La lista volvió a encender el debate. Como siempre que aparece una convocatoria de la selección de Colombia, el país se divide entre quienes confían en el proceso y quienes cuestionan decisiones puntuales. Sin embargo, esta vez hay un matiz distinto: no es una lista más. Es, en esencia, la antesala de la decisión final. Lo que ocurra en los amistosos contra Croacia y Francia marcará el pulso definitivo antes de que Néstor Lorenzo entregue la convocatoria que irá a la Copa del Mundo.
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El contexto lo cambia todo. El Mundial ya no es una idea lejana, es una realidad inmediata. Junio aparece en el horizonte como una fecha límite y el margen de error se reduce al mínimo. En ese escenario, la convocatoria de marzo no solo selecciona jugadores: define jerarquías, confirma liderazgos y, sobre todo, cierra puertas. Porque después de estos partidos, la única prueba será ante Costa Rica, en Bogotá, en una despedida que será más simbólica que competitiva. Para entonces, la lista ya debería estar prácticamente definida.
Si algo ha caracterizado el ciclo de Lorenzo es su fidelidad al proceso. No es un técnico de volantazos ni de decisiones impulsivas. Construyó una base desde su llegada y, salvo situaciones extremas, se ha mantenido firme. Por eso, muchas de las críticas que hoy surgen parecen chocar contra una realidad difícil de modificar: los nombres que están, en su mayoría, ya tienen un lugar ganado.
El caso de David Ospina es el mejor ejemplo. Cuestionado por su presente en Atlético Nacional, señalado por errores recientes y por un nivel irregular, el arquero antioqueño sigue siendo un fijo. Y no necesariamente por lo que muestra cada fin de semana, sino por lo que representa. Es el líder del vestuario, una voz autorizada, un referente que ha acompañado todo el proceso. En ese contexto, su presencia trasciende lo deportivo. Junto a él, Camilo Vargas y Álvaro Montero completan una terna que parece inamovible. Por fuera, nombres como Deivis Vásquez o Kevin Mier deberán esperar, más allá de sus méritos individuales.
En defensa, la ausencia que más ruido generó fue la de Yerry Mina. Habitual en las convocatorias, protagonista en torneos importantes, pero también marcado por una constante: las lesiones. Su no inclusión abre una pregunta inevitable: ¿es una decisión coyuntural o el inicio de un relevo definitivo?
Mina ha sido importante para Lorenzo, pero su irregularidad física empieza a pesar en un momento en el que la fiabilidad es clave. Mientras tanto, la base defensiva parece sólida. Algunos reclaman la ausencia de Álvaro Ángulo, pero, una vez más, el criterio del proceso se impone sobre el momento puntual.
El mediocampo es, quizá, la zona donde menos dudas hay. Lorenzo ha construido ahí su columna vertebral. Jefferson Lerma, Richard Ríos, Jhon Arias y James Rodríguez representan equilibrio, dinámica, creatividad y jerarquía. Son, en muchos sentidos, el corazón del equipo.
Sin embargo, incluso en ese sector hay cuestionamientos. El principal recae sobre Kevin Castaño, cuyo presente en River Plate ha sido irregular. Su inclusión responde más a la confianza del técnico que a su actualidad. En contraste, la ausencia de Juan Camilo Portilla —quien venía siendo convocado— y la de Yáser Asprilla, afectado por un bajón en su nivel, reflejan que el margen para sostenerse en la lista no es infinito.
En ataque, el foco de la polémica tiene nombre propio: Rafael Santos Borré. Es, probablemente, el jugador más discutido por la afición. Su rendimiento no convence a muchos y su presencia genera resistencia.
En la otra orilla aparece Juan Camilo Hernández, el “Cucho”, pedido por un sector importante de la hinchada. Sin embargo, Lorenzo ha sido consistente: su delantero es Borré. Lo ha sostenido a lo largo del proceso y todo indica que no cambiará ahora. En ese contexto, la discusión parece más emocional que estructural.
A su alrededor, el panorama es más estable. Luis Díaz es el faro indiscutible, el jugador que define el techo competitivo del equipo. Su presente, su impacto y su jerarquía lo convierten en la pieza central del ataque. Lo acompañan nombres como Jhon Córdoba, Johan Carbonero y Carlos Andrés Gómez, que, sin generar mayor controversia, aportan variantes y profundidad. No son discutidos porque, en el fondo, no alteran la estructura principal.
Así, la convocatoria de marzo funciona como un espejo del proceso de Lorenzo: continuidad por encima de coyuntura, confianza por encima de presión externa. Las críticas existen y son legítimas, pero chocan contra una idea clara de equipo. El técnico no está probando; está afinando. No está explorando; está confirmando.
Los partidos ante Croacia y Francia serán, entonces, mucho más que amistosos. Serán el último filtro real. No solo para los jugadores que buscan un lugar, sino para el propio modelo de juego. Ahí se medirá la capacidad de competir contra rivales de élite, la solidez de la estructura y la respuesta de los nombres más cuestionados.
Porque, al final, la discusión no es solo quién debe ir o quién debe quedarse. Es si este grupo, con sus virtudes y sus dudas, está listo para competir en el escenario más exigente. Lorenzo parece tener la respuesta. La hinchada, en cambio, sigue buscando certezas.
Y marzo, como pocas veces, puede empezar a dárselas.
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