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Sobrevivir con raquetas

Esta semana se juega la primera parada de la Gira Cosat de tenis en territorio venezolano, donde participa una delegación de casi 14 colombianos. Es uno de los eventos tenísticos juveniles más importantes del mundo.

12 de enero de 2012 - 05:09 p. m.
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Es curioso que los tenistas colombianos tengan dignas participaciones en Valencia, Venezuela, la primera parada de la Gira Suramericana Cosat, que se compone de 11 torneos consecutivos (cada uno de una semana) en el continente. Curioso porque precisamente ese torneo inaugural -y anual- que se está disputando por estos días, es el más caótico de la gira en cuestión de organización. Los deportistas nacionales deben cuidarse de no dar con el peor hotel, una villa que queda a menos de un kilómetro del Complejo de Tenis Rafael Yánez Gordils, que pareciera que nunca fue sede de un enfrentamiento del equipo venezolano de Copa Davis. Juveniles como José Fernando Carvajal, que este jueves accedió a semifinales en la categoría 14 años, deben temerle al agua que utilizan en el lugar deportivo, si no quiere contraer un virus estomacal, como me pasó a mí cuando disputé hace unos años este mismo prestigioso torneo.

Quizás fue coincidencia. Pero el año en el que jugué en la categoría de 14 a 16 años, la mala suerte se apoderó de algunos de nuestra delegación. A varios, de hecho. El lema, en ese entonces (2007) parecía ser sálvese quien pueda. Infortunadamente, un niño no pudo viajar en avión, como el resto del grupo, unos 13. Desde Bucaramanga, viajó durante casi tres días, visitó al menos cuatro terminales de transporte y llegó el mismo día que tenía que jugar en la primera ronda del cuadro clasificatorio.

Llegó con las maletas a la cancha donde yo calentaba con un compañero. Caminaba lentamente -tal vez por el cansancio- junto con su padre, quien ya lucía un poco más barbado que de costumbre. Eran las 8:30 de la mañana, había dormido en el bus y peloteó 10 minutos únicamente con mi compañero. Los altavoces del complejo anunciaron que debía jugar en esa misma cancha, de la que saldría casi 30 minutos después, tras perder 6-0 y 6-0 con un venezolano. Antes de que comenzara el cuadro principal -porque la ronda en la que perdió fue una preliminar-, a los dos días, emprendió su viaje hacia Cali, donde se jugaría seis días después la segunda parada de la gira. Sí pudo llegar y finalmente notamos, entre burlas indolentes, que se había afeitado.

Yo tampoco gocé de mucha suerte. Seguramente tuve más confort que mi compañero bumangués. Sólo un poco, pues al llegar a la habitación de la villa en la que me quedaría en Valencia, me di cuenta que debía dormir en una habitación junto con seis compañeros, con quienes me peleaba la entrada a un baño con baldosas percudidas y cuya puerta tenía un roto de al menos 15 centímetros de diámetro. Dormir con cucarachas -pues había que dejar la ventana abierta, ante la ausencia de aire acondicionado-, y soportar los ronquidos ajenos y el sonido de los camarotes cada vez que se movía un compañero. Ni modo de mitigar el insomnio con el televisor que sólo tenía el canal por el que el presidente Hugo Chávez se expresaba.

Al día siguiente, ojeroso, jugaba en el primer turno con un venezolano de apellido Salas. Tenía una malta polar -el patrocinador de la selección de fútbol local- en el estómago porque sólo eso se vendía en la tienda del complejo. Había calentado unos cuantos minutos porque todas las canchas estaban repletas antes de iniciar la jornada. En Valencia se juega en cancha dura, donde la bola no deja marca al picar, es decir, un Disneylandia para los vivos. No había caddies ni referees. A la tercera falta con mi servicio, decidí meter sólo primeros saques para no tener que ir hasta la red a sacar la bola del camino, para que mi rival no sancionara un let (o repetición del punto) si ganase un punto por obstrucción.

Perdí en dos sets. Mi rival juró en varias ocasiones que la bola que había tirado a su lado, estaba fuera. Eso, un poco antes de que tirara mi raqueta contra el pavimento caliente por ese inclemente sol. Y para completar, mi conciencia siempre me recordará que en un punto de ese juego grité muy duro ¡out!, en una bola que había ingresado legalmente por al menos un metro de distancia de la línea. Debut y despedida, como mi compañero bumangués. Él era mi consuelo, junto con una amiga a quien le robaron sus raquetas en el complejo, otro quien fue asaltado llegando a la villa y uno más que se lesionó tras caerse en plena avenida pública sobre su muñeca izquierda (la más hábil). Eso pensaba antes de que contrajera un virus que me causó fiebre y malestar estomacal. En ese momento, la idea de un solo baño en el cuarto de la villa no me causaba tanta gracia. Menos gracia me causaría que ya no pudiera almorzar gratis en el complejo, derecho que tenían sólo los que no habían sido eliminados. Me tocó, entonces, pagar el insípido plato durante siete días.

Perdí un sábado, dos días antes de que iniciara el cuadro principal. Los colombianos de mi misma categoría (14 a 16 años), no pasaron de primera ronda. En 12 a 14 años, sólo dos jugadores alcanzaron los cuartos de final. No fue un buen año para los nacionales en esa parada, que es junto a Bolivia, de las más fáciles, pues muchos se abstienen de ir precisamente por las condiciones adversas -para un deportista- que tienen que enfrentar. Para mí, por el contrario, no puede ser una excusa, pues en el pomposo Club Campestre de Cali (durante la segunda parada), volví a perder en la primera ronda de la clasificación. Entonces mi consuelo fue un amigo, quien se lesionó gravemente de su tobillo realizando cuclillas en un calentamiento. A decir verdad, estábamos malditos.

Causa curiosidad y orgullo que este año muchos colombianos en ese mismo complejo estén alcanzando mejores rondas. En el cuadro principal de 14 años femenino, Juliana Valero alcanzó la tercera ronda, al igual que Esteban Gutiérrez en masculino. En 16 años –la que disputé hace años- Gregorio Cordonier alcanzó la tercera ronda y Luis Valero y Enrique Asmar los cuartos de final. Misma instancia que lograron María Fernanda Ahumada y María A. Jara. En Caracas, la sede para los jugadores de 18 años, la bogotana Laura Ucrós y la barranquillera María Paulina Pérez disputarán las semifinales en la modalidad de dobles. Seguramente, en la capital esta joven no está pasando por las mismas que están jugando en Valencia.

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La importancia del torneo

Los mejores jugadores de Suramérica han participado en la Gira Cosat, como el caso de los argentinos Juan Martín del Potro, Guillermo Coria, David Nalbandián y Gastón Gaudio, entre otros. Los colombianos Alejandro Falla, Santiago Giraldo y Fabiola Zuluaga también tuvieron participaciones decorosas en este importante evento que se compone de 11 torneos en Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay y dos en Brasil (en ese mismo orden, desde el 6 de enero hasta marzo 19).

Para poder clasificar a una parada de la Gira Cosat, se debe finalizar en los primeros lugares en el año de cada país. Los puntos Cosat se obtienen en los torneos ITF del año anterior al que se disputa (en Colombia sólo hay tres torneos de esta categoría, en Barranquilla, Cali e Ibagué), o ir sumando a lo largo de la gira para ingresar a los cuadros principales. La participación en esta gira es casi obligada para todos los tenistas que quieran ser profesionales. Los primeros cinco de cada categoría (que son dos: 14 y 16 años) clasifican a la Gira Europea, una serie de cinco torneos que se juegan entre mayo y junio, y en los que participó Rafael Nadal y Roger Federer, entre otros.

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