Cuando hizo a Europa suya, necesitó de un solo lugar para lograrlo. En Austria hizo lo que quiso, ningún rival se le resistió y por fin pudo demostrar que el triunfo no era exclusividad de los demás.
La Eurocopa 2008 tuvo sede compartida, pero Suiza se privó de albergar al campeón y el destino le reservó la cita dos años después para que se estrenara en la Copa del Mundo con el favorito de muchos, por no decir de todos.
Frente a los helvéticos estaba España, con muchos de aquellos héroes de Viena, a los que ya no miraban por encima del hombro como antes, sino con respeto, admiración y hasta envidia porque como reyes del Viejo Continente, son llamados a serlo del planeta en Sudáfrica 2010.
Y en Durban, el puerto más activo de este país y uno de los 10 más grandes del mundo, la nave roja ancló de entrada porque se le atravesó una que a lo mucho consideraban a canoa, con la que nadie contaba y hoy navega en medio de elogios más que merecidos al lograr lo que parecía imposible.
Del español, que parecía ser el idioma a predominar de este miércoles en adelante, sólo se escuchó en la gélida noche un Fernandes, el único apellido latino de todos los suizos que fue capaz de imponerse sobre los Casillas, Iniesta, Villa, Silva, Torres y compañía.
Como aquella noche del 24 de junio de 2009 en el Free State de Mangaung/Bloemfontein, cuando el favoritismo terminó siendo un haraquiri para los españoles frente a los estadounidenses en la semifinal de la Copa Confederaciones, Suiza hizo del primer sueño ibérico en el Mundial una verdadera pesadilla, de la cual deberá despertar a más tardar el próximo lunes en Johannesburgo, para evitar que sea eterna ante tanta ilusión contenida.
Vicente del Bosque, cuyo bigote se encrespó más temprano de lo imaginado y no propiamente por el frío, que ya se convirtió en el jugador número 12 de la Copa, es el llamado a hacerla reaccionar, así sea sacudiéndola porque los rostros que saltaron al campo con mirada al frente e intimidante, terminaron clavados al césped y hasta la impotencia terminó enviándole patadas al viento, como Piqué camino al vestuario.
El entrenador deberá entonces levantarle el ánimo y el fútbol mismo al equipo que este miércoles luchó y no jugó como en otras tardes, cuando el “¡Que Viiiva España!” se convertía en himno. Este miércoles lo fue en todo Durban, pero quedó convertido apenas en un lejano eco porque esa tribuna roja que se alistaba a un encierro del mejor cartel terminó con su ilusión embestida.
Duro golpe que debe ser el primero y último, ya que otro palo no soportaría el campeón de Europa y menos después de los que se atravesaron este miércoles en el Durban Stadium porque a Xabi Alonso el travesaño le demostró que la media distancia es un recurso y para Eren Derdiyok un vertical terminó siendo el punto final ante tanta sutileza a la hora de definir.
La diferencia fue mínima, es cierto, pero para Suiza fue lo máximo porque demostró una vez más que la soberbia suele ser mala consejera en la vida y cómo no, en el fútbol mismo. Una lección que, como todas, debe dejar enseñanzas y sobre todo reflexiones porque no hay que creerse campeón sino demostrarlo.
Para fortuna de España, aún tiene dos oportunidades más para hacerlo, aunque lo primero que debe hacer es olvidarse de su partido número 50 en mundiales, en el que antes que festejo, hubo sorpresa, demasiada si se quiere y envuelta como en una caja de chocolates suizos.