El 5 de diciembre, mientras en Washington se sorteaba la Copa del Mundo, Donald Trump recibió de manos de Gianni Infantino el llamado premio “FIFA de la Paz: el fútbol une al mundo”. El galardón era inexistente hasta hace pocos meses, sin tradición ni marco previo, pero apareció en escena después de que el mandatario estadounidense no obtuviera el Nobel que sí le dieron a María Corina Machado. La idea se cocinó rápido y el anuncio llegó sin contexto. “Queremos vivir en un mundo seguro, en un mundo en paz. Queremos un mundo unido y, sin lugar a dudas, usted se merece el primer premio por sus logros. A su manera, pero lo ha conseguido”, dijo Infantino antes de cerrar con una frase reveladora: “Como presidente, usted siempre tendrá mi apoyo y el de toda la comunidad del fútbol”.
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Veinte días después, el “FIFA de la Paz” ordenó un bombardeo en Nigeria. Así lo reportó la BBC: “Trump anunció que el ejército de Estados Unidos había ejecutado un ‘potente y letal ataque’ contra posiciones del Estado Islámico en el noroeste del país africano, al que calificó como ‘escoria terrorista’”.
Ese fue apenas un preludio. Días después del Año Nuevo, fuerzas estadounidenses irrumpieron en Venezuela, bombardearon Caracas este fin de semana y capturaron a Nicolás Maduro, quien compareció ayer por primera vez ante el Tribunal Federal del Distrito Sur de Nueva York. La secuencia temporal convirtió aquel premio en una imagen difícil de disociar de los hechos.
La cercanía política de Trump, Infantino y la FIFA
Un mes antes de la ofensiva en Venezuela, Trump dio gala de su relato desde el escenario que le montó la FIFA. En medio de las balotas que decidieron la suerte de los grupos de la Copa del Mundo, el presidente lanzó cifras confusas sobre su labor pacificadora en África y en otros conflictos, sacó pecho por el número de entradas vendidas para el Mundial, y agradeció a la FIFA y a su familia por reconocer su labor en pro de la paz del mundo. Minutos antes, cuando la prensa le preguntó por el reconocimiento que iba a recibir, respondió: “Es uno de los grandes honores de mi vida. Pero más allá de las palabras, quiero decir que no me importan los premios, me importa salvar vidas. Y hemos salvado miles y miles de vidas”.
No me importan los premios, me importa salvar vidas. Y hemos salvado miles y miles de vidas.
Donald Trump, presidente de Estados Unidos
El premio de la Paz para Trump fue apenas uno de los pasos de la FIFA para congraciarse con el mandatario. El máximo ente del balompié global construyó todo un escenario para suavizar la imagen de Trump en un momento clave de su proyección internacional. El galardón fue la cereza del pastel, un gesto de validación moral desde el deporte más popular del planeta. Un mes después, con Maduro capturado, el mismo presidente estadounidense continúa amenazando a otros países de la región, como Colombia y México, mientras la retórica de fuerza se consolida como eje de su política exterior.
La relación entre Infantino y Trump no es nueva, pero sí cada vez más estrecha. El presidente de la FIFA carga sobre sus hombros la responsabilidad del Mundial, el evento central de su mandato, y sabe que necesita a Trump. El torneo, el primero de 48 selecciones y el más grande de la historia, se jugará entre junio y julio principalmente en Estados Unidos y exige cooperación política total.
Infantino es un dirigente de pocos límites cuando se trata de proteger su gran proyecto. Ya lo había demostrado con Vladimir Putin en la antesala de Rusia 2018, cuando la sintonía era plena y pública. Luego, pasada la competición, pocos rastros quedaron de esa alianza. Hace cuatro años, tras la invasión a Ucrania, la FIFA no dudó en suspender a Rusia. Con Estados Unidos, pese a lo sucedido con Venezuela, el trato ha sido otro. Hay argumentos legales, pero sobre todo hay trasfondo político.
El Mundial 2026, ¿lavado de cara para Trump?
Para la FIFA, el negocio parece marcar la frontera de lo tolerable. Mientras la estantería no se caiga, todo es negociable para el ente rector del fútbol. El Mundial es demasiado grande, demasiado rentable y demasiado simbólico como para incomodar al anfitrión. En ese equilibrio precario, el discurso de neutralidad convive con gestos políticos poco disimulados, en los que el fútbol termina funcionando como plataforma de legitimación.
Trump, por su parte, se muestra como uno de los grandes aliados de Infantino. La imagen el año pasado en el Mundial de Clubes, de cómo se coló en la premiación del Chelsea, le dio la vuelta al mundo. Y se volvió común ver cómo Infantino aparece con frecuencia en el Salón Oval. Ambos se exhiben como socios estratégicos.
La Copa del Mundo será el evento que concentre la atención global, que reciba a cientos de miles de aficionados y a delegaciones de todo el planeta, mientras Estados Unidos intenta imponer un nuevo orden internacional al tiempo que estrecha su cerco diplomático y militar.
El Mundial de Trump busca, finalmente, suavizar el tono de una política exterior sin escrúpulos, explícita y avasallante. El propio presidente no tiene problema en definirla así públicamente. Y el fútbol, una vez más, queda atrapado en esa contradicción: ser fiesta global y, al mismo tiempo, escudo narrativo de un poder que no se esconde. En 2026, el mundo mirará a Estados Unidos, mientras se pregunta por lo que pasa detrás del espectáculo.
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