Este domingo podría ser el gran día que esperaba Lionel Messi, casi de acuerdo con la letra de Joan Manuel Serrat, hincha del Barcelona, el equipo que impulsó el crack argentino con su magia. Así debe planteárselo Leo, no debe dejar pasarlo de largo, si no concibe imposibles con la pelota. A fin de cuentas, es el mejor jugador del planeta ante una final que imaginó cuando era una pulguita de Rosario. Y aunque no haya jugado con todas esas luces que siempre lo iluminan y el genio se haya tomado un descanso en la lámpara ante Holanda, puede decir que esa ilusión que había sembrado en su almohada durante tantas noches es una realidad. De él depende que pueda concretarla y así derribar el mito de Maradona esta tarde, a las 2 p.m. (Gol Caracol). En este mismo Maracaná que hace 64 años enmudeció por los goles uruguayos, La Pulga quiere ser Pelusa.
Suelen ser odiosas las comparaciones, pero es inevitable enfrentar ante un espejo a los “10” más importantes de la historia del fútbol argentino. Aunque a Messi, que todo lo hizo posible en estos últimos años, al punto de ganar hasta cuatro Balones de Oro y todos los títulos habidos y por haber en España y en Europa, necesita coronarse en la Copa del Mundo, levantar el trofeo dorado y apuntarlo al cielo, como hizo Diego en México ’86, cuando apiló ingleses y se puso de acuerdo con Dios para meter una mano inolvidable. Para terminar, en definitiva, de adueñarse del corazón de 40 millones de argentinos expectantes, ansiosos por concretar un nuevo laurel para el escudo de la Asociación del Fútbol Argentino.
Messi es popular por su fútbol y no por su carisma. Tal vez tenga que ver con su forma de ser, con su crianza del otro lado del Atlántico. Es ídolo porque su pie izquierdo hace lo que ninguno, pero no tiene la llegada al hincha que alguna vez tuvo Carlos Tévez o que ahora, en este Mundial que volvió a depositar a la selección albiceleste en la final, ostenta Ezequiel Lavezzi. Un triunfo ante Alemania significaría para Leo grabar a fuego afectivo su nombre en el corazón de la gente del país en el que nació, pero que prácticamente no lo vio crecer.
¿Necesita una actuación consagratoria Messi o es suficiente con lo que hizo hasta ahora? Llega cansado a la final. Fue clave en los primeros cuatro partidos, con goles decisivos en la primera fase y un pase extraordinario a Angel Di María que le puso punto final a Suiza y al estrés de la definición por penales. Sin embargo, en los últimos dos encuentros no pudo entregar su máximo resplandor. Y también tiene que ver con sus funciones dentro del campo de juego. Porque se reinventó a sí mismo. Después del contrapunto futbolístico que tuvo con Sabella, cuando declaró que Argentina tenía que jugar con el 4-3-3 de su preferencia, se adaptó al esquema que más cómodo le queda a este equipo, el 4-4-2, pero que lo obliga a correr y a estar concentrado más que nunca en las marcas. Ante Bélgica, fue el astro celeste y blanco el que presionó a Axel Witsel para que Javier Mascherano recuperara la pelota en la jugada previa al gol de Gonzalo Higuaín. Contra Holanda, en cambio, no pudo marcar la diferencia porque los mediocampistas naranjas lo marcaron en forma escalonada y cada vez que tuvo contacto con la pelota, lo bloquearon, lo presionaron, no lo dejaron ser. Y aunque tal vez la obediencia táctica conspire contra la libertad de esa zurda maravillosa, la estrella entendió que es tan importante su talento como la estructura colectiva del equipo.
“¡Me siento orgulloso de ser parte de este plantel! ¡Qué fenómenos son todos, qué partido hicieron, qué locura! ¡Estamos en la final! Disfrutemos… Nos queda un pasito más. Abrazo grande a toda la Argentina”, escribió Messi en su cuenta de Facebook. Fue todo un síntoma de la alegría que le infla el pecho y el orgullo que tiene por ser parte de este partido. Alguna vez, en la Copa América, a Leo se lo cuestionó porque no entonaba el Himno Nacional. Y, a decir verdad, le cuesta expresarse al crack. Cuentan en la intimidad que le da vergüenza cantar el hit “Brasil, decime qué se siente”, que no sólo se grita en las tribunas cargadas de argentinos; también en las gargantas de los jugadores, que suelen ser hinchas dentro del vestuario, después de cada partido. No obstante, las imágenes que se observaron en los últimos dos partidos, especialmente en São Paulo, después de que Chiquito Romero se hizo gigante en los penales, fueron elocuentes. Revoleó la camiseta Lionel. Se entregó a la fiesta, desinhibido como pocas veces. Festejó como uno más, no como si fuera Messi, al que todos le apuntan con su mirada exigente, desde los aficionados hasta los periodistas.
En su tercer Mundial, Messi llegó decidido a cargarse el equipo al hombro. Lo dejó claro ante Bosnia Herzegovina, Irán y Nigeria, no sólo por sus goles, más allá de que no haya sido un buen partido ante los asiáticos. Y quiere superar a Maradona, más allá de que ya lo hizo en cantidad de partidos jugados. De hecho, el de esta tarde será el número 93 con la camiseta celeste y blanca. Lo que desea esta Pulga, que todo lo puede, es tener el máximo reconocimiento. Para algunos, lo que produjo hasta el momento basta y sobra. Para otros, necesita un último tango para que Leo pueda ser Diego. Ojalá sea en el anochecer de Río, que se dé el gusto de ser campeón Messi. Sería un acto de justicia poética para un futbolista que supo escribir rimas como ningún otro con la pelota.