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Néstor Lorenzo y su lugar como DT de la selección: ¿qué camino tomar para lo que viene?

El contrato del entrenador se vence este 31 de julio y todavía no hay muchas pistas del rumbo que tomará el equipo.

08 de julio de 2026 - 08:41 p. m.
Néstor Lorenzo, con Colombia, en el Mundial 2026.
Foto: EFE - AMY KONTRAS
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Con la eliminación de la selección de Colombia en los octavos de final del Mundial 2026, la pregunta inevitable no recae solamente sobre el partido contra Suiza. El foco también está puesto en el cuerpo técnico y, sobre todo, en lo que viene.

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Néstor Lorenzo termina su contrato el próximo 31 de julio y, mientras durante las últimas semanas su nombre alcanzó a sonar para otros banquillos —como el de Boca Juniors, que finalmente se decidió por Rodolfo Arruabarrena—, en Colombia todavía no existe una decisión sobre su continuidad.

La discusión es intensa y refleja la misma división que genera la figura del entrenador entre hinchas, exjugadores, analistas e, incluso, al interior de la Federación Colombiana de Fútbol. Para unos, el argentino debe continuar el proyecto que comenzó tras la ausencia en el Mundial de Catar; para otros, el ciclo ya entregó todo lo que podía dar y es momento de buscar un nuevo líder. Esa diferencia de criterios también existe en la dirigencia. En el pasado trascendieron versiones según las cuales Lorenzo estuvo cerca de salir del cargo en medio de los malos resultados posteriores a la Copa América. Entonces fue Ramón Jesurún quien sostuvo el proyecto y, hoy por hoy, sigue siendo, al parecer, el principal defensor de la continuidad del entrenador.

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Los números de Néstor Lorenzo: ¿virtud o falencia?

La discusión no es sencilla porque Colombia sí tiene margen para aspirar a un técnico de mayor cartel internacional si decide cambiar de rumbo. Hay quienes consideran que llegó el momento de hacer un esfuerzo económico para contratar un estratega de primer nivel que permita dar el salto definitivo.

Sin embargo, también existe un argumento difícil de rebatir: los números de Lorenzo. En 51 partidos dirigidos registró 31 victorias, 13 empates y apenas siete derrotas. Su rendimiento alcanzó el 69 %, con 93 goles a favor y solo 40 en contra. Son cifras que lo ubican entre los procesos más exitosos de la selección en los tiempos recientes y que, por sí solas, explicarían por qué su continuidad sigue siendo una posibilidad tan fuerte.

El problema es que el fútbol rara vez se explica únicamente desde las estadísticas. En este caso, los números sirven para defender el proceso, pero también pueden ocultar aquello que verdaderamente termina marcando la historia de una selección. Y ahí aparece el principal cuestionamiento al ciclo de Lorenzo: cuando llegó el momento de confirmar todo ese crecimiento, Colombia se quedó corta. Las dos grandes oportunidades para transformar el buen rendimiento en un logro histórico terminaron escapándose. Primero fue la final de la Copa América frente a Argentina. Ahora llegó la eliminación del Mundial contra Suiza. En ambos casos, la sensación fue la misma: el equipo compitió, estuvo cerca, pero no encontró ese punto de jerarquía que diferencia a los buenos equipos de los campeones.

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Es cierto que durante estos cuatro años Colombia alcanzó momentos de fútbol muy altos. Derrotó a Alemania y España en amistosos de prestigio. Superó a Brasil y a Argentina durante las Eliminatorias. Construyó una larga racha de partidos sin perder que alimentó la ilusión de todo un país. Pero ninguno de esos triunfos llegó en una instancia definitiva. Fueron victorias importantes, incluso necesarias para recuperar la confianza, pero no terminaron traduciéndose en aquello que realmente necesita el fútbol colombiano: títulos o actuaciones históricas en las grandes competencias.

A ello se suma otro aspecto que alimenta el debate. El rendimiento del equipo nunca fue completamente estable. Si bien el largo invicto convirtió a Colombia en una de las selecciones más respetadas del continente, el panorama cambió radicalmente después de perder la final de la Copa América. El equipo entró en una dinámica de dudas, perdió confianza y durante varios meses dio la impresión de haber extraviado el camino. Hubo un momento en el que incluso la clasificación al Mundial pareció complicarse más de la cuenta.

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La incertidumbre fue tan grande que Colombia llegó a la Copa del Mundo con expectativas mucho más moderadas de las que existían un año antes. Los amistosos contra Croacia y Francia, en los que la selección dejó una imagen muy preocupante, terminaron por enfriar la ilusión de buena parte del país.

El partido de Colombia contra Francia antes del Mundial.
Foto: AFP - FRANCK FIFE

Sin embargo, el Mundial mostró nuevamente las dos caras del proceso. Colombia volvió a levantar el nivel cuando empezó la competencia. Los primeros cuatro partidos devolvieron la ilusión y confirmaron que el equipo seguía siendo competitivo. Especialmente valiosa fue la actuación frente a Portugal, una selección de enorme jerarquía a la que Colombia logró competir de igual a igual.

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Parecía el regreso de la mejor versión del ciclo de Lorenzo. Pero el desenlace terminó siendo demasiado conocido. Frente a Suiza, la selección tuvo un rendimiento aceptable e incluso superior al de su rival durante varios pasajes del encuentro. Generó más, propuso más y estuvo cerca de resolver la serie. No obstante, volvió a faltar ese golpe definitivo para romper el techo histórico del fútbol colombiano. Otra vez los penales marcaron el límite.

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La relación con los jugadores, la principal virtud de la era Lorenzo

Aun así, sería injusto reducir el proceso únicamente a esa frustración. Lorenzo encontró una base de jugadores que hoy constituye el presente y buena parte del futuro de la selección.

Bajo su dirección, Luis Díaz alcanzó probablemente el mejor nivel de su carrera con la camiseta nacional, aunque su Mundial haya quedado por debajo de las expectativas. Jhon Arias terminó de consolidarse como uno de los futbolistas más determinantes del equipo. Richard Ríos dio el salto definitivo. Gustavo Puerta apareció como una apuesta seria para el recambio generacional. Daniel Muñoz se convirtió en uno de los mejores laterales del continente, mientras que Jhon Lucumí, Dávinson Sánchez y Camilo Vargas consolidaron una defensa confiable. Incluso James Rodríguez vivió un renacimiento futbolístico durante buena parte del proceso, especialmente en la Copa América, donde volvió a parecer el líder que Colombia había perdido durante varios años.

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Precisamente allí aparece otra de las grandes discusiones alrededor del entrenador. Porque así como construyó una columna vertebral muy sólida, nunca encontró suficientes alternativas para sostener el nivel cuando las piezas principales dejaron de responder.

El proceso de Lorenzo estuvo marcado por una enorme confianza en un grupo reducido de jugadores. Esa apuesta funcionó mientras todos atravesaron un buen momento. Pero cuando el rendimiento individual empezó a caer, especialmente el de James Rodríguez después de la Copa América, Colombia nunca encontró respuestas desde el banco.

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Las variantes tuvieron poco rodaje durante el ciclo y, cuando llegó el momento de utilizarlas en escenarios decisivos, no lograron cambiar el rumbo de los partidos. Esa falta de profundidad terminó siendo una de las principales debilidades del proyecto.

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James Rodríguez, contra Suiza, en el que pudo ser su último partido en un Mundial.
Foto: EFE - BOB FRID

¿Qué viene, se va o se queda el entrenador?

Con todo, Lorenzo también consiguió algo que no aparecía desde hacía mucho tiempo. Colombia volvió a sentirse una selección competitiva. El grupo creyó en una idea, recuperó la confianza y volvió a ilusionar al país. Probablemente desde Brasil 2014 no existía una conexión tan fuerte entre el equipo y la afición. El entrenador siempre defendió la intención de construir una selección fiel a la forma de jugar del futbolista colombiano y, por momentos, esa búsqueda produjo algunos de los mejores partidos del ciclo. Ese aspecto representa uno de los principales activos del proyecto y explica por qué muchos consideran que todavía existe margen para seguir creciendo.

La decisión, entonces, no puede reducirse únicamente al resultado de un Mundial. Si Lorenzo continúa, tendrá que asumir que el siguiente paso pasa por renovar la plantilla, ampliar el abanico de soluciones tácticas y preparar el relevo de varios jugadores que parecen acercarse al final de su ciclo con la selección.

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Si la Federación opta por un nuevo entrenador, el desafío tampoco será menor. No bastará con traer un nombre de prestigio. Será necesario encontrar un técnico capaz de potenciar todo lo bueno que dejó este proceso, conservar la competitividad recuperada y, al mismo tiempo, corregir aquellas limitaciones que impidieron a Colombia cruzar la última frontera. Porque el debate no consiste únicamente en decidir quién se sienta en el banquillo. La verdadera pregunta es quién podrá convertir una selección que volvió a competir en una selección capaz de ganar cuando más importa.

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Foto: El Espectador

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