“El fútbol es un deporte en el que juegan 11 contra 11 y casi siempre gana Alemania”. Esa premisa tiene hoy más vigencia que nunca. En una final más pareja y disputada de lo esperado, la selección alemana venció 1-0 a la de Argentina y conquistó el título del Mundial de Fútbol de Brasil 2014, el cuarto de su historia, tras los que consiguió en 1954, 1974 y 1990.
Ganó con justicia, pero no con facilidad, ante un rival digno, que aunque parecía inferior, le jugó de tú a tú. Argentina murió con las botas puestas y vendió carísima su derrota. Perdió el título, pero recuperó el respeto y el protagonismo que había perdido, pues no llegaba siquiera a semifinales desde Italia 1990, cuando precisamente perdió 1-0 ante Alemania, que ahí tomó revancha de la derrota 3-2 en la final de México 1986, cuando los albicelestes lograron su segundo Mundial.
Favorita desde antes del inicio del torneo, Alemania respondió con un fútbol que combina su tradicional orden, disciplina táctica y preparación física, con algo de fantasía y toque-toque. Cerró por fin con broche de oro un proceso que arrancó en Corea-Japón 2002 y que lo llevó a cuatro semifinales consecutivas. Consolidó una generación de jugadores maravillosos, liderados por el arquero Manuel Neuer, el defensa Mats Hummels, los volantes Bastian Schweinsteiger y Tony Kroos, además de los delanteros Thomas Müller y Miroslav Klose, uno el futuro y el otro el pasado, porque se va como máximo anotador en la historia de los mundiales, con 16 goles.
Por eso, cuando el polivalente capitán Philipp Lahm levantó la Copa, el mundo del fútbol sonrió satisfecho. Ese fue el premio a la planificación y el trabajo serio de un país que piensa en grande y por eso ha creado una infraestructura que le permita estar siempre entre los mejores. Porque además, ha aprendido de sus derrotas, las más dolorosas las de las finales de Inglaterra 1966, España 1982, México 1986, Corea-Japón 2002 y las semifinales de Alemania 2006 y Sudáfrica 2010.
El tercer lugar del torneo fue para Holanda y el cuarto, con sabor amargo, para el alicaído Brasil. Colombia, de la mano de José Pékerman, terminó en la histórica quinta casilla, que será muy difícil de superar. Nuestra selección volvió a un Mundial después de 16 años, pero lo hizo pisando fuerte, siendo protagonista. Al punto que James Rodríguez terminó como goleador y fue uno de los mejores jugadores. Y ni qué decir de la afición tricolor, que alegró y engalanó todos los estadios por los que pasó.
La final fue verdaderamente entretenida. Argentina tomó precauciones, pero salió a jugarle mano a mano al favorito Alemania, que sin tantos espacios no se vio tan solvente como ante Brasil. Los albicelestes pusieron en aprietos a los teutones y por momentos los hicieron ver mal. El partido ratificó que el de Brasil fue un Mundial ofensivo, en el que los equipos no especularon y salieron a dar espectáculo, lo que explica las 171 anotaciones en los 64 encuentros, para un promedio de 2,6 tantos por juego.
Asustó primero el equipo de Alejandro Sabella, con tres llegadas de Gonzalo Higuaín, una de ellas en la que un rechazo equivocado de Tony Kroos le quedó al número 9, quien solito frente al arquero Manuel Neuer, la tiró a un costado. Lionel Messi, elegido el mejor jugador del torneo, también estuvo cerca en una acción individual. Alemania, tal vez sorprendida por el planteamiento del rival, reaccionó al final, cuando Andre Schürrle y Benedikt Hoewedes por poco anotan.
Apenas comenzó el complemento, Messi tuvo el gol, pero su remate salió levemente desviado. Después ambos seleccionados fueron más cautelosos y se repartieron el dominio de la pelota. Se acercaron, pero sin verdadero peligro. Y a medida que pasaba el tiempo, tomaban mayores recaudos. Hicieron las sustituciones pensando en el alargue. Los albicelestes ya habían jugado dos en el torneo, ante Suiza y Holanda, y los germanos uno solo, contra Argelia.
En el tiempo extra la tuvo Schürrle muy temprano, pero Romero tapó. También Rodrigo Palacios, que bajó un balón en el área pero definió mal. Y cuando parecía que se iban a la definición por penaltis, llegó el gol alemán. Schürrle llegó al fondo y tiró un centro al primer palo, en donde Mario Götze, la nueva joya del balompié germano, pero de discreto mundial, bajó el balón con el pecho y sin dejarla caer remató cruzado.
Argentina, liquidado físicamente, trató de reaccionar, pero no tuvo cómo. Su mejor y casi que única arma en ataque, Messi, ya no tenía arrestos. Pero qué cojones tienen los argentinos, que no obstante arremetieron hasta que el árbitro italiano Nicola Rizzoli decretó el final, ante la algarabía de los 74.738 espectadores que vieron el juego. Europeos y brasileños, felices. Los primeros porque por primera vez celebran en Suramérica y los segundos porque, ante el fracaso de su selección, al menos no vieron levantar la copa en su casa a su más enconado rival.
Fue un lindo final para un gran Mundial. Un torneo que reivindicó el fútbol ofensivo, tan maltratado por los resultados de los últimos tiempos. Un Mundial inolvidable que provoca ansiedad en quienes aman el deporte y quieren que pase rápido el tiempo para que llegue Rusia 2018.