De las tardes viendo anime y películas de acción en su casa de Fontibón a los reflectores del octágono más famoso del mundo. Esa es la ruta que ha recorrido Javier Blair Reyes, de 32 años, quien, a lo criollo, llegó a la élite de las artes marciales mixtas. Hoy es el único colombiano entrenado 100 % en el país que hace parte de la Ultimate Fighting Championship (UFC).
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“Mi llegada a las artes marciales fue gracias a Dragon Ball. A mí me encanta ese anime, me gustan mucho películas como Rocky y todo eso. Siempre me conecté con ese tipo de sensaciones, con ese estilo de vida. Y creo que eso fue lo que me motivó a querer pelear y entrenar”, comenta.
Su historia empezó en el salón de clases de su colegio. No porquebuscara problemas, ni nada por el estilo, sino porque algunos compañeros se prestaban guantes de boxeo y se ponían a pelear mientras llegaba el profesor. Ese fue el comienzo de todo.
Durante años no supo que lo que hacía era un deporte profesional. Le gustaba boxear, pero no sabía que había una disciplina. Tras competir en peleas clandestinas y eventos aficionados, no solo descubrió un ámbito deportivo más regulado, sino también un camino.
Antes de convertirse en Blair, simplemente era Javier. El nickname surgió cuando practicaba parkour con sus amigos, quienes se hacían llamar Los Guerreros de la Calle y cada uno tenía su mote. Después, cuando se adentró en las peleas, recuerda que le pasaron un formulario de liberación de riesgos y vio un espacio que decía apodo. “Después de tantas peleas, la gente ya me conocía como Blair”.
La ruta hacia la UFC
Reyes no tenía una técnica depurada al principio ni patrocinadores, pero poseía algo que suele pesar bastante: coraje. “La primera vez que peleé me enfrenté a alguien con más experiencia y solo con corazón le pude ganar”, recuerda. “Ahí me di cuenta de que tenía talento. Lo que yo aprendía en dos meses superaba a alguien que llevaba un año entrenando”.
El testimonio lo confirma Juan Pablo Sánchez, uno de sus estudiantes. “Javier es como el ave fénix. Vuelve más fuerte de la ceniza. Mientras uno tenga corazón, eso ya es el 60 % de la pelea. Usted lo ve entrenando solo a las 5:00, a las 10:00 de la noche. Lo único que le importa es entrenar”.
Esa disciplina llevó a Reyes a construir una carrera sólida en el circuito local: 30 peleas amateur invicto y 22 victorias como profesional contra cinco derrotas, pero había algo más grande por llegar y en septiembre dio el golpe que le cambió la vida.
Viajó a Las Vegas para medirse con el estadounidense Justice Torres en la categoría peso pluma en el Dana White’s Contender Series. A punta de rodillazos se impuso por nocaut técnico. Esa victoria le abrió las puertas de la UFC.
“Han sido 16 años de trabajo. Me dieron la oportunidad, yo venía preparado, y me boté con todo a acabar con el tipo. Le gané en dos minutos, y con eso me gané el contrato”. Antes de Javier, otros bogotanos habían alcanzado la UFC: Fredy Serrano y Álex Rolo Torres.
Para Reyes, llegar a la élite de las artes marciales mixtas tiene un sabor especial porque lo hizo preparándose 100% en Colombia. “Allá los luchadores tienen muchas ventajas: patrocinadores, apoyo, privilegios. Yo no tengo eso, pero no importa. Es parte del legado que quiero dejar. Vamos a ver hasta dónde llego a lo criollo”.
El suyo es un ascenso construido desde Fontibón, con un acento inconfundiblemente bogotano y una identidad que no reniega de su origen. “Hoy en día hay colombianos allá en la UFC [criados en EE. UU.] que salen con la bandera, pero ni siquiera hablan bien español. Si yo les digo ‘paila’, no me van a entender o ni saben qué es subir a Monserrate”.
Más allá de la élite
El contrato con la UFC no es su único orgullo, lo son además sus proyectos deportivos en Bogotá. Por ejemplo, cerca al Jardín Botánico, lidera el Team Blair en el gimnasio Gold Dreams, un grupo de amantes de las artes marciales mixtas que compiten en el ámbito regional. Además entrena gratis a jóvenes en el parque de Hayuelos. “Siempre he querido marcar una diferencia. No solo con mi equipo, sino abriendo las puertas a la gente que tiene pocos recursos. Este deporte es caro, pero yo quiero que tengan un lugar para entrenar sin pagar un dineral”.
El césped de Hayuelos es el tatami de sus estudiantes. “Ahí entrenan pelados que salieron de las drogas o que estaban tomando malos pasos. Queremos cambiar vidas por medio del deporte. No solo sacar profesionales, sino aportar a la sociedad de una manera positiva”.
Tras lograr un lugar en el octágono más famoso de las artes marciales mixtas, no se olvida de dónde viene. Preparar a futuros deportistas no lo desvía de su horizonte. Sabe que llegar a la UFC es un logro gigante, pero también que ahora le toca trabajar para mantenerse. En el próximo par de años tendrá un puñado de peleas de apenas minutos en los que tendrá que darlo todo para defender su esfuerzo de años
“Si yo quisiera resumir mi llegada a la UFC, diría que el trabajo duro siempre prevalece por encima de todo. Hay que estar dispuestos a pagar el precio: dolor, hambre, dietas, fiestas, incluso la novia. Todos son sacrificios que usted tiene que hacer por seguir este estilo de vida”.
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