La vida puede cambiar en un segundo. A veces es un accidente, un ataque criminal o una enfermedad que llega sin aviso. Lo que sigue es el silencio, el desconcierto y luego la decisión: rendirse o volver a empezar. En el tenis adaptado muchos eligen lo segundo.
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Diego Pirachican regresó a la cancha con la misma raqueta que su padre le enseñó a usar de niño, después de un accidente en moto. Manuel Sánchez, un expolicía herido en servicio, cambió el uniforme por el traje de competencia y hoy lidera el ranquin nacional. Y Sofía Ruiz, quien antes no podía pasar un día sin moverse, perdió una pierna a causa de un cáncer, pero encontró en la cancha una forma de seguir disfrutando del deporte.
Todos ellos coincidieron en el Torneo Futuro Internacional Silla de Ruedas, disputado hace pocos días en Bogotá, en el que 40 jugadores de distintos países —desde Argentina hasta Costa Rica— confirmaron que la capital es el corazón del tenis adaptado en Colombia.
“Es un torneo clave, porque otorga puntos para el ranquin internacional sin que los deportistas tengan que salir del país. Es una oportunidad para crecer desde su entorno y mantenerse en el circuito”, explicó Ernesto Moreno, director de torneos de la Liga de Tenis de Bogotá.
Un proceso de persistencia
La Liga ha logrado sostener su calendario competitivo pese a las amenazas de recorte presupuestal al deporte nacional. El torneo fue posible gracias al apoyo del IDRD, la Federación Colombiana de Tenis y la Fundación Para Ti; sin embargo, estos esfuerzos no son suficientes para mantener un circuito competitivo de alto nivel.
“Los recortes nos han pegado duro. Este año, pasé del puesto 32 al 88 en el escalafón mundial porque no pude viajar. El tenis es un deporte costoso: si no compites, desapareces del mapa”, relata Manuel Sánchez, quien lleva 15 años en la disciplina y representa a Colombia desde hace una década.
La falta de recursos limita la competencia internacional, un punto que repiten todos los jugadores. Mientras en Europa un tenista adaptado puede jugar más de 30 torneos al año, en Colombia el calendario no supera los tres o cuatro, concentrados en ciudades como Barranquilla, Cali y Bogotá. La distancia entre países, los costos de viaje y la ausencia de patrocinio privado hacen que muchos deportistas dependan del apoyo de los programas distritales.
Aun así, los resultados siguen llegando. Diego Pirachican, quien empezó en 2022, ya ha participado en mundiales y giras europeas. “Hay diferencias marcadas en infraestructura y sillas, pero el nivel del tenis colombiano es alto. Lo que falta son oportunidades”, resume.
Bernal, la referente bogotana
El motor de este proceso está en Bogotá. Allí funciona el programa Semillas sin Barreras, creado por la tenista María Angélica Bernal, referente mundial, subcampeona de dobles Wimbledon este año y actual top 10 del ranquin ITF. De este semillero han surgido nuevas figuras, como Sofía Ruiz, quien empezó allí y hoy integra el equipo Bogotá.
“Ver a María Angélica aquí en el torneo motiva mucho. Ella es un ejemplo real, no solo por lo que ha ganado, sino por cómo apoya a los que venimos detrás”, dice Sofía, quien este año realizó su primera gira en Italia y fue subcampeona en uno de los torneos. Su historia condensa lo que significa este deporte: disciplina, resistencia y comunidad.
El entrenador Juan Carlos Díaz, con tres décadas en el tenis y 15 años dedicados al sector paralímpico, explica que el trabajo con los deportistas adaptados se hace con el mismo rigor que el de alto rendimiento convencional: “Tienen preparación física, psicología deportiva, fisioterapia y planeación táctica. Se entrenan todos los días. La diferencia es que, además del esfuerzo físico, enfrentan barreras sociales y económicas”.
Díaz destaca que el tenis paralímpico ha evolucionado rápidamente a nivel mundial. Los cuatro Grand Slam ya incluyen cuadros de jugadores en silla de ruedas, aunque las categorías aún son limitadas. “El objetivo es que Colombia tenga más torneos ITF y que nuestros deportistas lleguen a esos escenarios. Bogotá está marcando el camino”, asegura.
El contraste entre el potencial y las limitaciones es evidente. Los jugadores colombianos tienen el nivel técnico y mental para competir, pero la falta de competencia internacional los frena. “Mientras un jugador europeo compite cada dos semanas, aquí jugamos tres torneos al año”, explica Díaz. Esa diferencia de ritmo se traduce en experiencia, confianza y puntos en el escalafón.
Pese a todo, el entrenador mantiene la fe en la nueva generación. Nombres como Michelle López, de 15 años, o Luigi Nieves, de 24, son las promesas proyectadas hacia los Juegos Paralímpicos de Los Ángeles 2028. “Si se mantienen los programas y consiguen apoyo, pueden estar entre los mejores del mundo. El talento está, lo que faltan son los medios”, afirma.
Para los jugadores, más allá de los títulos, este deporte significa una transformación. “Mucha gente cree que jugamos por lástima, y no es así. Entrenamos todos los días, tenemos preparación física, viajamos y competimos. Esto es deporte profesional”, enfatiza Pirachicán.
El caso de la capital muestra cómo la constancia institucional puede sostener un proceso deportivo incluso en tiempos difíciles. La Liga de Tenis de Bogotá, junto con el IDRD y el apoyo de fundaciones, ha logrado mantener torneos internacionales, formar a nuevos talentos y acompañar a los deportistas que buscan dar el salto al circuito global.
“Organizar estos eventos es más que entregar trofeos. Es darles visibilidad a los atletas, mostrar que el tenis en silla de ruedas tiene un alto nivel y que Colombia puede ser sede de grandes competencias”, señala Ernesto Moreno, de la Liga.
Cada punto, cada raqueta y cada silla son parte de un mismo propósito: demostrar que el talento colombiano no depende de las limitaciones, sino de las oportunidades. Bogotá, con su trabajo sostenido y el ejemplo de sus atletas, ha logrado consolidar un modelo que inspira a otras regiones. A pesar de los recortes, las dificultades logísticas y la falta de torneos, el impulso se mantiene.
Porque, como dice Manuel Sánchez, con una mezcla de convicción y orgullo: “Esto no es un pasatiempo, es mi vida. Y mientras haya una cancha y una raqueta, vamos a seguir representando a Colombia”.
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