Están emocionados por ser los anfitriones y se esfuerzan para hacer sentir a sus visitantes como en casa. Quieren mostrar una nueva faceta, la de una nación pujante, en desarrollo, a la altura de las grandes potencias económicas del planeta, pero saben de sus limitaciones y no se preocupan por ocultarlas o mostrar lo que no son.
No ha rodado el balón, pero ya quedó claro que la cita más importante del balompié volvió al Tercer Mundo, con los pros y los contras que eso significa. Bueno es que un país que ha sufrido tanto por la segregación racial y las diferencias políticas, tenga la oportunidad de unirse por una causa, así como lo hizo hace 15 años gracias al Mundial de Rugby, un suceso que sin duda le cambió la historia. Por eso hoy tanto negros, que son el 80% de la población, como blancos, tiran para el mismo lado.
Malo que, aunque los nueve estadios en los que se jugará el torneo son impresionantemente bellos y cómodos, la infraestructura general de comunicaciones y transporte no estaba preparada para la llegada, en apenas dos semanas, de casi millón y medio de visitantes. Eso se corregirá con los días, según explicaron este jueves las autoridades locales, que por complacer todos los requerimientos de los dirigentes de la Fifa, las 32 delegaciones participantes y los medios de comunicación, olvidaron a miles de aficionados que son quienes, sin ser protagonistas, le ponen sabor a la fiesta.
Aquí, por ejemplo, casi no hay taxis. Los pocos disponibles deben pedirse a una central telefónica. El medio de transporte más común es el taxi-colectivo, que tiene unas rutas que siempre terminan en el centro, así que para cualquier recorrido hay que pasar por allí. No se le paga al chofer, sino al pasajero que se ubique al lado suyo, que puede ser cualquiera y así no quiera tiene la misión de recoger la plata.
También es curioso ver la enorme y evidente diferencia entre ricos y pobres. Los primeros radicados en los barrios de Sandton y Linden, en donde están las casas grandes, casi de una manzana completa. Los demás, que son el 75%, viven en los suburbios, como Soweto, en donde queda el Soccer City, principal estadio del Mundial, en donde decenas de vendedores ambulantes hacen su agosto vendiendo productos no oficiales, algo imposible en otros eventos Fifa.
Y así será durante todo el mes. A los halagos por el tremendo ambiente de los fanáticos de los Bafana, Bafana, como llaman a la selección local, seguirán las críticas por el perjudicial ruido de las vuvuzelas, las trompetas que se escuchan todo el tiempo y en todo lugar. Será un Mundial con un sello particular, el de una país lleno de contrastes, de diferencias y una cosa en común: su deseo por darle al mundo la mejor imagen.