Ni Ludovic Giuly, ganador de diez títulos en Europa y que tras una ausencia de siete años regresaba a casa, ha podido salvar al Mónaco en su carrera suicida. En realidad es muy poco lo que el explosivo extremo derecho, hoy como capitán, ha contribuido para sacar al onceno del principado del último lugar de la Ligue 2, la segunda división francesa. En lo corrido de la campaña el quipo sólo ha ganado un juego (al Arles-Avignon, penúltimo del torneo a dos puntos), ha empatado seis partidos y perdido tres.
Los 13 puntos que hoy suma en la tabla son más una burla a su historia que el testimonio de un equipo en decadencia. Porque el Mónaco, surgido en 1924 como resultado de la unión de varios equipos regionales, vio la luz para relacionarse con los equipos más grandes de Europa. Desde que en 1960 obtuviera su primer título profesional, la Copa de Francia, el conjunto monegasco se convirtió en un auténtico referente en el país galo, al que sólo le faltó conquistar la Champions League (fue subcampeón en dos ocasiones, en 1992 y 2004).
Pero el club no pudo sobrevivir a una sucesión desafortunada de directivos que prefirieron vender a sus estrellas tan pronto alcanzaban la fama. Es el caso de Emmanuel Petit, Lilian Thuram, Thierry Henry, Jérôme Rothen e, incluso, el propio Giuly. Fue así como en mayo de 2011, aquel equipo que llevó el nombre del principado en alto, cayó a segunda división. Desde entonces, comprar una boleta para ver un partido suyo se ha convertido en una visita segura al purgatorio.
Fue así como el club puso sus esperanzas en un extranjero. Su físico es pésimo, nunca se le ha visto de cortos y sus gambetas no tienen nada que ver con el balón. Se llama Dmitry Rybolovlev, pertenece al exclusivo círculo de los “oligarcas rusos” y el pasado 23 de diciembre adquirió el 66,6% de las acciones del Mónaco tras desembolsar al menos 100 millones de euros. “No considero esta transacción como una simple compra, sino como el comienzo de una nueva era para el desarrollo de los intereses del Mónaco”, dijo por medio de un comunicado tan pronto se anunció el negocio.
Su objetivo es volver a poner el nombre de uno de los activos más famosos del principado, donde tiene una de sus muchas residencias, en alto, tal como lo hizo con su propia carrera. Porque a comienzos de los años 90, Rybolovlev no era más que un recién graduado de Medicina en Perm, su ciudad natal, que dirigía una empresa familiar. Entonces sucedieron dos milagros: el primero, la descomposición de la antigua Unión Soviética, que derivó en la venta de sus principales activos entre la gente; el segundo, entender que el futuro estaba tanto en las finanzas como en los mercados emergentes.
Tras pasar varios años estudiando los vericuetos de los mercados bursátiles, aquel joven emprendedor siguió el ejemplo de su época: comenzó a comprarles a sus compatriotas hambrientos las acciones de Uralkali, una pequeña fábrica local de fertilizantes con base en potasio que, a la vuelta de diez años, se convirtió en el primer proveedor mundial gracias a sus multimillonarias ventas anuales a China, India y Brasil. En 2007 su apuesta creció aún más cuando, en su primer año en la Bolsa de Londres la empresa logró inversiones por más de US$1.000 millones.
Al año siguiente, por US$100 millones, le compró a Donald Trump su gigantesca mansión en Palm Beach, Florida. Por esa misma época su vida transcurría entre Mónaco y Chipre, lugares que le permitieron pagar muy pocos impuestos. En 2010, en medio de un millonario divorcio, vendió su participación en Uralkali por US$6.500 millones. Actualmente ocupa el puesto 93 en la lista de millonarios de la revista Forbes, que calcula su fortuna en US$9.500 millones.
Rybolovlev es el más reciente miembro de una tradición de inversionistas rusos que decidieron apostar por el fútbol, la cual se inició en junio de 2003, cuando Roman Abramovich, magnate del petróleo y el aluminio, compró al Chelsea por US$233 millones. Desde ese día es normal que el club reciba nuevas inyecciones de capital cada temporada para conseguir un sueño hasta ahora esquivo: ganar la Champions League. En esa carrera, el club ha firmado algunos de los traspasos más caros de la historia del fútbol: compró a Fernando Torres, del Liverpool, por US$79 millones (2011); a Andrei Shevchenko, del Milan, por US$63 millones (2006); a Michael Essien, del Lyon, por US$55 millones (2005); y a Didier Drogba, del Marsella, por US$52 millones (2004). Abramovich ocupa la casilla 53 en la lista de Forbes, con una fortuna calculada en US$13.400 millones.
Millonarias sumas de dinero que funcionan bajo una misma estrategia: regresar a los viejos días de gloria a los conjuntos caídos en desgracia. Es el caso del Chelsea, un club cuya historia ha estado íntimamente ligada a los estadios. Fue creado en 1905 para ocupar el estadio de Stamford Bridge, en el barrio londinense de Fulham; allí transcurrió sus primeros seis decenios, en los que consiguió tres campeonatos nacionales. Pero llegó la década del 60, en donde, para conseguir más ingresos, decidió aumentar la capacidad construyendo una nueva tribuna.
El proyecto hundió al equipo en una depresión financiera que lo condujo a la segunda división, de la que sólo salieron a través de cambios de directivos, inyección de dinero y compra de jugadores. El esquema se repitió con Abramovich, el hombre que llevó al equipo a la final de la Champions League en 2008, que perdió en los penaltis.
Otra variante de la estrategia es la publicidad. En 2006 el gigante ruso del gas Gazprom firmó un contrato de patrocinio con el Schalke 04, el club con más fanáticos en Alemania que no gana un campeonato desde 1958. Su plan de inversiones de 125 millones de euros sirvió para que el equipo el año pasara ganara la Copa de Alemania y alcanzara las semifinales de la Champions League.
Aunque con menor éxito, su senda fue seguida por Vladimir Romanov, propietario del Hearts escocés; Leonid Fedu, dueño del ruso Spartak Moscú; Arcadi Gaydamak, principal accionista del israelí Beitar Jerusalén, y su hijo Alexandre, que en 2009, cuando el club bajó a segunda división, le vendió su participación en el Portsmouth al empresario emiratí Suleiman Al-Fahim por alrededor de US$50 millones. Una venta que ilustra el cambio de poder en el mundo del fútbol, el cual de Rusia pasó a Oriente Medio.
Fútbol al estilo árabe
Hoy en día los equipos de Europa arman sus presupuestos a partir de los petrodólares. El caso más representativo es el del Manchester City, un club que siempre vivió a la sombra de su rival de patio, el United. Acostumbrado a vagar en los años 80 por la segunda división, el cambio de siglo trajo nuevos inversionistas. Primero fue el polémico expresidente tailandés Thaksin Shinawatra, que falló al construir un nuevo proyecto futbolístico liderado por el entrenador sueco Sven-Göran Eriksson; después, nada más ni nada menos que el jeque Mansour bin Zayed al Nayhan, quien lo adquirió en 2009 por US$330 millones y, desde entonces, se ha gastado más de US$1.000 millones en contratar a estrellas, cifra entendible si se tiene en cuenta que su fortuna personal sobrepasa los US$26.000 millones y que la de su familia se estima en más de US$1 billón.
Nombres como Robinho, Emmanuel Adebayor, Carlos Tévez, David Silva, Smir Nasri, Mario Balotelli, Edin Dzeko y Sergio Agüero han hecho soñar a los fanáticos del City con la más alta gloria deportiva. Las alegrías no han sido esquivas, pues el 14 de mayo del año pasado alzaron su primer título de renombre en el siglo XXI: la FA Cup. Y en octubre golearon a sus odiados rivales de patio por 6-1.
Una suerte menos brillante ha cubierto el camino del Málaga, club que en junio de 2010 fue adquirido en 36 millones de euros por el jeque catarí Andullah bin Nasser. Demostrando un manejo más conservador pero no menos fastuoso de su chequera, el nuevo propietario atrajo a jugadores de renombre como el holandés Ruud van Nistelrooy, el argentino Martín Demichelis, el francés Jérémy Toulalan, el brasileño Julio Baptista y el español Santiago Cazorla a un proyecto deportivo que, por el momento, ubica al club en el séptimo lugar de la liga española, a tan sólo cinco puntos de conseguir una casilla para jugar la eliminatoria de Champions League.
En cambio, en París buscan afanosamente armar el mejor equipo de Europa. En 2011 el jeque Tamin bin Hamad, de la familia real de Qatar y primo del dueño del Málaga, adquirió por 50 millones de euros el París Saint Germain, una compra que había intentado sin éxito en 2006. Durante el último semestre gastó otros 85 millones de euros en la compra de jugadores de la talla de Javier Pastore, Diego Lugano y Blaise Matuidi, que hoy lo tienen como el flamante líder de la liga francesa. Se presume que el título lo conseguirá tras contratar al técnico italiano Carlo Ancelotti, el mejor pagado del país galo.
Aunque en segunda división, el proyecto de Rybolovlev en el Mónaco no es menos ambicioso. Tan pronto adquirió el club anunció una inyección de capital de 100 millones de euros para reforzar los puntos débiles del club. Y aunque por la liga en la que juega es difícil que atraiga a grandes nombres del fútbol, su primera victoria se dio al conquistar al príncipe Alberto II, quien le dijo a la prensa: “Los requerimientos del fútbol moderno crean dificultades financieras para muchos clubes, incluso para aquellos de primer nivel. Esto hizo inevitable que el Mónaco encontrara un socio de altura con el fin de asegurar su futuro”.
Promesas incumplidas
Algunas veces la aparición de un nuevo inversionista es peor que las deudas atrasadas. Es la historia del Racing de Santander, equipo de la liga española que fue adquirido el 18 de enero de 2011 por el empresario indio Ahsan Ali Syed, dueño de la consultora Western Golf Advisory con sede en Dubái. Tras pagar 15 millones de euros, se comprometió además a pagar los salarios atrasados con los jugadores.
Su primera acción fue contratar al técnico Marcelino García y al mexicano Giovanni Dos Santos (a préstamo), lo que salvó al club del descenso.
Pero los cheques girados por Syed no tardaron en rebotar y los jugadores se quejaron en repetidas ocasiones por el incumplimiento en el pago de sus sueldos; la situación llevó a García a renunciar para dirigir al Sevilla. Siete meses después de la compra, el club se acogió a la Ley Concursal para evitar su descenso administrativo y comenzó acciones legales contra Syed.