Los sueños, especialmente los de ser un futbolista profesional, no escapan de la cabeza de ningún niño o niña. Son pocas las oportunidades que tienen los jóvenes de las regiones más alejadas del país, bien sea porque no hay incentivos para desarrollar el deporte o porque la violencia y la falta de ayuda del Estado son patentes. Pero iniciativas como la Copa Claro están rompiendo barreras. En la sexta edición de este torneo, en Cali, en el que participaron 1.939 equipos y 40.900 jugadores —entre hombres y mujeres— de más de 350 municipios, las historias de superación están en cada partido. Según el director del campeonato, el mexicano Federico González, se busca dar herramientas a las nuevas generaciones para que cambien sus estilos de vida y tengan nuevas oportunidades.
“Buscamos que se den cuenta de que a través del deporte pueden cambiar su vida. Nosotros no apostamos por el deporte; eso es una confusión. Lo que hacemos es apostar por la juventud a través del deporte”, aseguró el director de la Copa Claro. El fin de semana el torneo terminó, luego de varias semanas de competencia. En la rama femenina, Valle, representado por el equipo Sarmiento Lora, salió victorioso sobre Meta. Lo goleó 6-0. En los hombres, el título fue para Risaralda. El club Academia Pereirana le ganó 1-0 a Boca Juniors de Sincelejo, conjunto que representaba a Sucre.
Todo terminó siendo alegría entre los jóvenes que llegaron a Cali desde los más recónditos lugares del país para cumplir sus sueños. Y esto, al final de cuentas, fue el trofeo más valioso de la Copa Claro. El Espectador habló con dos jóvenes que, a pesar de las dificultades, ven en el fútbol su futuro, su proyecto de vida.
* “Mi sueño: regalarle casa a mi mamá”
Pequeña en estatura, pero inmensa en talento, calidad y humildad, así es Laura Marcela Ramírez, una bogotana que salió de la capital a los siete años para buscar, junto con su familia, mejores oportunidades en Villavicencio. No fue fácil. Su madre tuvo que soportar varios años de crisis que apenas le dieron para comer. Laura siempre vio en ella un ejemplo a seguir, una oda a la perseverancia y una heroína que le abrió las puertas para que jugara al fútbol a pesar de la estigmatización. “Yo no le pedí un regalo a mi mamá, sólo le decía que me dejara jugar y me cumplió. Me consiguió mi primer equipo”, indicó la joven de 16 años.
La historia de Laura y el fútbol empezó en tercero de primaria, cuando se enfrentó a una profesora que no quiso dejarla ir a hacer pruebas para pertenecer al equipo del colegio. Con su carácter, que es representativo en el campo de juego, logró su objetivo y terminó por ser la capitana. Luego llegó la oportunidad de jugar en un club. “Si yo hacía mal un ejercicio, me quedaba analizando a mis compañeros para ver los movimientos y no caer en el error. Pocos días después logré mi primer objetivo: pasar al equipo de mayores”, aseguró.
Fue entonces que llegó su chance en 2013. Con esfuerzo jugó su primer torneo nacional juvenil en Cali cuando tenía 15 años. “Había dos cupos para cinco jugadoras. El profesor dijo que a la mañana siguiente llamaría a las tres que no irían a los nacionales. Yo no quería ver mi celular, tenía miedo. Se lo dejé a una amiga porque, si sonaba, me reventaba a llorar”, dijo entre risas. Dos goles en su debut. Un presagio de lo que quería para su futuro. Cree que las oportunidades nunca le van a faltar y que hará realidad su gran sueño: “Quiero ganarme la vida haciendo lo que me gusta: jugando al fútbol. Quiero llegar a una selección de Colombia para que se me abran las opciones de actuar en una liga importante de fútbol femenino. Mi sueño es regalarle una casa a mi mamá”.
* Nunca abandonó su sueño
Ver jugar a Johana Cuenú es la prueba reina de que jamás se debe abandonar un sueño. Fue la goleadora del torneo, con 16 goles, pero a sus 26 años sigue disfrutando como niña la posibilidad que le da la vida de gozar cada minuto dentro de una cancha de fútbol. Su historia es la antítesis de lo que le sucede a la mayoría de colombianos, que creen que la edad es un problema para cumplir sus objetivos. Cuenú salió del municipio Olaya Herrera (Nariño) desplazada por la guerrilla. En esas calles recuerda que, desde los seis años y junto a sus primos, le dio las primeras patadas a un balón.
Cuando salió de allí, hace siete años, también lo hizo en busca de mejores oportunidades. Quería estudiar y jugar al fútbol. En un principio, para sostenerse, trabajó en casas de familia. Pero la oportunidad de oro le llegó cuando ingresó a la Escuela Sarmiento Lora y empezó a demostrar la jugadora de calidad que era. En 2010 fue preseleccionada para la selección de Colombia. Luego logró su segunda meta: estudiar en la Escuela Nacional del Deporte. “La idea es no dejarse vencer y seguir adelante. Buscar lo que uno quiere. Hay que luchar para cumplir sus objetivos”, relató.
Hoy en día, esta joven no sólo sigue jugando al fútbol, sino que quiere que su historia de superación sea la de muchos niños más. Con esfuerzo y pocos recursos, sostiene un club de fútbol en un barrio marginal de Cali. Son 80 jóvenes que están en la escuela Líderes de Decepaz bajo su batuta.
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