Carlos Alcaraz irrumpió. Como un rumor, de ese que llega en todos los deportes cada veinte años. Un genio que da un vuelco y se promete superar las hazañas de los héroes del ahora, de los que hicieron gestas que en su momento también parecían imbatibles y que los encumbraron plenos en la gloria.
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Llegó Alcaraz. Aire fresco. Desde hace años el tenis reclamaba sucesores. Y la nueva generación, perpleja ante los rostros de los tres titanes (Roger Federer, Rafael Nadal y Novak Djokovic), se pasmaba en las grandes noches. Y embates de los gigantes, los que venían se veían pequeños. Hubo días, si, algunos, en los que los dueños del trono cedían a los pequeños arrebatos de los nuevos aspirantes a la grandeza, más allá de que ninguno parecía estar a su altura.
Pero, con Alcaraz es otra cosa. Está hecho de otra madera. El pasado fin de semana, tras llevarse el título en Miami, ganó en Madrid el segundo Masters 1000 de su carrera, dejando en el camino de los cuartos y las semifinales a Nadal y a Djokovic. Solo tiene 19 años y ya es una realidad que aspira a llegar más allá de donde solo han llegado los más grandes.
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Carlos Alcaraz: el murciano que sueña con ganar Roland Garros
Viene de El Palmar, Murcia. Es español como Rafael Nadal, aunque, contrario a lo que cabría esperar, su ídolo de infancia es Roger Federer.
Desde pequeño ya soñaba en grande. Y se imaginaba ganando en Roland Garros, la tierra que se adjudicó Nadal con la fuerza de los golpes de su raqueta.
Las etapas las quemó rápido. Empezó, prácticamente, con sus primeros pasos y a los 16 años, en 2020, ya estaba listo para dar el salto al tenis profesional. Esperó y la paciencia dio frutos. Un año antes, en 2019, debutó en los Challenger y en cuestión de meses ya había saltado a los cuadros principales de la ATP.
Le bastaron menos de dos años para jugar contra los más grandes, ganarles, entrar en el top 10 del tenis mundial y empezar a acumular campeonatos, y de los importantes.
Romper marcas se volvió costumbre. Y en el horizonte está la ilusión que cultivó desde que era un pequeño: ganar Roland Garros. Es favorito, no jugará Roma para llegar pleno a París y retar a Nadal, el que lo precede, el amo y señor de la tierra batida.
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Carlos Alcaraz, el más adelantado de su dinastía
¿Era el destino? Alcaraz respiró tenis antes de aprender, incluso, a caminar. Su abuelo fue tenista y su papá, ambos Carlos, quiso serlo, aunque no pudo.
Es una cuestión de familia, de nombre y apellido. Carlos Alcaraz III a los tres años ya sostenía con sus dos manos la raqueta y corría por los pasillos de la casa, inspirado con llegar a ser uno de los tenistas más importantes de la historia. Así lo recuerdan en su familia, como un niño soñador.
Los Carlos, abuelo y padre, empezaron a ver, tal vez sin darse cuenta por la rapidez y la vorágine del tiempo, que en el niño había nacido una estrella, el adelantado de la familia que inscribiría el apellido Alcaraz para siempre en la historia del tenis.
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“Mi abuelo me enseñó a enfocarme en las tres ‘C’: cabeza, corazón y cojones”, dijo el nuevo número seis de la ATP hace unas semanas al llevarse el título de Miami.
Es un fenómeno. Tiene garra, revés, habilidad y seguridad mental. Dicen, los cercanos a su intimidad, que es un muchacho tranquilo. Le gusta dormir la siesta antes de los partidos y jugar videojuegos en su celular. Así se relaja. “No quiero tener más presión”, dice. Lógico, carga con el peso de las comparaciones, propias y ajenas, y las expectativas de una grandeza a la que fue prometido desde antes de entrar al tenis.
Quedará mucho camino en adelante para Alcaraz, sin duda. Su cabeza y su físico le marcarán el andar. Será afortunado si, como Rafa, Roger y Nole, encuentra un rival de envergadura. En la rivalidad encontrará el crecimiento. Por ahí debe estar otro fenómeno, agazapado, esperando su momento. Nunca hay protagonista sin su figura antagónica, en el camino a la grandeza siempre habrá baches. Y en saber esquivarlos, Carlos Alcaraz tendrá la consagración de su promesa.
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