Cambió todo, incluyendo el arquetipo del entrenador alemán, ese de aspecto recio y mirada dictatorial. Joachim Löw parece más bien del mundo de la moda: usa crema para hidratarse la cara y es la imagen para los productos masculinos de Nivea. De hecho, su abundante pelo lacio y negro aumenta las sospechas de que, con 54 años, ya tiñe sus canas. Además prefiere dirigir con sus jerséis ajustados y camisas slim muy apretadas. El vanguardismo en todos los campos de su vida ha sido clave para la revolución del fútbol alemán que alcanzó el apogeo tras vencer 7-1 a Brasil y que ayer se coronó como el nuevo campeón del mundo.
Lo criticaron en principio, pero los años han aleccionado a periodistas e hinchas: la estética también se puede conjugar con la eficacia. Löw lo consiguió con ideas revulsivas y contraculturales porque la libertad es su materia prima: a los jugadores les permite tomar cerveza en las concentraciones e incluso fumar. Él, de vez en cuando, se lleva un tabaco norteamericano a la boca y escucha música cubana mientras se toma una copa de vino español.
Puede seguir esa rutina en días de entrenamiento y por eso se lo permite a sus jugadores. Eso y mucho más. Durante la última Eurocopa (2012) se disgustó un poco por las portadas en las que apareció el central Boateng con una modelo de Playboy, pero no hubo reproches ni regaños. “Al fin y al cabo era su día de descanso. Pueden hacer lo que ellos crean que es correcto”, dijo luego.
Ese mismo día el volante Schweinsteiger se relajó en una piscina de la isla italiana de Capri junto a su novia, Sarah Brandner. Löw no tiene delirios del viejo profesor de escuela que se ganaba la autoridad con una regla de madera. Les permite a sus seleccionados pasar la noche con sus novias o salir del hotel de la concentración con el compromiso de regresar antes de medianoche. Su método está más cerca del hedonismo y desde que asumió el cargo en la selección (2006) no ha fallado.
Incluso trata de contagiar cada vez más su espíritu libre. Tanto que en salas de prensa ha dispuesto cerveza para los periodistas. “Los medios no son tus enemigos”, les dice a sus seleccionados. El día antes de la final en el Maracaná bromeó en plena conferencia de prensa: cuando le preguntaron si había estudiado a los pateadores argentinos, sacó un papelito para hacer alusión al partido que Alemania le ganó a Argentina en el Mundial de 2006. Esa vez, en cuartos de final, cuando Löw era asistente técnico, el arquero Jens Lehmann sacó un papel durante la tanda de penaltis para recordar cómo pateaban sus rivales. El sábado todos rieron con su chiste.
Domina la escena ante los micrófonos: guiña un ojo a un periodista por aquí, lanza una frase de doble sentido por allá. Por ese tipo de detalles se dice que extinguió de golpe las fórmulas cuadriculadas y rígidas de sus antecesores. En 1962, por ejemplo, el seleccionador Herberg dispuso que la concentración fuera en la escuela militar de Santiago de Chile y las rutinas diarias no desentonaron con las de los soldados que permanecieron en el predio durante ese mes. Mientras que Löw únicamente llama la atención por errores en la cancha.
Sin embargo, esta Alemania se equivoca poco. Antes de la final, para comprobar la idea, la selección teutona era la más efectiva en sus pases: de los 4.169 que hicieron sus jugadores durante la Copa, 3.421 fueron acertados. Además, en su era, Alemania ha alcanzado dos semifinales y dos finales entre eurocopas y mundiales.
En el fondo y las formas, Löw ha sido lugarteniente de Jürgen Klinsmann, de quien fue asistente técnico en el Mundial de 2006. Löw ha conservado sus ideales libertinos. Y también ha cuidado el lema que en 2004 cambió la filosofía del fútbol teutón. “El jugador germano se desprende de la pelota un segundo más tarde que el inglés”, dijo Klinsmann entonces. Y la revolución supuso más velocidad y menos físico. Apostaron por una fórmula más coqueta, pero igual de efectiva: “Nuestro fútbol tiene un aire latino. Nos gusta la posesión y acelerar. La clave está en el movimiento continuo”, dice Joachim Löw.
No le teme al cambio ni a abandonar la comodidad de los hábitos. Es un revolucionario de la vida, incluso de su pasado, porque creció en un contexto aparentemente arbitrario. Su padre participó en la reconstrucción de Alemania tras la Segunda Guerra Mundial y trabajó duro en una pequeña empresa artesanal. Era un tipo rudo: las reglas en casa eran rígidas y él era el mayor de cuatro hermanos. Incluso ofició de monaguillo en su natal Schönau. Pero él fue la antítesis de lo que se pensaba que iba a ser y el tapabocas para todo aquel que lo trató de loco por sus ideas revulsivas. Le enseñó a los que son crueles con el nuevo talento que la innovación necesita amigos.