Me acuerdo perfecto de Alemania 2006. Fue mi primer Mundial consciente. Tenía los ojos pegados al televisor con una ilusión ajena: que Brasil, el equipo de mi papá —mi héroe—, quedara campeón. Para él, Ronaldo Nazário era, consecuentemente, un fenómeno. Y, de hecho, en mi casa todavía ronda una foto de 2002, cuando empezaba a tener mis primeros recuerdos y mi padre me hizo el mismo corte que el goleador se hizo en la final de Corea y Japón. Fue Alemania, no obstante, el primer torneo que me gocé desde la inauguración de los locales contra Costa Rica hasta la consagración de Italia. Así que viví ese torneo entre la adoración y el suspenso, entre Zidane y su cabezazo en la final, entre las últimas danzas de Luis Figo y Roberto Carlos, entre Oliver Kahn despidiéndose en silencio, entre David Beckham y Pavel Nedved cerrando capítulos. Era el adiós de toda una generación que había dominado el fútbol durante más de una década.
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Hoy el fútbol parece menos importante que en aquellos años de adoración total. Sin duda, crecimos. Pero también hoy el mundo parece más cruel y se desangra en guerras que nos hacen preguntarnos: ¿qué carajos hacemos hablando de fútbol?
No obstante, acá estamos. Y este Mundial de 2026 llega envuelto en una rareza que va más allá de esos contextos. Es el primero con 48 selecciones, muchas de ellas con jugadores que nos suenan desconocidos. Es un torneo con el espectáculo gringo metido hasta la médula: tres inauguraciones, pausas para hidratación, partidos fragmentados por comerciales y hasta los himnos serán diferentes. Todo parece más grande, más ruidoso, más difuso. Han pasado 20 años, dos décadas enteras, y uno siente que este torneo es, al mismo tiempo, el final de algo y el inicio de otra cosa.
Pero hablemos de fútbol. Será raro ver a los jugadores con los que muchos crecimos amando el fútbol decir adiós. Lionel Messi y Cristiano Ronaldo, los únicos futbolistas en la historia en disputar seis Copas del Mundo, jugarán previsiblemente su último Mundial. Junto a ellos, Luka Modric tmbién cerrará su ciclo mundialista. Y para los colombianos, hay una capa adicional de nostalgia: James Rodríguez llegará a su último Mundial, el hombre que en Brasil 2014 se convirtió en el goleador del torneo y puso a Colombia a soñar como pocas veces. Al mismo tiempo, Luis Díaz disputará el primero, aunque con una paradoja difícil de ignorar: tiene casi 30 años y recién llega. Dos caras de una misma despedida, o de un mismo comienzo tardío.
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Volvamos entonces al núcleo: los héroes de esa camada que emergió en Alemania 2006 siendo casi unos niños. Messi tenía 19 años; Cristiano, 21. En aquel entonces nadie podía adivinar lo que venía. El fútbol se despedía de sus ídolos y sin darnos cuenta estaba presentando a los siguientes.
Eso es exactamente lo que ocurría en Alemania hace 20 años. Mientras Zidane se marchaba expulsado en la final más dolorosa de su carrera, en las tribunas crecía silenciosamente una generación que tomaría el relevo. Messi marcó su primer gol mundialista. Cristiano confirmó que su talento era demasiado al llevar a Portugal hasta la semifinal. Iniesta, Ramos, Lahm y Schweinsteiger daban sus primeros pasos en el torneo más grande del mundo. Nadie lo vio venir con esa claridad, pero ocurrió.
Ahora, en este Mundial tan extraño, se espera que esa misma dinámica se repita. Lamine Yamal, con apenas 18 años, llega como uno de los nombres más emocionantes del torneo. También Endrick, Warren Zaïre-Emery, Arda Güler o Desiré Doué. Una generación nueva, distinta, que viene a tomar la posta sin que todavía sepamos bien cómo ni cuánto.
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La transición, además, tiene una particularidad. Entre los que se van y los que apenas llegan existe una camada que ya está en la cima y que seguirá varios años más: Kylian Mbappé, que ya sabe lo que es levantar la Copa del Mundo; Vinicius Jr., Jude Bellingham, Pedri. No hay un vacío repentino, sino una transición más compleja y lenta.
Sin embargo, lo que sí termina, de forma definitiva, es la infancia de millones. La de los que vimos por primera vez un Mundial en 2006, los que crecimos viendo a Messi y Cristiano duelo a duelo, Balón de Oro a Balón de Oro, y que convertimos ese enfrentamiento eterno en el eje de nuestra forma de entender el fútbol. Ellos también se van, como se fueron Zidane y Ronaldo, como se van todos. Y como esa vez, ya hay nuevos nombres esperando que los encumbremos en nuestros pedestales imaginarios.
El fútbol es cada vez más raro y más complejo. Pero acá seguimos, los enfermos de siempre. Y como diría Eduardo Galeano: en unos días, en sus casas, todos los futboleros pondrán en la puerta el letrerito: “Cerrado por fútbol”.
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