Los quince minutos de caminata que normalmente separan la estación de metro de Southfields, de la entrada del ‘The All England Lawn Tennis and Croquet Club’ son interminables. El calor del verano londinense empieza a sentirse y la gran masa de aficionados que se abalanza hacia la entrada hace más difícil el acceso. Son las 6 de la mañana y, aunque la mayoría de la gente ya tiene sus entradas en mano, ya hay varias centenas de hombres, mujeres y niños que, vestidos de blanco, hacen fila de manera ordenada. La esperanza, obtener una de las pocas boletas disponibles en taquilla. Todos aguardan inmutables. Después de una larga espera la fe se esfuma al ver desde lejos que la cola se disipa. Sólo quedan dos opciones: irse y volver al otro día o pasar la jornada en las inmediaciones esperando que entre la noche para así poder acampar.
Por más de un siglo esta escena se ha hecho habitual entre los meses de junio y julio en Wimbledon, una pequeña localidad del sur de Londres (Inglaterra). No es para menos, cada año durante dos semanas allí se celebra el torneo más antiguo y prestigioso del tenis. El tercer Grand Slam del año y el único que se juega sobre césped.
La Meca del tenis
Wimbledon es elegancia, protocolo y tradición. Es lluvia, fresas con crema y champagne. Es tenis en estado puro ya que las bases del deporte, como se conoce hoy en día, se forjaron entre sus muros y se fueron perfeccionando con el paso del tiempo. No en vano, de sus estrictas reglas, que obligan a los jugadores a vestir completamente de blanco, proviene el conocido mote de ‘deporte blanco’. Un templo mágico en donde las tradiciones no pasan. De sus inicios, los organizadores conservan el logo verde y morado, la medida del césped (ocho centímetros), la costumbre de no jugar en el domingo intermedio, el sistema de obtención de entradas mediante sorteo y hasta la preservación de un halcón que tiene la tarea de mantener alejadas a las palomas de la canchas.
A fin de cuentas Wimbledon es historia y ésta comenzó a escribirse en el verano de 1877. Veintidós jugadores amateurs se reunieron en la antigua sede del ‘The All England Lawn Tennis and Croquet Club’, ubicada a varias cuadras de la actual, en la calle Worple Road. Luego de una semana de competencia, el británico Spencer Gore se llevó el torneo en una final poco atractiva. Cuarenta y ocho minutos le bastaron para vencer a su compatriota William Marshall, por 6-1, 6-2 y 6-4, ante solo 22 espectadores.
Gracias a la inclusión de la competencia femenina en 1884 y a su internacionalización, para comienzos del siglo XX, May Sutton se convirtió en la primera extranjera en alzar el ‘Rosewater Dish’, como se conoce el trofeo femenino. El campeonato fue ganando adeptos. Además, la asistencia de la realeza ayudó a promocionar la competencia. Desde que los príncipes de Austria, Batthyany Strattmann y Estefanía, asistieran en 1895 a un partido de dobles, son varias las familias reales que han pasado por sus palcos. Uno de los episodios más memorables ocurrió en 1926 cuando el rey Jorge V participó en el torneo de dobles junto a Louis Greig, quien años más tarde se convertiría en el director del club.
Las leyendas
La grandeza. Este torneo se la debe a los jugadores. Son ellos los que han escrito su leyenda en el césped. Sus pistas han sido escenario de los más memorables duelos que se recuerden y en su cancha central, ‘La Catedral’, se han coronado los más grandes tenistas. Inmortalizadas permanecen las épocas de la hegemonía francesa en la década del 20, cuando la contorsionista Suzanne Lenglen hizo del ‘Central Court’ su patio trasero, y los cuatro mosqueteros – Jean Borota, Jacques Brugnon, Henri Cochet y René Lacoste – emprendieron largas batallas por el título con sus raquetas de madera como única arma. En la memoria también permanecen intactas las gestas de Fred Perry, último británico en ganar el torneo en 1937, y de la brasileña María Bueno, única latinoamericana en vencer. Lo hizo en tres ocasiones en los años cuarenta.
Las épocas doradas de Wimbledon estaban por llegar de la mano de la armada australiana y la ‘Era abierta’, como se conoció al proceso de fusión de los torneos amateurs y profesionales en 1968. Los duelos entre Roy Emerson, Rod Laver y John Newcombe marcaron el comienzo, y con el tiempo le dieron paso a una de las rivalidades más recordadas, la de Bjorn Borg y John McEnroe. ‘El hielo y el fuego’ fue como los periodistas de la época la bautizaron en relación al temperamento de cada uno. Al mismo tiempo, el torneo femenino tenía nombre propio: Martina Navratilova. La tenista estadounidense ganó nueve veces entre el 78 y el 90, una marca que hasta el momento parece imbatible. Ni siquiera la siempre inteligente alemana, Steffi Graf, pudo superarla.
Pero si hay que hablar de récords, es imposible dejar de lado a Pete Sampras. Con su estilo de juego basado en el saque y volea puso a toda Inglaterra a sus pies. En 2000, cuando logró su séptima y última victoria, ‘Pistol Pete’ alcanzó los 13 títulos de Grand Slam, sobrepasando a Roy Emerson, como el máximo ganador de la historia en ese tipo de torneos. Dos años después en el Abierto de Estados Unidos alcanzaría 14 victorias. Exactamente la misma situación se daría nueve años más tarde cuando el considerado mejor jugador de todos los tiempos, el suizo Roger Federer, batiera a Andy Roddick y lograra el decimoquinto de sus 16 Grand Slams.
Esta es la historia y la magia que encierra al torneo de Wimbledon que a partir del lunes abre sus puertas a lo mejor del circuito. En el torneo femenino, las hermanas Williams parten como favoritas para los expertos. En el cuadro masculino, una vez más Federer es el principal candidato, por encima del actual número uno del mundo y campeón defensor, Rafael Nadal, y del mejor jugador de la temporada, el serbio Novak Djokovic. Entre tanto, los británicos depositarán todas sus esperanzas en el escocés Andy Murray, quien tendrá la obligación de romper el maleficio que por 74 años ha impedido a un local alzarse con la victoria.