar que su última imagen en Sudáfrica fue un lamento.

11 de julio de 2010 - 04:00 p. m.
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No era para menos, su derechazo lo devolvía el travesaño del arco alemán en el que pudo ser el empate uruguayo, la opción de buscar en el alargue o los penales el tercer puesto del Mundial y de paso mirar a los demás goleadores desde lo más alto.

Por eso Diego Forlán se despidió de la Copa con un cuarto puesto que le supo a poco, la cabeza a dos manos y su mirada elevada al cielo buscando alguna explicación divina, aunque en lo terrenal había cumplido hace rato con cinco festejos, varios de los cuales impulsaron a Uruguay a ser otra vez semifinalista orbital, tras cuatro décadas sin protagonismo alguno.

“Nos merecíamos al menos la final”, confesaría el 10 celeste luego de caer 3-2 con los holandeses en la sexta salida sudafricana y aún así frente a los teutones, a puro coraje, pareció estar luchando por la Copa y algo más.

Ese ejemplo de lucha inalcanzable premió al delantero anoche, porque la prensa acreditada, además del staff de estudios técnicos de la Fifa, lo eligió como el mejor del Mundial, ganándoles el pulso a dos campeones como Xavi e Iniesta, que pudieron sumar méritos con la consagración.

Los dos mediocampistas del Barcelona se llevaron lo más preciado sin duda, pero el nuevo capitán charrúa ante la lesión de Diego Lugano desde cuartos de final, puede decir que a Sudáfrica llegó siendo una seria promesa de gol y se va con el cartón que le gradúa de artillero de élite.

En el camino previo ya había gritado en siete oportunidades, suficientes para cruzar el Atlántico en busca de una ilusión que fue creciendo a la par de su puntería, la cual de forma indistinta terminó casi siempre con la red como último destino.

Su olfato agudo lo padecieron sudafricanos, ghaneses, holandeses y alemanes, e incluso le permitió al delantero del Atlético de Madrid disputar la bota de oro que se le escapó por poco.

Pese a sumar los mismos cinco goles de Thomas Müller, David Villa y Wesley Sneijder, el tener apenas una asistencia en el torneo le privó de llevarse otro reconocimiento, aunque el que le dará su gente en Montevideo ni le hará pensar en lo que pudo ser y no fue.

Él igual es una realidad del gol y nadie podrá siquiera ponerlo en duda, como tampoco que, más allá de su efectividad, lo que le hace distinto en realidad es transpirar con tanta determinación la celeste y cuanta camiseta se ha puesto.

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Así lo hizo en Danubio antes de emigrar a Independiente de Avellaneda, donde fue ídolo y figura para llegar a otra caldera, la de los Diablos Rojos de Manchester, que no le valoraron y hoy se lamentan de haberlo dejado ir con sus festejos a España, donde se codea con cracks de la dimensión de Lionel Messi, Cristiano Ronaldo o Kaká.

Ellos se fueron en deuda de Sudáfrica, mientras Diego Forlán se despide como el mejor y ahora que ya tiene dos Copas del Mundo entre pecho y espalda para alcanzar a su padre Pablo, que disputó las de Inglaterra 66 y Alemania 74, ya piensa en Brasil 2014, a la que llegaría con 35 años recién cumplidos y la gloria aún esperándole.

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