El último en salir del vestuario del Hard Rock Stadium fue Dávinson Sánchez. Toda la prensa estaba en la zona mixta. Minutos antes había sido el mejor jugador de Colombia frente a Portugal y también el autor del único gol de la noche, ese que terminó invalidado por la punta de su pie. Cuando apareció por el corredor, quiso acercarse. Levantó la mano, hizo un gesto de disculpa y señaló al jefe de prensa de la selección, que prácticamente se lo llevó corriendo. No podía detenerse. Todos querían escucharlo, no solo por aquella jugada, sino porque el central atraviesa uno de los mejores momentos de su carrera. Alguna vez recordó que los ocho mil pesos que necesitaba para ir a los entrenamientos cuando era solo un niño parecían una fortuna para su familia cuando apenas empezaba a jugar. Hoy, en el escenario más grande del fútbol, es uno de los líderes de una selección que sueña en grande. ¡Cómo nos cambia la vida!
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Su presente no es producto de la casualidad. Frente a Portugal ofreció una exhibición de lectura defensiva. Midió cada cierre, ganó los duelos aéreos, corrigió a tiempo y, cuando Colombia recuperó la pelota, fue el primer pase limpio para iniciar la construcción desde atrás. Esa seguridad ha terminado por convertirse en una garantía para Néstor Lorenzo. Junto a Jhon Lucumí conformó una pareja de centrales que mezcla agresividad para defender con serenidad para salir jugando. Después de varios años de altibajos, Dávinson volvió a ser ese defensor dominante que Europa conoció cuando irrumpió en el Ajax.
“Es importante saber lo que estamos haciendo y la responsabilidad siempre es grandísima. Somos una selección que viene a competir, que no piensa en la primera ronda y ya. Todavía no hay nada que celebrar. Vamos por más”.
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Ese discurso también explica por qué es uno de los futbolistas que más suele asumir la vocería del grupo. Aunque aquella noche no pudo hablar, en las zonas mixtas anteriores respondió cada pregunta con paciencia y claridad. Entiende que el contacto con la prensa también hace parte del liderazgo y que el mensaje debe ser el mismo dentro y fuera del camerino. Nunca se deja llevar por la euforia. En Rusia 2018 todavía era un defensor joven, pese a que ya había ganado una Copa Libertadores, había sido figura del Ajax y disputaba la Premier League. Esta Copa del Mundo lo encuentra distinto. Más maduro, más pausado y consciente de lo difícil que fue volver a este escenario después de la ausencia de Colombia en Catar 2022.
Su historia ayuda a entender esa serenidad. Nació en Caloto, Cauca, y desde los seis años ingresó a las divisiones menores del América de Cali. Todo dependía del esfuerzo de su familia. A los once años ya viajaba solo para entrenar. Su abuela le tenía listo el almuerzo, regresaba de noche y mientras otros niños jugaban, él pasaba horas persiguiendo una pelota. Su hermana incluso guardaba el dinero de los descansos del colegio para ayudarle con los pasajes. Luego llegó el golpe más duro. A los trece años sufrió una fractura de tibia y peroné que lo dejó ocho meses fuera de las canchas. Pensó en abandonar. Fue entonces cuando su madre lo frenó en seco y le recordó todo el sacrificio que la familia había hecho desde que tenía seis años. Aquella conversación terminó cambiando el rumbo de su vida.
Después llegaron Atlético Nacional, la Copa Libertadores de 2016 y el salto al Ajax, donde en apenas una temporada fue elegido el mejor jugador del equipo. Tottenham pagó una cifra récord para convertirlo en el defensor colombiano más caro de la historia y durante un par de temporadas confirmó aquella inversión, incluso disputando una final de la Liga de Campeones. Sin embargo, los cambios de entrenadores, algunos errores puntuales y la pérdida de continuidad terminaron por afectar su rendimiento. Parecía que su carrera había entrado en una pendiente descendente hasta que apareció Galatasaray. En Turquía recuperó la confianza, volvió a sentirse protagonista y esa versión renovada terminó trasladándose también a la selección colombiana.
“Los primeros juegos fueron complicados por todo lo que traen, muchos jugadores que debutaban en esa instancia, otros que venimos con más tiempo. Pocas selecciones arrancaron con la solvencia que se esperaba. No obstante, hemos revalidado lo que se hizo bien, corregido lo que nos costó y lo estamos sacando adelante”, explicó sobre el arranque de la selección en una Copa del Mundo llena de sorpresas para todos los equipos.
“Han sido juegos cerrados, donde lo táctico ha primado sobre el talento. No es casualidad que la brecha se achique y se viva con tensión. Ha sido un Mundial donde las sorpresas no han faltado. Cada competencia es más difícil que el año pasado. Siempre se va poniendo más difícil.”
En ese crecimiento también ha sido fundamental el trabajo del cuerpo técnico. Lorenzo encontró en él un líder silencioso, un futbolista que ordena desde atrás y transmite tranquilidad cuando el partido exige cabeza fría. Su experiencia europea hoy pesa tanto como su nivel futbolístico y explica por qué Colombia ha construido una de las defensas más sólidas del campeonato.
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“Ellos no tienen la chance de estar tan seguido en Copas del Mundo, pero la dinámica del Mundial ha cambiado. Las selecciones se preparan mejor y los rivales tienen más chances. Esperamos hacerlo de la mejor manera. Lo que pasó en la primera ronda hay que valorarlo y darle mérito”.
Ahora el reto cambia. Empieza la fase en la que cualquier error puede costar la eliminación y en la que los defensores suelen ganar un protagonismo especial. Dávinson lo sabe. Ya no es el muchacho que apenas descubría un Mundial, sino un jugador que aprendió a levantarse de las caídas y que entiende que las grandes selecciones también se construyen desde la paciencia. Por eso, cuando habla del siguiente rival, vuelve a poner el colectivo por encima de cualquier brillo individual.
“Primero es el equipo. Vamos a ver qué proponen ellos. Ellos tienen buenos futbolistas y lo importante es transmitirles tranquilidad desde la parte de atrás”.
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