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Un sobreviviente con mentalidad de campeón

El escocés de 25 años venció en la final a Novak Djokovic con parciales de 7-6, 7-5 , 2-6, 3-6 y 6-2. Es su primer Grand Slam.

10 de septiembre de 2012 - 04:19 p. m.
El festejo de Murray fue mesurado, muy a su estilo. / AFP
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Cuatro armas: dos pistolas calibre 9 mm y dos revólveres Smith & Wesson, cargaba Thomas Watt Hamilton cuando mató a dieciséis niños en la escuela Dunblane en Escocia. Ese día, el 13 de marzo de 1996, los hermanos Murray, de 9 y 10 años, se escondieron debajo del escritorio del director, pues pasaban por esa oficina cuando escucharon los disparos. Al menor, Andy, el tenis le regaló fama y un eslogan de vida a raíz de eso: el niño que sobrevivió a la masacre de Dunbla, el pequeño que el destino le arrebató a la muerte para que fuera campeón. Para que fuera el ganador del Abierto de Estados Unidos 2012, su primer Grand Slam y el más grande logro de su carrera junto con el oro olímpico que obtuvo recientemente en Londres.

Este lunes el escocés Andy Murray derrotó al serbio Novak Djokovic por 7-6, 7-5 , 2-6, 3-6 y 6-2 en la final más larga del Abierto de Estados Unidos: 4 horas y 54 minutos. Además, el británico tomó revancha de las finales en las que sucumbió: las de los abiertos de Australia 2010 y 2011, Wimbledon 2012 y el de EE.UU. 2008. Anoche, a pesar de que su festejo fue discreto, disputó el mejor partido de su carrera.

No fue fácil: ganó los dos primeros sets con una mínima superioridad, pero Novak Djokovic lo alcanzó en mangas y forzó a un quinto y último set, esa instancia en la que siempre le hacía falta coraje para consagrarse. Anoche en la pista Arthur Ashe le sobró valentía. Se disputaron puntos eternos (hubo una bola con 57 golpes), cambios de ritmo que generaron la ovación del público, una batalla de slice y servicios rápidos, un duelo entre los jugadores más versátiles y con mejor muñeca del circuito, una cantidad de retos arbitrales que condimentaron el juego. En definitiva ese partido número 15 entre ambos (lideraba el serbio 8-6) quedaría en manos del escocés de 25 años.

Pero antes que ser uno de las finales más entretenidas de la historia del Abierto de EE.UU., era un duelo entre viejos conocidos desde la época de juveniles. Andy Murray, entonces, le propinaba palizas a Djokovic, pero ambos soñaban con esto: “llegar algún día juntos a una final de un Grand Slam y ser los mejores”, como recordaba el serbio algún día. El primero lo cumplieron en Melbourne hace dos años, el segundo se hizo realidad ayer porque lo único que le faltaba a Murray para ser grande, era imponerse en un Grand Slam. De aquí en adelante no se agobiará por presiones históricas y seguramente vendrán más abiertos.

A decir verdad, el tenis le debía una a Murray, sólo que se estaba tardando en cobrarla.

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