La lengua se mueve hacia arriba. Es la señal para subir la rampa. Laura García mira la distancia y la estudia durante unos segundos. Después, ese órgano que tiene 16 músculos se mueve hacia la derecha, como si un hilo lo jalara en esa dirección. Los movimientos son fuertes, bruscos. Frente a ella —y dándole la espalda a la cancha— está su entrenadora, quien también es su madre: Ana Cecilia Aponte. En cuestión de segundos, porque el tiempo para ejecutar la jugada se agota, coge un esférico de cuero rojo y a su vez toma la rampa, la levanta y la mueve hacia la derecha. Mientras tanto, la jugadora continúa analizando.
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Cuando está lista, junta los labios y los aprieta hasta que quedan en punta. Ahí hace un sonido fugaz y agudo. Tira un pico al aire. Es su manera de decir que sí.
La entrenadora toma el casco —como el que llevan los ciclistas en medio de las carreteras— que utiliza García, equipado con un largo palo de metal, y lo acomoda en el orificio que tiene la rampa. La jugadora mueve el cuello. El palo golpea la pelota y la boccia comienza a deslizarse hasta llegar al maderamen.
El esférico avanza unos metros. Poco a poco pierde velocidad hasta detenerse cerca de otras bolas de colores. En medio de ellas está el “jack”, una pequeña pelota blanca que marca el punto alrededor del cual se libra la disputa. Una bola queda más cerca. Otra intenta desplazarla. García se prepara para lanzar de nuevo. Todavía le quedan varias oportunidades para sumar puntos: son seis bochas por cada parcial.
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A la vez que eso pasa, Mario Verdugo observa la escena. Lleva 16 años como entrenador paralímpico de boccia y conoce bien lo que ocurre en esos seis metros de ancho por 12,50 de largo. “Es un juego de estrategia”, explica. Hay seis bolas rojas, seis azules y una blanca, la diana. Después de que esta última es lanzada, cada deportista, pareja o equipo debe diseñar la manera de acercar sus bochas lo más posible. Las que terminan más cerca son las que suman en el marcador.
García compite en la categoría BC3, una de las cuatro clasificaciones de este deporte paralímpico para atletas con discapacidades físicas. En la BC1, los deportistas pueden lanzar con la mano o el pie; en la BC2 los jugadores tienen un mayor control de tronco y brazos en comparación con la clase anterior. La BC3, en cambio, reúne a deportistas con una discapacidad física muy severa en las extremidades. La BC4 está destinada a atletas con discapacidad física severa que no deriva de parálisis cerebral, como quienes tienen lesiones medulares o distrofias, pero que pueden lanzar de manera autónoma.
“Yo soy su auxiliar de rampa y ella (García) se comunica gestualmente, más en momentos de alta presión como es el juego. Lo más fácil para ella, así produzca monosílabos, es comunicarse con la lengua: movimientos rápidos, arriba, abajo, para indicarme cómo tengo que colocar la rampa, sus respectivas velocidades o extensiones”, explica Aponte.
Para Verdugo, esa escena resume buena parte de lo que ha encontrado en ese deporte: “Bochas es impacto social, bochas es inspiración, es motivación, es transformación. Como estrategia, como técnica, el deporte es bellísimo como todos. Sin embargo, lo que hay en el día a día del deportista, de las familias, es digno de admirar”, dice.
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Otra de las familias presentes en la boccia, pero esta vez con dos de sus integrantes compitiendo juntos, es la de los hermanos Edilson y Leidy Chica. Ambos, diagnosticados con distrofia muscular, encontraron en este deporte una forma de competir al más alto nivel y de hacer historia para Colombia. En los Juegos Paralímpicos de París 2024, los dos subieron al podio en las pruebas individuales y luego coronaron su participación con una medalla de oro en la prueba de parejas mixtas BC4, convirtiéndose en los primeros colombianos en ganar un oro paralímpico en boccia.
“Para mí, la boccia significa pasión, orgullo, el hecho de poder representar al país y a mi departamento”, dice Leidy Chica. Y París quedó como el capítulo más importante de esa historia: “Fue el evento más grande y más bonito al que he podido asistir”, menciona Edilson Chica.
Dos años después de aquel oro en los juegos olímpicos, los hermanos compitieron en el Mundial de Boccia, llevado a cabo en Corea del Sur. En esta edición, si bien no hubo podio, alcanzaron el cuarto lugar en la prueba de parejas mixtas BC4. Colombia, además, cerró su participación en el campeonato mundial con presencia en las fases finales de las pruebas individuales y de parejas.
Para Mario Verdugo, esos resultados también hablan de cuánto ha cambiado la boccia en Colombia. “Cuando inicié, todo era muy nuevo y se hacía de forma empírica. En estos momentos, hay una mejor estructura y un mejor proceso”, explica.
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Ese crecimiento, dice, no es obra de una sola persona. Detrás están todos los entrenadores que han pasado por el camino, entre ellos Camilo Ortega, y todos aquellos que fueron construyendo las bases para que hoy Colombia pueda competir en las instancias decisivas.
Verdugo encuentra razones para que esta disciplina siga convirtiéndose en una posibilidad real de competir al más alto nivel. “Veo un panorama muy favorable para Colombia en bochas”.
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