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Un Mao en Corea

El volante de 31 años cuenta sus experiencias en el fútbol del Oriente. Su sueño: volver a la selección.

14 de enero de 2012 - 12:11 p. m.
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Su madre, Silvia de Jesús Uribe, una asesora contable y cabeza de familia, salió un día a comprarle un buzo de arquero a su hijo mayor, Mauricio Alejandro Molina, de siete años. Era negro con mangas rojas, con el número uno en la espalda y abajo del estampado, en letras blancas: “Mao”. Tal como le seguirían diciendo en el mundo del fútbol. Mao Molina se inició como arquero en la escuela Club Sajo, en su natal Bello. Pero el director le pidió que jugara de volante 10, misma posición en la que años después brillaría en Envigado y Medellín, y en otros clubes del mundo (nueve de ocho países diferentes).

Ya han pasado más de 15 años desde que debutó en el club naranja, en un partido en El Campín, y desde que recibió su primer sueldo, 200 mil pesos que entregó a su madre. Quizás como gratitud por su esfuerzo, pues doña Silvia lo sacó adelante junto con su hermano menor Juan Fernando.

Ahora, su vida es diferente en Corea del Sur, país en donde vive con su esposa Laura y sus hijos (Alejandro y María del Mar). Y también donde juega, en el FC Seúl de la K-League. Todos los días recorre en su Hyundai 18 kilómetros desde su apartamento en Seongnam hasta Seúl, junto con Joao, quien traduce a portugués (pues Mao jugó en el Santos de Brasil) las órdenes del técnico Choi Yong-Soo. Luego de entrenar a doble jornada, asiste por las noches a sus clases de inglés y por último regresa a casa a jugar Play con Alejandro.

Ya se acostumbró a esa cultura. A su llegada, en 2009, lo extrañó que él estirara la mano para saludar a los directivos del club y ninguno atendiera. Tuvo que aprender a hacerlo con venia y manos atrás, así como ver normal que un amigo del equipo lo invitara a comer perro —uno de verdad— a la BBQ. Este trotamundos de 31 años, quien quisiera terminar su carrera en el DIM, habló con El Espectador. Confesó que aún espera un llamado a la selección de Colombia —con la que se consagró campeón de la Copa América en 2001— y compartió sus experiencias en Emiratos Árabes y Serbia.

¿Le costó habituarse a las costumbres del fútbol de Corea del Sur?

Cuando llegué en 2009, yo venía de Brasil. En Suramérica, cuando se juega un partido, cada quien se levanta a la hora que quiera. Acá, así juguemos por la noche, nos levantan muy temprano a trotar y a estar activos todo el día.

¿Y el país?

Me gusta mucho esta cultura, que está basada en el respeto mutuo. Acá no hay violencia ni robos ni inseguridad. Al principio tuve un choque por la comida, porque es muy diferente. Pero me puse en la tarea de buscar sitios latinos, entonces ya podemos comer arroz suelto, aguacates, chicharrones y plátanos. Los fríjoles sí me los traigo desde Colombia a principio de año, junto con areparina, panelitas, bocadillos y arequipe. Aunque también he aprendido a comer cosas de acá, como las sopas, que son deliciosas.

¿Cómo es el tema de la religión?

Son muy católicos. No he tenido inconvenientes con eso. En Emiratos Árabes, sí. La religión musulmana es muy estricta. Una vez iba por un pasillo de un estadio y hasta allí hay tapetes para orar. No me di cuenta, pasé corriendo y me llevé eso. Me armaron tremendo escándalo.

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¿Cómo era la alimentación allá?

Por el tema del Ramadán, ellos tienen que ayunar durante un mes, de 6 a.m. a 6 p.m. En ese lapso los restaurantes todos están cerrados y yo me tenía que esconder para comer. Si a uno lo ven, lo regañan por incitarlos. Pero bueno, es muy enriquecedor trajinar por todos estos países.

También estuvo en Serbia, un país con una liga menos competitiva…

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Está a un segundo nivel en Europa, pero es muy fuerte. Se vive con mucha pasión el fútbol y la gente va masivamente a los juegos y a los entrenamientos. El clásico de mi equipo (Estrella Roja) era contra Partizán. Sólo jugué uno, que terminó 2-2 y yo fui figura. No entendía nada de lo que me cantaban, pero estaban enloquecidos.

¿Así es en Corea?

No, es muy diferente. Asisten 30 mil personas en promedio por juego. Pero el plan es familiar. Cuando termina el partido a uno le toca dar como una vuelta olímpica —junto con el club rival—, saludando a todo el estadio, que está parado aplaudiendo, independientemente del marcador. Y uno a veces con esa piedra por haber perdido…

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Muy diferente a la situación en Suramérica…

En Brasil me tocó muy duro, salir algunas veces a escondidas de la hinchada. En tanquetas de la policía. También me pasó cuando jugaba en el DIM y en Argentina.

¿Cuál ha sido la mejor experiencia?

Hay tres. La del Medellín cuando salimos campeones en 2002 y luego llegamos a semis de Libertadores. La de Santos, donde tuve un año excelente, fui goleador también de la Copa. Me eché al bolsillo una hinchada tan exigente. Y el año antepasado, que fui campeón de la Champions asiática y luego fui goleador del Mundial de Clubes, algo inédito para un colombiano.

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¿El mejor momento?

Los dos primeros juegos que tuve con Envigado. El primero en El Campín y el segundo contra Medellín, al que dejé por fuera con un gol que hice.

¿Volvería al DIM?

Por ahora no regresaría, por cuestiones de contrato y porque me acaban de comprar aquí. Pero lo haré luego, estoy seguro.

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¿Por qué esa generación que pintaba bien en un Sudamericano en Mar del Plata, hace como 10 años, no dio más frutos?

La integrábamos, entre otros, David Montoya, David Ferreira, Gustavo Victoria. Desaprovechamos las oportunidades. En ese torneo, que nos fue mal, yo llegué lesionado al evento en la rodilla. Pasé del quirófano a recuperarme allá. Fue una generación que debió hacer más.

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Siempre le ha tocado perseverar bastante durante su carrera, ¿no es así?

A casi todos los futbolistas colombianos. A los siete años veía compañeros que no tenían ni para comer cuando iban a entrenar. Mi mamá, sola, nos crió a mi hermano y a mí con muchas dificultades, de manera muy digna. Comencé a ganar dinero a tan corta edad. A los 16 años, recuerdo, me pagaron mi primer sueldo: 200 mil pesos y los destiné a mi casa. A los tres meses me subieron el sueldo, pues ya era capitán del Envigado.

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¿Se inspiró en alguien de la época?

No tuve ídolos en mi posición. Fui admirador de Ronaldo: ¡fenómeno! Me gustó después la forma de jugar de Zidane.

¿El mejor delantero para asistir?

Tuve mucha empatía y le hice muchos pases gol a Kléber Pereira. Es un delantero fantástico: arrastra defensas para tener un espacio, marca diagonales. En esa Libertadores (2008) merecimos mejor suerte. Un error arbitral definió nuestro destino.

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¿Por qué no volvió a la selección?

Hace tiempo que me hago esa misma pregunta y no encuentro respuesta. Jorge Luis Pinto les dio la oportunidad a casi 80 jugadores en su ciclo. No es posible que uno no esté en esa lista: he tenido participación destacada en el exterior, siendo goleador. No sé qué pasa por la cabeza de los dirigentes al no convocarme. Toca dedicarme aún más en mi club. Por ahora, seguiré viendo los partidos por televisión, cuando el cambio de horario lo permita.

¿La distancia y la falta de jerarquía son excusa para que no lo llamen?

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No lo son. Bielsa, uno de los más grandes del continente, hizo de Valdivia su jugador número dos. Y él jugaba en Emiratos Árabes, en una liga supuestamente menos competitiva. Cuando yo estaba en Santos fui goleador de la Libertadores y Pinto llamó casi a 80 jugadores y a mí no me dieron ni un amistoso. No es tema de lejanía.

¿Entonces?

Mi trayectoria en las selecciones sub-17 y sub-20 fue muy limpia, campeón en Copa América y participación en Copa de Oro. Quiero pensar que el tema pasa por algo futbolístico y que no confían en mi capacidad. Mi meta, entonces, es hacer los goles que más pueda para llamar la atención. Soy perseverante y no renunciaré. Espero que Pekerman, a quien no conozco, me tenga en cuenta.

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