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Tyson Fury: El cuadrilátero como la vida misma

El boxeador británico ganó este fin de semana el campeonato de peso pesado. Hace unos años intentó suicidarse. Una voz le dijo que no lo hiciera.

24 de febrero de 2020 - 05:41 p. m.
Tyson Fury en la pelea contra Deontay Wilder el pasado fin de semana. / EFE
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“Mi existencia no tenía sentido, quería terminar con mi dolor. Me di cuenta que era el momento de dejar atrás esta tortura. Nada me importaba, nada importaba”. Estas palabras las escribió Tyson Fury en Behind the Mask: My Autobiography, libro que cuenta su historia de vida. En él cuenta cómo aceleró su ferrari a 260 km/h. La velocidad de su coche provocaría una muerte inminente que dejaría a su esposa y a sus cinco hijos sin el faro y la alegría en casa. De la nada una voz le pidió que se detuviera, que justamente pensara en su familia. El pie a fondo en el freno y un carro que por segundos pudo a ser algo menos que chatarra fueron las imágenes de una tarde en el que la vida de Fury pudo llegar a su fin. 

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 “I get knocked down, but I get up again, you’re never going to keep me down”. De la letra de Tubthumping, canción de Chumbawamba, surge un lema, una oda a sus experiencias y memorias. Desde aquel 12 de agosto de 1988, Fury se acostumbró a estar siempre al límite, a verse acorralado en el cuadrilátero. Los médicos le dijeron a John, su papá, que tenía pocas probabilidades para sobrevivir, pues nació tres meses antes de lo esperado y muchas de sus capacidades no se desarrollaron por su llegada prematura. Sufrió tres infartos y a los tres logró sobreponerse con una fuerza que se desconoce, con una fuerza que tal vez tiene que ver con los designios de los destinos que los humanos no comprendemos porque ellos sobrepasan nuestro entendimiento. 

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Lo cierto es que esos mismos designios parecían vaticinar que Tyson Fury sería boxeador. Bartley Gorman, boxeador que contó con un registro de 20 año invicto en peleas no oficiales, hace parte de la ascendencia de Fury. Además de eso, el padre del británico supo que lo llamaría Tyson por el legendario Mike Tyson luego de la victoria que el estadounidense consiguió en 91 segundos a Michael Spinks en junio de 1988. Esto reafirmó al boxeo como una tradición, al acto de pelear como una acción que conlleva a la honra, a la exaltación de la fuerza y el coraje. 

“El boxeo es un elemento clave en nuestra cultura. Antes que todo, aprendés a pelear. Cuando tenemos una disputa, no vamos a la Policía; nos sacamos las camisas y lo resolvemos a puñetazos. Lo arreglamos a nuestra manera, no involucramos a la ley”, afirmó Tyson Fury para explicar por qué el boxeo más que un deporte visto como oficio fue primero una cuestión de costumbre, un principio de vida en el que los problemas se resolvían de manera autónoma, sin depender del otro y sin recurrir a otra herramienta más que la propia convicción y la propia fuerza.

Alguna vez Muhammad Ali dijo que: «La pelea se gana o pierde muy lejos de los testigos, tras las líneas, en el gimnasio y en la carretera, antes de que baile bajo esas luces». Y así ha sido Fury a lo largo de su camino. En 2015 venció al ucraniano Wladimir Klitschko, campeón mundial por nueve veces consecutivas. Con esa victoria se quedó con los títulos de la AMB, la OMB y la FIB.

Al año siguiente, como suele ocurrir en el boxeo, el ucraniano buscó la revancha. Se intentó dos veces y en ninguna fue posible. Tyson Fury había entrado en una depresión que nadie conocía. Todo empezó a salir a la luz cuando dio positivo en un control antidoping por consumo de benzoilecgonina, una sustancia derivada de la cocaína, droga que empezó a consumir a causa de la depresión y de un trastorno obsesivo compulsivo.

“El boxeo es la cosa más triste en la que he participado. Todo un montón de mierda. Soy el más grande y también estoy retirado, así que vayan a mamarla, felices días”, escribió Fury en su Twitter el 3 de octubre para anunciar su retiro. El mundo se vino al suelo y las ganas de vivir se esfumaron en esos días en que su tradición, su oficio de boxear y el amor de su familia no fueron motivos suficientes para luchar por reinventarse.

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En esa crisis duró alrededor de dos años. Fue justamente su familia y el ejercicio los que lo hicieron retornar a los esfuerzos por ser un ejemplo para sus hijos, para seguir alimentando su porvenir y no traicionar el cuadrilátero que lo ha bendecido desde su nacimiento.

En diciembre de 2018 se enfrentó a Deontay Wilder, el mismo que derrotó el pasado fin de semana para ser campeón de peso pesado. Había dejado de pesar 180 kilos. En aquel entonces perdió la pelea en once rounds.

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Seis comidas, un ejercicio constante y masturbarse varias veces en el día para mantener activa la testosterona son las estrategias que Fury tiene para su cuerpo. Para su mente busca resguardar la convicción que tiene todo boxeador para hacerse ganador y soldado de sus propias batallas.

 “El viejo Tyson Fury estaba preocupado por ser aceptado. Ahora lo único que me preocupa es despertar todos los días con la mente sana y mantener a mi familia. No me preocupa que la gente me acepte, le guste lo que hago o me odie”, concluyó.

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