Martín Caparrós dijo en su crónica “Bogotá, la ciudad rescatada”, que en el cielo de la ciudad “siempre hay alguna nube: sol y unas nubes, lluvia y todo nubes, tormenta y nubarrones, una luna y sus nubes, plateadas, grises, blancas, siempre alguna, nunca un cielo completamente despejado. Quizás eso explique todo, o casi todo”.
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Ese viernes no fue la excepción. Fue una mañana de llovizna y muchas nubes. Y los vientos de la sabana estaban ese día tan fuertes como el mismo rugido de los motores de los BMW y el Mercedes que estaban dispuestos para que los Montoya, Juan Pablo y Sebastián, les brindaran a los invitados por el Grupo Arquib la oportunidad de subirse a sus autos y darle dos vueltas al autódromo de Tocancipá.
En el primer carro siempre estaba Juan Pablo Montoya; en el segundo, unos cuantos metros atrás, iba Sebastián. En cada pausa se quitaban sus respectivos cascos y hablaban de los autos que estaban manejando, revisaban el estado de las llantas y todos los detalles necesarios para seguir en la pista. Esa es quizá la estampa de esa familia, porque así como don Pablo apoyó a Juan Pablo para llegar a ser piloto de la Fórmula 1, de la misma forma Juan Pablo ahora apoya a Sebastián con la certeza de que tiene el talento, pero con la libertad de permitirle correr y decidir lo que su libre albedrío le dicte.
Sebastián, actual piloto de Telmex, habló de cómo ha sido el proceso y el apoyo de su familia para conseguir los medios necesarios para seguir escalando en un deporte en el que ambos, tanto su papá como él, dejaron en claro que el talento no basta. “Ha sido muy difícil. De verdad que le tengo que dar las gracias a mi familia, hace muchos sacrificios, mis papás se matan por mí y yo no estaría en este punto si no fuera por ellos. No estaría ni cerca sino fuera por ellos y por el apoyo también de mis hermanas”.
Juan Pablo, ahora más que un piloto, está ocupándose más como un gestor de la carrera de su hijo, pero también como un actor importante para que Colombia entre en unos años a ser parte del circuito del automovilismo mundial. Con el evento del Circuito Pony Malta, en el que estuvo con Sebastián corriendo por el Malecón del Río, y que sirvió para donar fondos por el terremoto del pasado 10 de agosto, se demostró que existen las condiciones para empezar a construir un proyecto serio. Incluso, días después de ese evento, el alcalde de Barranquilla, Álex Char, confirmó que se está trabajando para que en abril de 2028 la capital del Atlántico pueda ser sede de una carrera de la IndyCar.
“Una cosa que mi papá siempre me dejó muy claro es que tocaba ganar o no se conseguía la plata. En mi época era muy diferente, era hasta más fácil, porque si uno era bueno se podía marcar diferencia con la gente que no lo era. Hoy en día, así no sean tan buenos, pero tienen la plata, dan vueltas y vueltas, y la logran. Hay gente que tiene la billetera ilimitada. Por ejemplo, este año, hacemos dos o tres días de preparación en carros viejos para la temporada, hay gente que hace 50 días, y en Fórmula 2 el día son 50.000 euros. Hay gente que se va a hacer test a Catar o a Abu Dabi, y allá solo el circuito son 75.000 euros el día. Muy chévere que lo puedan hacer. Nosotros no”, contó Juan Pablo Montoya sobre la importancia que tienen los resultados, pero también el apoyo financiero para sostenerse y escalar en el automovilismo.
El actual piloto de Telmex, que confesó ese día que era la primera vez que hacía un drift, así como agradece el apoyo de su familia, así también deja en claro que su carrera y su pasión por los autos no fue impuesta, sino que siempre se trató de un gusto y de un oficio adquirido, que siempre fue él quien le rogaba a su papá que lo acompañara a una pista o lo dejara manejar.
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Sebastián Montoya dice que han sido tantos los regaños de su papá, que le cuesta recordar uno solo. “Puff, son muchos”, reaccionó cuando le preguntamos por uno, y en un esfuerzo por encontrar ese que lo pudo atemorizar, recordó uno en karts, en el que creyó que debía arrancar y no podía hacerlo, u otro en el óvalo de Homestead, en Miami, en el que iba a más de 180 kilómetros por hora tomando las curvas y los gritos del otro lado de la conexión lo impresionaron y lo obligaron a escuchar sus instrucciones.
En el auto con Sebastián Montoya, el piloto le contó a El Espectador que hasta el domingo que pasó esa semana, que fue cuando corrieron juntos en Barranquilla, no había estado antes en una pista con su papá. A lo lejos, unos metros más adelante, lo veía también derrapar en las curvas del autódromo de Tocancipá, en un circuito que les dio la licencia de hacer este tipo de piruetas -a menos que los copilotos de turno por temor no quisieran-. Incluso, en el tramo final, nos acercamos al auto de Juan Pablo Montoya, y Sebastián, con la mirada llena de ilusión y de adrenalina, expresó su emoción de alcanzar a su papá e incluso llegó a proponer que lo pasáramos. No sabíamos si eso se podía hacer, y al final no pasó, pero esos segundos que pasaron a toda velocidad parecen resumir también lo que son como familia, como mentor y discípulo: juntos en una pista, cada uno haciendo su carrera y el otro con el reto y la emoción -porque nunca ha sido motivo de presión- de sobrepasar y seguir de largo en ese legado que los Montoya siguen dejándole al país en un deporte tan complejo de acceder como el del automovilismo.
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