A una cuadra del estadero La Tercera Base, a un ladito del estadio de béisbol de Barranquilla Tomás Arrieta, en un cuarto sencillo en el que comparten espacio la cocina, el cuarto y la sala, situado en un segundo piso al que se llega a través de una incómoda escalera de caracol, reside Normando Linero, el Pirrinquito Linero. Tiene 22 años.
En su casa hace calor. Su hijita juega de aquí para allá y su señora parece estar atendiendo los quehaceres del hogar. El lugar sería como muchas otras viviendas del sector si no fuera por un pequeño detalle, que en realidad no es tan pequeño: el gran mural, de piso a techo, que la adorna con imágenes de Édgar Rentería vistiendo algunos de los uniformes que ha usado en las grandes ligas: en los Marlins de la Florida, en los Bravos de Atlanta, en los Medias Rojas de Boston, en los Cardenales de San Luis. Una pintura que mandó a hacer en 2005 el casero, Luis Hernández, dueño también de La Tercera Base, y que costó casi cinco millones de pesos. Forma parte del “Salón Édgar Rentería”.
El “Salón” es el cuartito al cual le queda una pared en blanco, en la que Hernández piensa mandar a pintar la celebración del maravilloso jonrón de Rentería que les dio la victoria de la Serie Mundial a los Gigantes de San Francisco hace una semana.
En el lugar Normando intenta recuperarse del accidente de tránsito que sufrió en mayo pasado, cuando viajaba por tierra de Barranquilla a Cartagena a su primer juego como catcher del equipo Los Caimanes. Fue una tragedia en los barrios Abajo y Montecristo: el muchacho quedó casi muerto, con lesiones en su rostro y sin poder caminar. Perdió sus dientes. Le pronosticaron al menos cuatro meses en el hospital.
Salió a las pocas semanas y tres meses más tarde fue incluido en los refuerzos de Los Caimanes. Después de haber estado en Los Cardenales de Montería y Los Toros de Sincelejo aún no puede entrar al diamante para medirse con el equipo barranquillero.
No desiste. No quiere dedicarse a otra cosa. Duerme todos los días con la imagen de Rentería, celebrando el hit de oro que en 1997 les dio la victoria de la Serie Mundial a los Marlins, sobre su cama y eso, por supuesto, no es cualquier cosa. Lo conoce del barrio, de los juegos de pelota en la esquina, de siempre, de antes de la fama y la buena estrella, y sueña con que algún día le llegue la oportunidad de ser como él.
“Édgar me dice que trabaje fuerte, que cualquier día me llegará mi momento”. El momento en el que el sol brille sólo para él.