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Murieron en su ley

Piermario Morosini, italiano de 25 años, pereció durante un partido, como muchos.

15 de abril de 2012 - 04:01 p. m.
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Algunos murieron por acudir a un partido. Como cuando en 1949 el avión en el que se transportaba la plantilla del Torino de Italia se estrelló y ninguno sobrevivió. Otros se suicidaron aludiendo a las penas del deporte, como el uruguayo Abdón Porte, que en 1918 se disparó porque perdió la titularidad en su equipo, Nacional de Montevideo. Pero a otros, el fútbol les quitó la vida en plena actividad física, atacó directamente a su corazón: como al de Vicente Vásquez (1992), portero del Garuhapé argentino, que murió de un ataque cardíaco al rechazar un penalti con el pecho. Y el sábado pasado, Piermario Morosini, jugador del Livorno de la segunda división de Italia, sufrió una muerte súbita.

Hace un par de meses el caso de Fabrice Muamba —que padeció un paro cardíaco en un partido con su equipo, Bolton de Inglaterra— había alarmado al mundo del fútbol. Pero el sábado éste se enlutó con la muerte de Morosini, de 25 años. Corría el minuto 31 cuando al centrocampista le empezaron a flaquear las piernas. Se le vio dar unos pasos tambaleantes antes de desplomarse sobre el césped del Adriático, el estadio del Pescara. Los jugadores y los aficionados, desolados y sin poder contener las lágrimas, presagiaron lo peor. Se unió a una larga lista de futbolistas que han perecido en un partido.

En abril de 1927 el belga Albert Van Coile, del Brujas, chocó contra el arquero rival y no resistió. Un mes después, el chileno David Arellano también murió por la misma causa, cuando jugaba un partido con su equipo Colo-Colo. En 1964, un balón impactó con fuerza en la cabeza del salvadoreño Óscar Quiteño, quien horas después murió en el hotel. En 1973, al español Pedro Berruezo lo aquejó un dolor durante un partido de su equipo Sevilla, se desplomó sin reacción y cedió ante el paro.

Malas pasadas del corazón

Muchos se han desplomado sobre el terreno por causas similares: Giuliano Taccola, italiano de la Roma, en 1969; Pavao, portugués del Porto, en 1973; Renato Curi, italiano del Perugia, en 1977; Omar Sahnoun, argeliano del Burdeos francés, en 1980; el nigeriano Samuel Okwaraji, en 1989; el inglés David Longhurst, en 1990; el alemán Axel Jüptner, en 1998; el rumano Catalin Hildan, en 2000; el nigeriano Charles Ocheaga Esheku, en 2001; el brasileño Serginho, en 2004; el egipcio Mohamed Abdelwahab, en 2006. Y unos cuantos más.

Las muertes súbitas más representativas en el último tiempo fueron las del camerunés Marc Vivien Foe y los españoles Antonio Costa y Daniel Jarque.

El 26 de junio de 2003 Foe se desplomó en la mitad de la cancha, durante las semifinales de la Copa Confederaciones entre su selección y la de Colombia. Iván Ramiro Córdoba fue el primero en percatarse. Un infarto lo fulminó, sin tiempo de nada.

Cuando Puerta se desvaneció en un juego (en agosto de 2007) de su equipo Sevilla contra Getafe, su cara quedó contra el pasto. Un compañero suyo, desesperado, trató de revivirlo antes de que lo llevaran al hospital, donde moriría dos días después.

Y aunque no fue en una cancha de fútbol, el caso de Jarque también conmovió al mundo: le dio un infarto mientras hablaba por teléfono desde la habitación de su hotel durante una concentración de su equipo Espanyol en la localidad italiana de Coverziano.

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Y así no fuera por una causa cardíaca, el fallecimiento del húngaro Milos Fehér por una tromboembolia pulmonar en un juego de su club Benfica (enero de 2005) embargó de tristeza al mundo. El club portugués decidió retirar la camiseta número 29, en homenaje a él.

La muerte el sábado del volante italiano, hincha ferviente del Barcelona y de Lionel Messi, no sólo generó una oleada de sentidos minutos de silencio en los estadios de Europa. También ocasionó que se cancelaran los partidos de todas las ligas en Italia, incluyendo el Calcio.

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Nada se pudo hacer por el futbolista, que fue internacional con todas las selecciones juveniles de Italia y que llegó cedido al Livorno este año, procedente del Udinese. Es la despedida a un hombre que no tuvo una vida fácil, pues ya era huérfano a los 17 años y tiempo después murió su hermano.

Ahora es él quien dice adiós antes de tiempo, porque su corazón paró cuando no tocaba.

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