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Con una sonrisa que vale oro

Su vida deportiva ha sufrido cambios bruscos. De la velocidad al salto alto, para luego brillar en el triple.

15 de agosto de 2013 - 05:29 p. m.
Caterine Ibargüen en el momento del salto que le dio el metal dorado. / AFP
Foto: EFE - Alberto Estevez
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Luego de colgarse la medalla de bronce en el Mundial de Atletismo en Daegu 2011, en Corea, con un salto de 14,84 metros, Caterine Ibargüen prometió seguir trabajando para darle más glorias a Colombia. Su propósito se cumplió y en dos años de trabajo y preparación ya no es una de las mejores saltadoras. Es la mejor. Su sonrisa, tan brillante como los metales que se ha acostumbrado a colgarse en el cuello, la convierten además en una atleta adorada. Sus palmas, gritos y todos los gestos motivacionales que hace para llamar la atención del público antes de sus saltos son apenas chispazos de todo lo que en realidad puede dar.

Desde el día de esa promesa ha logrado el oro y el récord panamericano en Guadalajara, con un salto de 14,92 metros; la presea de plata en los Juegos Olímpicos de Londres 2012 al saltar 14,80 metros; el liderazgo provisional de esta temporada en la Liga de Diamante, y finalmente el magno triunfo de la presea dorada en el Mundial de Moscú 2013, con un salto de 14,85, igualando la mejor marca del año.


Los saltos de Caterine

Tenía 15 días de recibir su primera clase de atletismo en el estadio de Apartadó cuando participó en una prueba infantil de 150 metros en Medellín. Caterine Ibargüen, entonces de 12 años, no era la velocista más astuta: corrió tanto como pudo mientras su entrenador y descubridor, Wílder Zapata, la animaba desde afuera. El cansancio la venció, se detuvo a descansar y terminó penúltima.

Quién sabe por qué le vieron madera como velocista de 75 y 100 metros en pruebas realizadas en su colegio San Francisco de Asís. “Usted déjela entrenar, que yo me encargo del colegio y los permisos para competir”, le dijo el entrenador Zapata a su abuela, Ayola Rivas, quien la crió después de la separación de sus padres. Francisca, su madre, trabajó como cocinera en las minas de oro de Zaragoza, Antioquia, y su papá, William, se radicó en Venezuela.

A medida que crecía, sus rivales la arrasaban. Pero esas caídas condujeron a Caterine Ibargüen, nacida el 12 de febrero de 1984 entre la pobreza y el hambre en su casa de Apartadó, a irse por el camino del salto alto y largo. A los 14 años, sin mucha voluntad, se estableció en Medellín, en donde tendría más recursos para prepararse. Allí, la cubana Regla Sandrino la convenció para que practicara saltos, pues su contextura física estaba diseñada para ganar en estas pruebas.
“Nos dimos cuenta de que me iba muy bien en salto alto. Nos enfocamos y luego alcancé a coger varias medallas a nivel departamental y nacional”, cuenta Ibargüen, quien entonces eligió como modelo a seguir al cubano Javier Sotomayor, campeón olímpico en Barcelona 1992.

“Cuando empecé a competir internacionalmente en salto largo y alto, me fui quedando. Ya no iba con el objetivo de ganarles a unas muchachas que hacían más de dos metros. Llegaba con la mentalidad de participar y listo”. Así fue en Atenas 2004, Olímpicos a los que clasificó por una marca B, pero en donde tuvo una participación tan inadvertida que ni la recuerda.

A Caterine aún le quedaba un paso más en el camino hacia su perfección: el salto triple. La transición llegó luego de una nueva frustración, cuando no logró clasificar a los Olímpicos de Pekín 2008 por apenas centímetros para las marcas requeridas. “En salto alto hice como 89 y me pedían 91, en largo me pedían 60 e hice 58. En triple quedé a un centímetro. Algo así. Me frustré mucho porque me había entrenado muy bien para clasificar”.

Cuando el retiro parecía su futuro, su actual entrenador, el cubano Ubaldo Duany, a quien por ese entonces apenas distinguía, le comentó sobre una posibilidad de realizar estudios superiores en la Universidad Metropolitana de Puerto Rico. Por fortuna la beca para estudiar enfermería la obligó a seguir corriendo para evitar las opciones de colgar la toalla.

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El crédito de aquella conversión a salto triple se le atribuye a Duany, quien había seguido sus pasos en categorías menores. “Él me dijo que era buena, pero no excelente, en salto alto, porque era muy voluminosa. Pero me dijo que tenía mucho talento en triple, que quería que hiciéramos cosas grandes y que podría llegar a pelear en los mundiales y eventos importantes”. Con esfuerzo, sacrificio y obediencia, Caterine vive hoy lo que algún día le prometieron. “Duany se merece todo el crédito, yo sólo soy su instrumento”, declaró la antioqueña luego de convertirse en la mejor saltadora del mundo.

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