Lina María Raga tenía 15 años cuando su papá se fue de la casa. Y al parecer, desde ese momento, la relación se fue apagando lentamente, paulatinamente, al punto de hablar una que otra vez, y después cada semana, y así hasta dejar de tener contacto. Lina María sabe que su padre vive en Ibagué, pero no parece importarle, pues asumió y entendió que las ausencias prolongadas pueden generar el olvido. Pero no un olvido físico, sino un olvido a la hora de querer, de mantener vivo un sentimiento que necesita frecuencia, que necesita fortalecerse a menudo. “Me quedé sola con mis dos niñas. Les digo que lo llamen el día del cumpleaños, el del Padre, pero ya aceptaron la situación y procuran seguir con sus vidas. Él se alejó y, por ende, ellas se alejaron de él”. Estas palabras son de Alba Liliana Prieto, mamá de la triatleta quindiana que le dio a su departamento la primera medalla de oro en estos Juegos Deportivos Nacionales y la segunda en la prueba abierta por equipos.
Alba, tan dada a la conversación, cuenta que apenas su esposo se fue, ella empezó a trabajar en un parqueadero de Calarcá. Y que en ese lugar, en el que lavaban carros y cambiaban aceite, organizó dos habitaciones en la parte trasera, porque no le daba el dinero para pagar un arriendo aquí y otro allá. “Una era para mis hijas y la otra para mí. Ahí duramos ocho años. Fue perfecto porque podía hacer mis cosas y estar pendiente de ellas”. Lina, la mayor, aprendió a nadar en las piscinas de Comfenalco de Quindío con Diego Vargas Uribe, un entrenador poco expresivo, pero muy generoso y desprendido de lo material. Tanto así, que no le cobraba por las clases porque sabía de la situación que se vivía en casa y del talento que tenía en el agua. “Él sí era como un papá. Pendiente, dedicado, motivador”.
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Diego murió en 2012 por un tumor en la cabeza. Se lo descubrieron en enero y falleció en septiembre. “Sabés que es la única vez que la he visto tan derrotada, tan acongojada. Le dio muy duro. Todavía le da duro cuando lo recuerda”. Fue él quien le dijo que lo intentara en el triatlón, porque le veía una mejor proyección que en la natación, deporte en el que, hasta los 18 años, había sumado un par de medallas nacionales y un bronce en el 4×200 en un Suramericano en Medellín. Fue él quien dio el impulso cuando hubo temor y aparecieron las dudas antes del cambio, el que creyó que juntando atletismo, ciclismo y natación la vida como deportista no sería tan efímera. “En 2008 pensaba ir a los Nacionales en ambas disciplinas, pero se me cruzaban los días de competencia y entonces opté por dejar la piscina a un lado y darme una oportunidad”, apunta Raga.
Lina estudió lenguas modernas en la Universidad del Quindío, porque el tío Julio Fernando le dijo que era la mejor carrera para irse a vivir a Estados Unidos. Y la terminó, y sufrió con el francés, no tanto con el inglés, y cuando pensó en marcharse se dio cuenta de que ese viaje terminaría con sus opciones de ser una deportista de alto rendimiento, además de que para aplicar a una beca completa era necesario cumplir con un montón de requisitos, entre ellos tener una edad específica. Y por eso se arrepintió y dijo no. Así lo cuenta ella, pero así lo cuenta su mamá: “Se enamoró y se quedó. Ya era lo bastante grande para tomar decisiones y para disponer sobre el rumbo de su vida”. Lina vivió en Bogotá un año, pero los recuerdos la hicieron extrañar la casa y a la familia, y regresó a Armenia para dictar clases de inglés y seguir representando a la capital desde la lejanía, mucho más cómoda, con los suyos y en su ciudad. “Pasé la hoja de vida y me llamaron. Estaba recién graduada de mi maestría en bilingüismo e investigación”.
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Raga también se refiere al terremoto del 25 de enero de 1999, cuando vivía en el barrio Mirador del Bosque, y recuerda que sintió crujir la tierra bajo sus pies durante 30 segundos. Y aunque por fortuna no le pasó nada (tenía 11 años), no fue ajena a los pitos, a las sirenas y a los gritos que vivieron después, que llegaron acompañados de una llovizna que levantó una nube de polvo, que humedeció un montón de escombros que segundos antes eran edificaciones. “Todavía me acuerdo del movimiento brusco y del susto tan grande. Fue impactante ver lo que pasó en mi ciudad, pero también es motivante saber que Armenia se levantó de la nada y se recuperó para salir adelante”.
Ahora, 20 años después, Lina le rinde el mejor homenaje a un departamento por el que dejó de competir hace mucho tiempo y le entrega dos medallas de oro en las Justas del Bicentenario en Cartagena, las únicas hasta ahora de una delegación pequeña, que quizá pasa inadvertida por su poca figuración y que de tantas derrotas en el pasado valora mucho más la victoria.