Homenaje a un jugador insignia de River, Corinthians, West Ham United, Liverpool, Barcelona y, por supuesto, de la selección en todas sus categorías.
A sus 14 años, cuando jugaba en equipos de su ciudad natal San Lorenzo, situada en la provincia de Santa Fe, Javier Mascherano fue descubierto para el fútbol. Lo hizo el exjugador Jorge Solari, quien advirtió su liderazgo y lo llevó al club Renato Cesarini de Rosario. El rumor creció y rápidamente el entonces entrenador de las selecciones juveniles, Hugo Tocalli, lo vinculó al proceso. Desde entonces, en la sub-15, la sub-17 o la sub-20, hasta llegar a la categoría de los mayores, se transformó en el deportista clave del fútbol argentino que hoy busca su tercer título mundial.
“No exagero cuando digo que Mascherano será el futuro volante central del seleccionado mayor”, vaticinó hace 10 años Hugo Tocalli. No estaba equivocado. Corría enero del año 2004 y aunque apenas llevaba cinco meses desde su debut en el River, ya era un distintivo de la divisa azul y blanca. Como subcampeón en el suramericano sub-17 de 2001 realizado en Perú; o como campeón del suramericano sub-20 de 2003 que se llevó a cabo en Uruguay. Un caso excepcional, porque primero fue seleccionado y después fue jugador de la primera división.
Bajo las órdenes del técnico chileno Manuel Pellegrini, debutó el 3 de agosto de 2003 en un juego en el que su equipo derrotó a Nueva Chicago por 2 a 1. Ese mismo año fue campeón con River en el Torneo Clausura. Al retirarse del fútbol y asumir la dirección técnica del club el aguerrido volante central Leonardo Astrada, conocido como El Jefe, Mascherano entró a ocupar su lugar. Por eso lo bautizaron El Jefecito, en la posición que hizo grandes a jugadores millonarios de la talla internacional de Mostaza Merlo, Matías Almeyda o Américo Gallego.
En 2004, con apenas 20 años, llegó su prematura consagración. Campeón del Torneo Clausura con el River, campeón del Preolímpico Suramericano sub-23 con la selección Argentina en Chile, subcampeón de la Copa América con la de mayores y medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Atenas. Al comenzar 2005, ya era claro que su futuro estaba en el exterior. El River lo despidió con ovación y en julio se enroló al Corinthians de Brasil. Sin embargo, cuando se esperaba un notable desempeño, se fracturó el pie izquierdo y quedó por fuera siete meses.
Cuando regresó a las canchas, ya en 2006, no encajó en los planes del técnico Emerson Leao y en agosto emigró a Europa. Recaló en el West Ham United, donde apenas jugó seis meses y tampoco pudo demostrar su talento. En esos tiempos de incertidumbre, su lugar siguió siendo la titular con la selección Argentina que disputó la Copa Mundo de Alemania 2006. Terminando el año fue transferido al Liverpool de Inglaterra, donde de la mano de Rafael Benítez volvió a ser el gladiador de siempre en la media cancha sin sacrificar su orden y su técnica.
Después de tres temporadas en las que jugó 94 partidos oficiales, alcanzó a disputar la final de la Champions League con Milan en 2007 y volvió a ser campeón olímpico en Pekín 2008, estaba cantado que el destino de Mascherano iba a ser uno de los grandes clubes del mundo. En agosto de 2010 se vinculó con el Barcelona de España, donde volvió a ser referente. “Me parece el mejor fichaje en los últimos años. Es único. No lo cambiaría jamás”, llegó a comentar el técnico catalán Pep Guardiola. Su titularidad y sus éxitos no se hicieron esperar.
Campeón de la liga española, de la Supercopa de Europa, de la Copa del Rey y del Mundial de Clubes, entre otros trofeos, entre 2010 y 2013. Al mismo tiempo, pieza clave de la selección Argentina en las eliminatorias al Mundial Brasil 2014. Por deferencia personal desde 2011 le entregó la capitanía al estelar Lionel Messi, pero todos los argentinos saben que la brújula del combinado nacional es Javier Mascherano. El inamovible que alguna vez resumió en una frase lo que para él significa vestir la albiceleste: “Al ponerme la camiseta me olvido del cansancio”.
La prueba sucedió en el minuto 90 de la frenética semifinal del pasado miércoles 9 de julio ante Holanda. El balón le llegó claro a Arjen Robben, quien sin rival a la vista se encaminó a fusilar a Sergio Romero. Mascherano lo vio y se le pegó como un depredador tras su presa. En el último segundo, cuando Robben soltó el misil, El Jefecito se desgarró el ano pero el pie le alcanzó para desviar el balón. Esa jugada forzó el alargue, donde Argentina, después de 24 años, volvió a la final de una Copa del Mundo. La única copa que le falta levantar al interminable guerrero.