Hay noches que nunca se olvidan y una de las que más atesora Michael Jackson Wright fue el día en el que, por primera vez, Colombia derrotó a Brasil. Fue hace tres años, en las eliminatorias al Mundial de 2023. Al Coliseo Elías Chegwin, en Barranquilla, no le cabía una persona más en las graderías y la selección nacional se jugaba, contra una de las grandes potencias de la región, la posibilidad de seguir en carrera. Antes, en esas clasificatorias, solo habían ganado un partido, contra Chile, y la misión de derrotar a los brasileños se veía imposible.
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El juego rozaba el final. El reloj marcaba que solo faltaban cinco segundos. Colombia iba abajo por tres puntos, pero tenía dos tiros libres. Juan Diego Tello metió el primero y falló el segundo de forma intencional para mantener vivas las oportunidades. Fue entonces cuando Andrés Ibargüen, fiero, agarró el rebote y se la pasó a Braian Angola. El de Casanare, como pudo, lanzó un triple que dio en el aro, pero no entró en la red. Ahí había terminado el sueño. Sin embargo, al caer el balón, Jackson, el representante de San Andrés en la selección de Colombia, agarró otra vez la bola y la depositó adentro con solo 0,5 segundos por delante.
Con la cesta se desató la euforia. Se ganaron una vida más y, más tarde, en el extratiempo, un tiro agónico de tres, en las manos de Angola, sentenció el partido. Al final, no se logró el tiquete a la Copa del Mundo. Al pasar de ronda en las eliminatorias, en el último paso, el emparejamiento fue con Estados Unidos. ¡Qué mala suerte! Sin embargo, esa victoria contra Brasil se convirtió en un hito de nuestra escueta historia basquetera.
“Es de esas noches inolvidables”, rememora el isleño, pero no es la única. La actual generación de basquetbolistas colombianos ha roto varias barreras que para el básquet masculino de otra época habían sido inimaginables. En los últimos 15 años, hubo otras victorias importantes, en eliminatorias tanto a mundiales como a torneos continentales, contra selecciones como las de México, Argentina y Uruguay, potencias del básquet regional que le llevan a Colombia mucha distancia en organización y capacidad económica. “Siento que somos una generación que ha cambiado la historia del baloncesto colombiano”, resume Jackson al recordar que la próxima Americup, que empezará el viernes de la próxima semana en Nicaragua, es la tercera consecutiva a la que la selección masculina logró su clasificación. Hasta 2017, el combinado nacional jamás había participado del torneo más importante en el continente de la FIBA (Federación Internacional de Baloncesto). No obstante, a partir de ahí ya ha logrado clasificar tres veces al hilo.
Michael Jackson es uno de los baluartes de ese proceso y uno de los líderes del equipo que está concentrado desde hace unos días en Cali, preparando el debut contra República Dominicana el 22 de agosto. “Tenemos ambición. Vamos motivados a seguir derribando esas barreras y creemos en este grupo, en el trabajo acumulado y en el proceso que llevamos durante años”. Como fogueo, ante el inminente estreno en el torneo internacional, Colombia, que además de los isleños se enfrentará en la Americup con los locales y Argentina en el grupo C, jugará desde hoy un triangular preparatorio en el Coliseo Evangelista Mora de la capital vallecaucana. Este jueves se mide a Uruguay y después, viernes y sábado, tendrá doble enfrentamiento con Venezuela. Todos los partidos serán a las 8:00 p.m., con transmisión por YouTube de la Federación Colombiana de Baloncesto. Después, la próxima semana, el equipo nacional emprenderá su viaje rumbo a territorio centroamericano.
La herencia de Michael Jackson
Desde que era un niño flaco y desgarbado que soñaba con ser beisbolista en su natal San Andrés, Michael Jackson recuerda que siempre le han preguntado por su nombre. “A veces no me creen, pero vivo orgulloso con el honor que me dieron mis padres”, explica el alero, que dice que ya perdió la cuenta de las veces que le ha tocado sacar la cédula para demostrar la veracidad de su nombre, el homenaje al rey del pop.
“Yo también bailo, pero en la cancha. Me dicen el bailarín de la cesta, pero es por como me muevo debajo del aro. Toda la vida he sido un jugador al que le gusta la finta, la velocidad y entrar a la pintura”, explica. Cuando era pequeño, en medio de las dificultades que enfrentaba su familia, ser deportista de alto rendimiento no se le cruzaba por la cabeza. Su cuerpo era muy delgado, enclenque y débil. No obstante, su espíritu era competitivo y pronto sintió la necesidad de empezar a batirse con otros, fortalecer los músculos y aspirar a otra vida posible. Pensó que podía llegar a ser beisbolista, como su papá —como casi todos en la isla—, pero el juego de la pelota caliente se le hacía demasiado estático. Aburrido, después de pasar por la lomita de los sustos, un día terminó jugando baloncesto con sus amigos y encontró en la pelota naranja, debajo del aro, su lugar en el mundo. Kobe Bryant, su gran referente, inspiró sus primeros botes del balón y, con el 8 en su pecho, el isleño logró abrirse paso en el básquet.
Ya pasó mucho desde todo aquello. Michael Jackson hoy es uno de los grandes referentes en las últimas dos décadas del baloncesto colombiano, presente en todas las gestas de la selección de los últimos años y un basquetbolista que ha brillado, además de en la liga local (siendo figuras en títulos como el de Motilones el año pasado), en países como México, Argentina y Venezuela, entre otros. “Quiero pensar que la herencia que les hemos dejado a los muchachos que vienen es buena. Somos conscientes de esa responsabilidad, como grupo, el honor que es representar a Colombia”.
Esa herencia es la de una selección que aspira a seguir haciendo historia y que en Nicaragua tendrá una nueva oportunidad, como aquella noche contra Brasil, de crear nuevos hitos para un deporte que necesita hacerse notar.
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