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Italia y la debacle de su fútbol: la paradoja del Calcio y las razones de su crisis

Desde 2014 que no vemos a la Azurra en un Mundial, algo que no cambiará, mínimo, hasta el 2030. ¿Qué le pasa al tetracampeón del mundo?

01 de abril de 2026 - 07:07 p. m.
Ni con Gennaro Gattuso como DT Italia pudo cambiar su destino.
Foto: EFE - NIDAL SALJIC
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La noche en Bilino Polje, el estadio de Zenica, fue la fotocopia de otras dos noches de fracasos similares. Lejos de casa, una vez más, Italia se quedó por fuera de la Copa del Mundo, marcando la mayor decepción de todo el camino clasificatorio al Mundial de la FIFA, que tendrá por tercera vez consecutiva a uno de sus animadores históricos fuera de la gran fiesta del fútbol.

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Es rara la crisis de selección de Italia. Hace 20 años fueron campeones del mundo. En 2006 tocaron el cielo, en una conquista que para algunos fue inesperada, pero que reafirmaba su lugar en la élite. Sin embargo, el golpe llegó rápido: eliminados en fase de grupos en Sudáfrica 2010 y lo mismo en Brasil 2014. Lo que nadie imaginaba era que aquel 24 de junio, tras caer ante Uruguay, sería el último partido de la Nazionale en un Mundial.

Desde entonces, el vacío se volvió costumbre. Son ya 12 años sin disputar una Copa del Mundo, que serán mínimo 16 si se mira hacia 2030. Una anomalía para una selección que comparte con Alemania el segundo lugar en títulos, solo por detrás de Brasil. Más extraño aún si se recuerda que en 2020, contra todo pronóstico, Italia se consagró campeona de la Eurocopa.

Aquella noche en Wembley, con Gianluigi Donnarumma como héroe, parecía marcar el renacer. Bajo la dirección de Roberto Mancini, el equipo recuperaba identidad, confianza y resultados. Pero fue un espejismo. El proceso se desmoronó, Mancini se marchó y los fantasmas reaparecieron con la eliminación rumbo a Catar 2022.

Momento en el que Giorgio Chiellini levanta el trofeo de campeón de la Eurocopa.
Foto: Agencia AFP

Lo de 2026 resulta todavía más difícil de explicar. Ni siquiera con un Mundial ampliado a 48 selecciones, Italia encontró su camino de regreso. Y no porque haya sido un desastre en la eliminatoria. Como muestran los números, firmó una campaña sólida, pero se encontró con una Noruega descomunal, impulsada por figuras como Erling Haaland y Martin Ødegaard, que dominó el grupo con autoridad.

Italia cayó a los playoffs con cifras que en otro contexto habrían sido suficientes. Aun así, en el repechaje superó a Irlanda del Norte con un 2-0 engañoso, de esos que no terminan de convencer. Y en la final ante Bosnia apareció el patrón repetido: empezó ganando con Moise Kean, pero una expulsión de Bastoni cambió el guion. Llegaron el miedo, la duda, los recuerdos de otras caídas. El empate de Haris Tabaković los empujó a los penales. Y ahí, otra vez, el abismo.

Italia pagó caro replegarse, entregarle el partido al rival. La paradoja del calcio: aquello que históricamente fue su mayor fortaleza —defender, resistir, sobrevivir— hoy se convirtió en su condena. Porque este equipo ya no tiene la misma jerarquía para sostener esos escenarios límite.

Los jugadores de Italia, en el partido contra Bosnia.
Foto: EFE - NIDAL SALJIC

La Azurra ha perdido mística. No es solo una sensación romántica: es una realidad futbolística. Ya no abundan figuras dominantes en la élite europea, jugadores capaces de inclinar partidos grandes. La distancia con otras potencias se ha ampliado y el recambio generacional no ha estado a la altura de su historia.

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A eso se suma el contexto estructural. La Serie A dejó de ser el epicentro del fútbol mundial. Sus clubes han perdido peso en Europa y el desarrollo de talento se ha ralentizado. Desde hace más de una década, Italia no marca el ritmo del juego global, sino que intenta alcanzarlo.

El problema también es institucional. La Federazione Italiana Giuoco Calcio arrastra decisiones erráticas, crisis de gestión y escándalos recurrentes que afectan la estabilidad del proyecto deportivo. Sin una dirección clara, los procesos se vuelven frágiles y las caídas, inevitables.

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Pero hay algo más profundo: un bloqueo mental. Italia juega con el peso de sus fracasos recientes. Cada partido decisivo se convierte en un recordatorio de lo que no fue. Y en ese terreno, el fútbol deja de ser táctica y pasa a ser emoción, confianza, carácter. Justo lo que hoy parece faltarle.

La eliminación en Zenica no es un accidente. Es la consecuencia lógica de una crisis que lleva años gestándose. Italia sigue teniendo historia, escudo y memoria, pero eso ya no alcanza. El mundo cambió, el fútbol evolucionó y la Nazionale, por ahora, sigue mirando desde afuera.

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Foto: El Espectador

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