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Colombia, eliminada del Mundial Sub-17: conclusiones de un proceso que comienza

La selección prejuvenil llegó a la Copa del Mundo con altas expectativas. Sin embargo, el camino terminó más pronto de lo esperado.

14 de noviembre de 2025 - 01:15 p. m.
Selección de Colombia en el Mundial Sub-17 de Catar 2025.
Foto: FCF
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Colombia terminó su participación en el Mundial Sub-17 con un sabor agridulce. Llegaba a Catar con expectativas altas, no solo por ser el subcampeón sudamericano, sino porque durante el proceso clasificatorio había mostrado una idea clara, sociedades prometedoras y momentos de fútbol que invitaban al optimismo. Era un equipo trabajado, con talentos visibles, con jugadores que en varios tramos del año hicieron pensar que esta selección podía competir con cualquiera. Sin embargo, en la Copa del Mundo nada de eso terminó por consolidarse. No es lo más importante en estas categorías, en las que lo fundamental es la continuidad, la proyección y la formación de futbolistas, pero al hacer un balance del juego, el equipo quedó en deuda. Le faltó fluidez, le faltó pausa y, sobre todo, le faltó gol: un problema que acompañó a Colombia desde la primera fase hasta su despedida en los 16avos de final.

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El torneo comenzó con un empate valioso ante Alemania, quizá el mejor partido de la selección en este Mundial. Ese día, el equipo salió con personalidad, presionó alto, encontró líneas de pase y sostuvo cada tramo difícil con temple. El empate llegó desde la rebeldía, desde esa sensación de que Colombia podía más, incluso contra uno de los gigantes del continente europeo. Ese punto alimentó la ilusión. Pero lo que vino después fue una muestra clara de las dificultades ofensivas que arrastró el equipo. Contra El Salvador, un rival ordenado pero más limitado en recursos, la selección no encontró la llave. Tuvo la pelota, generó algunas aproximaciones aisladas, pero nunca logró acelerar en los metros finales. Fue un partido que pedía liderazgo, un gesto técnico decisivo o una aparición de talento que desequilibrara. Eso no apareció.

Colombia y El Salvador, en la segunda fecha del Mundial Sub-17.
Foto: Conmebol

La victoria frente a Corea del Norte fue un alivio más que una confirmación. El triunfo devolvió algo de tranquilidad, aseguró el paso a la siguiente ronda y permitió, por momentos, reencontrar sensaciones perdidas. Colombia fue más, pero tampoco logró transformar la superioridad en un resultado holgado. Otra vez las opciones desperdiciadas aparecieron como un fantasma repetido: centros que no encontraban destinatario, remates desviados, decisiones tardías o apresuradas. Son síntomas comunes en el fútbol formativo, pero que, sumados a la exigencia de un Mundial, condicionan el desarrollo de cualquier equipo.

Francia fue un punto de quiebre, una prueba definitiva para competir de tú a tú con una selección de máxima jerarquía. Colombia cayó 2-0 y quedó eliminada en los 16avos de final, pero el marcador no refleja el esfuerzo ni los matices del partido. Los franceses marcaron temprano, aprovechando un error en salida que los dejó con ventaja antes de que el equipo terminara de asentarse. Ese golpe obligó a la selección a remar desde atrás, a arriesgar más y a adelantar líneas desde muy temprano. Lo hizo con valentía. En la segunda mitad, Colombia jugó en campo contrario, recuperó alto, encontró espacios y sometió durante varios tramos a Francia. Fue, quizá, el mejor momento ofensivo de la selección en todo el campeonato.

Las opciones más claras del partido fueron colombianas. Un mano a mano de Flórez que se estrelló en el palo, una definición de Angulo que se fue por centímetros y un cabezazo en el área chica que terminó en manos del arquero. El empate era posible, incluso merecido. Pero el fútbol no se juega sobre méritos, sino sobre goles, y ahí estuvo la diferencia. Francia resistió, esperó y, cuando Colombia estaba jugada en ataque, anotó el segundo. Fue un cierre incómodo porque el equipo no mereció irse así, pero también fue consecuente con lo que mostró el torneo: mucha intención, movilidad, sacrificio, pero poca efectividad en el área rival.

Más allá del resultado inmediato, que siempre genera frustración en la hinchada, la reflexión debe ir más allá. En estas categorías, el objetivo no es ganar a toda costa, sino construir. Es formar jugadores capaces de llegar a la Sub-20, luego a la Sub-23 y, con el tiempo, a la Selección de mayores. Ese es el camino que suele determinar el éxito de un proceso. Por eso, más que lamentar la eliminación, lo que verdaderamente debe preocupar es que el grueso de esta generación tenga continuidad. Ya hay nombres que se proyectan como la cara visible del equipo: Santiago Londoño y Cristian Orozco, por ejemplo, dos jugadores con condiciones para dar el salto al fútbol europeo, dos talentos que ya están siendo vistos por ojeadores y que podrían consolidar una carrera de largo aliento si toman las decisiones correctas.

El aprendizaje para Colombia está en no repetir los errores recientes. Con la generación pasada, varios jugadores que brillaron a los 17 no llegaron con fortaleza a la Sub-20. La transición se perdió: faltó seguimiento, faltaron minutos, faltó un acompañamiento integral para sostener a esos talentos. Si algo dejó en evidencia este Mundial es que la formación no es lineal y que las promesas necesitan procesos estables. Esta Selección tiene jugadores interesantes, con lectura de juego, personalidad y técnica, pero requieren continuidad, roce internacional y una liga que los acoja sin quemarlos prematuramente.

Termina el Mundial Sub-17 y queda la sensación de que Colombia pudo llegar más lejos, pero también la certeza de que el resultado, al final, es secundario. Lo importante viene ahora: que este grupo tenga espacio para crecer, que la Sub-20 sea su destino natural dentro de dos años y que el país futbolero entienda que, por encima del marcador en Catar, lo esencial es el desarrollo de una generación que puede dar frutos si se la acompaña con seriedad, visión y tiempo. Porque al final, en el fútbol juvenil, lo que se siembra hoy es lo que se recoge en el futuro.

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