La eliminación de Colombia dejó muchas preguntas abiertas, pero pocas tan sugerentes como la que ya había aparecido en la boca de Lionel Scaloni durante el Mundial, mucho antes de la fatídica derrota contra Suiza. Lo dijo mientras analizaba las dificultades recientes de potencias históricas como Italia, Alemania o Brasil. El entrenador argentino fue mucho más allá de un problema táctico o generacional.
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“Cada país tiene su cultura, su manera de entender el fútbol que la ha llevado al éxito, y hay que respetarla. Cuando empiezan los cambios, a jugar a otra cosa que la gente no siente, que el futbolista no siente, que el pueblo no siente, creo que ahí puede empezar un poco el problema”. Su diagnóstico no apuntaba a un sistema de juego ni a una moda estratégica, por supuesto. Apuntaba a un asunto más profundo: la pérdida de identidad.
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La reflexión resulta especialmente poderosa porque rompe con una idea instalada desde hace años en el fútbol moderno: la de que existe un único camino correcto para competir. Scaloni plantea exactamente lo contrario. El éxito de una selección no depende únicamente de la calidad de sus jugadores ni de la sofisticación de su entrenador, sino de la coherencia entre lo que propone en la cancha y aquello que representa como cultura futbolística. Italia construyó su prestigio desde la táctica y la estrategia; Brasil, desde la creatividad; Alemania, desde la intensidad y la disciplina, y Argentina, desde la técnica y el talento. La identidad, lejos de ser un concepto romántico, termina convirtiéndose desde ese lugar en una ventaja competitiva.
No fue casualidad que aquella declaración reabriera uno de los grandes debates del Mundial. La identidad volvió a aparecer como un valor táctico. Los partidos se preparan con videos, pizarras y algoritmos, pero también con convicciones profundamente arraigadas. Ningún entrenador consigue imponer durante un mes una forma de jugar que contradiga aquello que el futbolista aprendió durante toda su vida. La estrategia no nace únicamente del laboratorio, sino también de la cultura. Es imposible evitarla. El fútbol, como pocas expresiones colectivas, sigue siendo una manera de interpretar el mundo.
Esa discusión tampoco le resulta ajena a Colombia. De hecho, apareció esta misma semana en la voz de Radamel Falcao García durante la transmisión del partido frente a Suiza. Las críticas del máximo goleador de la selección hacia la dirigencia y los problemas estructurales del fútbol colombiano acapararon los titulares. Sin embargo, hubo otra reflexión que pasó casi inadvertida y que, probablemente, resultaba más interesante. “Colombia buscó y tuvo opciones. Pero es que así somos nosotros. Nuestra forma de vivir y expresar el fútbol es como nosotros vivimos, a diferencia de Suiza, que lo veíamos frío y apagado. Es la manera en la que ellos interpretan el fútbol, frío, pero es la manera que los hace eficaces. Colombia es otra cosa y ha demostrado que con este grupo de trabajo de Néstor Lorenzo es capaz de competir e ilusionarnos, de ganarse el respeto de los rivales por la forma en la que entiende el fútbol. Tal vez habría que darle continuidad a eso”.
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Esa reflexión adquiere todavía más peso ahora que el ciclo de Néstor Lorenzo entra en una zona de incertidumbre. Colombia vuelve a enfrentarse a la vieja disyuntiva de siempre: mantener el proceso que la llevó nuevamente hasta las fases decisivas de un Mundial o empezar otra vez desde cero bajo un proyecto distinto. No es un debate nuevo. Después del ciclo de José Pékerman la Federación estuvo a la deriva. Finalmente, optó por Carlos Queiroz, un entrenador que representaba casi la antítesis de la tradición colombiana: un fútbol mucho más pragmático, defensivo, rígido y esquemático. La apuesta buscaba corregir defectos históricos, pero terminó desconectándose de muchas de las virtudes que habían llevado a Colombia a existir en el panorama de los mundiales.
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La discusión, en realidad, tiene raíces mucho más profundas. Mucho antes de que Colombia soñara con jugar de igual a igual frente a las potencias, Francisco Maturana ya había entendido que la construcción de una selección nacional era, ante todo, un ejercicio cultural. Así definió Pacho, en entrevista con El Espectador, cómo fue su ejercicio. “Nuestra construcción fue, más que futbolística, cultural. ¿Qué tiene el antioqueño? El antioqueño tiene orden. Y fuera de eso humildad para trabajar de seis a seis. Entonces tiene que defender. El costeño tiene gol y alegría. Entonces ahí tiene que estar la delantera. En el Valle uno encuentra a alguien fantasioso, creativo. Ahí están las ideas”. Más que repartir posiciones, Maturana estaba describiendo una identidad colectiva nacida de las distintas regiones del país.
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En un punto, para hacer frente a los fracasos, la respuesta más lógica pareció ser abandonar esa esencia para perseguir un modelo más cercano al europeo. Un fútbol más funcional, más preciso, más disciplinado. Un equipo que privilegiara el orden sobre la improvisación, la transición sobre la posesión, la eficacia sobre la belleza. Así llegamos a Queiroz, y no terminamos bien. Y la tentación aparece cada vez que Colombia queda eliminada de un gran torneo. Si el problema es no ganar, pareciera suficiente con copiar a quienes sí lo hacen. Sin embargo, esa conclusión suele ignorar que las selecciones más exitosas rara vez triunfan renunciando a aquello que las hizo reconocibles.
Ahí vuelve a cobrar sentido la reflexión de Scaloni. Argentina atravesó una discusión similar durante años y estuvo mucho tiempo a la deriva. Después de varios proyectos sin rumbo, la Asociación del Fútbol Argentino puso a César Luis Menotti al frente de la estructura de selecciones nacionales. La decisión iba mucho más allá de un nombramiento administrativo. Menotti, el DT campeón en 1978, representaba una idea de país futbolístico. Desde ese lugar, antes de su muerte, impulsó la llegada de Scaloni con un objetivo claro: recuperar las raíces de “La Nuestra”, esa corriente histórica que entiende el fútbol argentino desde otro lado; desde el talento, la técnica y la creatividad antes que desde la simple especulación del resultado.
Muchas veces se caricaturiza el fútbol argentino como una mezcla de garra, intensidad y carácter competitivo. Todo eso existe. Pero reducirlo únicamente a esa dimensión significa desconocer buena parte de su historia. Argentina también es el país de los enganches, del pase corto, del potrero y de los grandes número 10. Es la tierra de la Máquina de River Plate y de Adolfo Pedernera, uno de los grandes revolucionarios del juego y, además, entrenador de la primera selección colombiana que disputó un Mundial, en Chile 1962. Las raíces futbolísticas de ambos países llevan décadas dialogando entre sí.
No sorprende, entonces, que la Argentina campeona del mundo haya recuperado precisamente esos rasgos. Fue un equipo capaz de controlar la pelota, de construir sociedades cortas y de llenar el mediocampo de futbolistas técnicamente privilegiados. El símbolo máximo siguió siendo Lionel Messi, probablemente el último gran enganche clásico del fútbol contemporáneo. Incluso cuando el torneo exigía intensidad física y presión constante, Argentina nunca renunció a que el balón pasara por sus mejores jugadores. No ganó pese a su identidad; ganó reafirmándola.
El espejo brasileño ofrece el contraste más duro. Durante décadas, Brasil fue sinónimo del “jogo bonito”, de la creatividad espontánea y de una relación casi artística con la pelota. En los últimos años, sin embargo, ha intentado acercarse a modelos mucho más estandarizados, obsesionados con la ocupación racional de los espacios y los automatismos tácticos. El resultado ha sido una selección competitiva, sí, pero cada vez menos reconocible. Precisamente hacia allí apuntaba Scaloni cuando hablaba de la importancia de respetar la cultura futbolística de cada país. Sin un norte compartido, incluso las mayores potencias terminan perdiendo el rumbo.
La misma pregunta puede hacerse sobre Alemania. ¿Cómo explicar que uno de los países más exitosos del último siglo haya enlazado tantos fracasos consecutivos? La respuesta seguramente no es única, pero sí existe un elemento simbólico. Alemania dejó de transmitir esa sensación de potencia física, velocidad, agresividad e intensidad que durante décadas intimidó al resto del mundo. Después del Mundial, buena parte del debate se concentró, además, en la ausencia de un gran nueve, heredero de figuras como Gerd Müller o Miroslav Klose. Más allá del nombre propio, lo que realmente se echaba de menos era una identidad reconocible.
Italia ofrece un caso todavía más sugerente porque coincide exactamente con el análisis de Scaloni. Durante generaciones convirtió la táctica en un patrimonio cultural. No era únicamente una manera de defender, sino una forma de comprender el juego. El problema apareció cuando intentó parecerse a otros modelos sin terminar de abandonar el suyo. Perdió parte de la solidez que la distinguía, pero tampoco encontró una nueva identidad capaz de reemplazarla. El resultado fue un largo período de confusión que la dejó fuera de los mundiales y que volvió a poner sobre la mesa la necesidad de reencontrarse con aquello que históricamente había hecho mejor que nadie.
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Todo ese debate termina proyectándose inevitablemente sobre Colombia. Sería ingenuo pensar que la identidad resuelve por sí sola los problemas del fútbol colombiano. Existen asuntos estructurales imposibles de ignorar: una liga con dificultades para formar talento, procesos juveniles irregulares, una producción ofensiva insuficiente y una evidente falta de gol frente a las grandes potencias. Son problemas concretos, medibles y urgentes. La discusión sobre la identidad no pretende reemplazarlos, sino ofrecer un marco desde el cual corregirlos sin perder el rumbo.
Este Mundial no resolvió ningún asunto de manera definitiva. Todo lo contrario, volvió a demostrar que sigue siendo la cuestión más importante para el futuro de la selección. Néstor Lorenzo habló durante todo su proceso de construir un equipo con el que el país pudiera sentirse representado. Lo consiguió por momentos. Colombia volvió a competir, volvió a ilusionar y volvió a ganarse el respeto de sus rivales. Pero, sobre todo, dejó abierta una discusión mucho más valiosa que la de un resultado puntual. Antes de decidir quién debe dirigir el próximo proceso, el fútbol colombiano necesita responder quién quiere ser. Porque solo cuando esa respuesta exista será posible saber, de verdad, hacia dónde vale la pena caminar.
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