Al frente estaba Croacia y era natural dudar. Hace apenas unos días, el viernes, los balcánicos le acabaron el sueño a Brasil. Argentina no la tenía fácil, todos advertían un escenario complejo. Los croatas contra la canarinha demostraron su categoría, el rótulo de subcampeones del mundo. Eran un rival jodido, para tumbarlo no bastaba un golpe, había que pasarles por encima, no dejarles espacio para respirar ni levantarse.
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Y Argentina fue consiente de ese contexto. De que era un día para ser intenso y efectivo en los momentos claves. No había que adueñarse de la pelota, pero sí sentenciar cuando la tuvieran. Era un día para sacar la casta, para golear (3-0) y mostrar sus credenciales. En serio, van por el campeonato del mundo. Fue una victoria categórica, que vale una final y que pone más cerca del objetivo a un equipo con aspiración de título mundial y que sabía que estaba la chance mucho antes de llegar a Catar.
Esa fue siempre la inspiración en el Mundial, la llama y el fuego sagrado. La ilusión que inspira a los niños argentinos desde que tocan una pelota, lo que ellos llaman: el sueño del pibe. La figura de Diego Armando Maradona, musa y obsesión. Argentina, campeón en el 78 y el 86, busca desesperada su tercera copa. Se les escapó en 2014, en medio de una sequía de 28 años, pero esta generación, la que rompió el maleficio con el campeonato en la Copa América del 2021, cree en la predestinación de que ellos serán los encargados de volver a llevar el trofeo a Argentina. Ese es el anhelo.
Y es un sueño que pesa, una presión que no es fácil de llevar. Por eso, la confusión de su estreno. De ahí que en ese primer partido contra Arabia Saudita, cuando los caminos se nublaron, cuando Lionel Messi desapareció y los dedos señalaban desesperados culpables, parecía que Catar para Argentina sería una debacle. Los argentinos, perdidos en el desierto del país medio oriental, tras perder con Arabia 2-1 hicieron un clic. “¿Y si no somos favoritos?”. Otra derrota los dejaba afuera, así que había que jugar partido a partido.
Lo dijo Lionel Messi, el capitán, el líder del sueño. “Mentalmente, esa derrota cambiaba todo. No es lo mismo jugar un partido de fase de grupos que uno en el que sabes que si pierdes te quedas afuera. Nosotros hemos jugado cinco finales desde que empezamos el Mundial y por eso lo hemos vivido de otra manera”.
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Sí, había dudas, pero el equipo argentino, tan sólido antes del torneo, daba garantías para pensar que la ilusión estaba viva. Por eso, la afición argentina en Catar jamás dejó de apoyar al equipo. El primer golpe desalentó, no hay duda. Pero, los argentinos que viajaron hasta el desierto eran miles, la albiceleste debía buscar el campeonato del mundo. ¡No se podía escapar la chance, por lo menos, de pelearlo! Fueron ellos los que salvaron el Mundial, los que se tomaron las calles de Doha y las tribunas de los estadios en un torneo opaco, lejos de la pasión por el fútbol que se vive en otras tierras.
“Aunque perdimos, estábamos confinados en este grupo, que es una locura. Por eso le pedimos a la gente que confiara. Que no dejara de alentar. Y acá estamos otra vez, vamos a jugar una vez más la final del mundo”, dijo Messi después de superar a Croacia en la semifinal y alcanzar su segunda final de una Copa del Mundo en ocho años, después de la que perdieron con Alemania en Brasil 2014.
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Tras el primer golpe, el equipo se encontró en el segundo partido. Las dudas empezaron a resolverse y apareció la figura de Enzo Fernández, de Julián Álvarez y del mejor de todos en todo su esplendor: Lionel Andrés Messi. El punto de inflexión estuvo en el tercer juego, contra Polonia, cuando Argentina volvió a jugar el fútbol que la hizo campeona de América. Cuando Nicolás Otamendi fue de nuevo bastión, cuando Rodrigo De Paul volvió a ser el corazón del equipo. Ahí revivió el cuadro sudamericano.
Argentina se reinventó y su recuperación la llevó hasta las semifinales, tal vez su mejor partido, contra una Croacia que pareció dominarla durante los primeros minutos, pero que la inquietó poco. Una variable repetida durante toda la copa, porque cuando el equipo de Lionel Scaloni quiere atacar hace daño, pero cuando debe defenderse, aunque sufre, es una máquina fiable, que resiste embates y la dañan poco.
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Contra los croatas fue un guion parecido, una partitura ya aprendida. Argentina estaba lista para sufrir, pero en una puñalada de Messi, en un invento del 10, el encargado de abrir el marcador de penalti, podía encontrar oro. Y así fue. Primero con la pulga y después con Julián Álvarez, que repitió tanto después de un chispazo del mago, que bailó en la banda y paseó a Joško Gvardiol, uno de los mejores centrales de todo el Mundial, una nueva víctima del mejor del mundo, que quiere ser el mejor de todos los tiempos y que pintó una jugada icónica para la historia de los Mundiales.
Argentina nunca perdió una semifinal. ¡Jerarquía! Ni en 1930, 1978, 1986 o 2014. Ni siquiera en 1978, cuando las semifinales fueron un triangular. Y 2022 no rompió el registro perfecto. Ahora, la banda de Messi esperará rival para el domingo: ¿Francia o Marruecos?
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Argentina ya cumplió con las expectativas de su favoritismo. El que se puso en duda después de ese nombrado partido con Arabia, pero que ratificó juego a juego. Contra Países Bajos, el encuentro que más sufrió hasta ahora, apareció incluso la figura de Emiliano Martínez, el Dibu, el que apareció en los penaltis en el momento de mayor angustia.
Pero, tras el temporal, el susto del sueño truncado, Argentina pasó a los neerlandeses y se descomprimió y a la final llegó mucho más tranquilo.
No habría que dejar de hablar de Lionel Scaloni. El creador de la máquina argentina, el entrenador que asumió el puesto cuando el cargo en las manos quemaba. A él, tan impasible ante cualquier circunstancia, se le desataron las lágrimas tras vencer a Croacia, también se descomprimió. El alivio del sueño que no se abandona, que no se pierde. El que también se vio en la sonrisa de Lionel Messi, ese sueño del pibe, el que está a solo un paso de cumplirse.
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