La primera vez que vi jugar a Messi fue después de su fracaso en el Mundial de Sudáfrica 2010 -corría septiembre de ese año- durante un juego amistoso entre Argentina y el campeón del mundo, España. En el estadio Monumental de River, en Buenos Aires, ganaron los albicelestes 4-1 y La pulga jugó como el mejor del mundo. Más allá de su técnica, fue la confirmación de que el cerebro es un músculo vital del futbolista. Desde el primer minuto era el jugador más concentrado de la aplicada selección Argentina. Querían devorarse a su rival y sacarse la espinita… En cambio la corte española no salió con la actitud de la “furia roja” que acaba de imponerse en el Mundial. Los “cerebros” Iniesta y Xavi se vieron reducidos a actores de reparto. Messi por la izquierda, Messi por la derecha, Messi yendo por al balón a su propia área, Messi lanzándose al piso para defender. Un diez distinto al del Mundial. ¿Por qué no jugó con esa actitud en Sudáfrica? (Le puede interesar: La conspiración de Putin).
Carlos Carbajosa, del diario español El Mundo, me habló del estado de ánimo de un Messi jugando alegre, libre de responsabilidades, incluida la de capitán asumida por Mascherano. Messi al estilo Barcelona. Cuatro minutos después creó el espacio en el centro de la cancha; recibió, armó la pared, desbordó por la izquierda y cuando el arquero se apresuró a taparle el ángulo lo bañó con una “goterita”. ¡Golazo! Carbajosa preguntó y respondió: “¿Por qué para el Mundial se generó una presión extraordinaria sobre él al compararlo y obligarlo a que asumiera el mismo rol que cumplió Maradona en México 86? Maradona hubo sólo uno”. De acuerdo.
Un Messi ovacionado después de las críticas del Mundial habló de la inspiración ante España como un estado indefinible: “No pienso. Bueno, sólo pienso en que me den la pelota. Sí, es en lo único que pienso, en tenerla para poder jugar. Y cuando la tengo, juego. No invento regates ni nada. Sale como sale”. Y no le salió en Sudáfrica. Allí fue un Messi apático, insípido, sin ambición, que no se echó el equipo a la espalda. En Brasil 2014 mejoró su papel en una Copa del Mundo, ayudó a que Argentina llegara a la final, tuvo oportunidad de marcar el gol del triunfo, pero falló de nuevo, ganó Alemania y a él le faltó un esfuerzo más. Lo eligieron el mejor jugador del torneo, aunque quienes estuvimos allí coincidimos en que quien merecía el trofeo, que el argentino recibió con pena, fue el holandés Arjen Robben.
Ahora en Rusia 2018 tiene, tal vez, la última oportunidad. Todo dependerá de dos factores que explicaron dos grandes escritores: el mexicano Juan Villoro, autor de Dios es redondo, cree que a este nivel todo depende de la materia gris del futbolista, de su sexto sentido, y el fallecido uruguayo Eduardo Galeano, autor de El fútbol a sol y sombra, dejó dicho antes de morir: “Messi será el mejor del mundo mientras no pierda la alegría de jugar por el hecho simple de jugar”. Veremos.
(Siga los detalles del Mundial en el especial de El Espectador).