Era noviembre del 89 y mientras Diego Armando Maradona seguía siendo amo y señor de Nápoles, del Calcio y el mundo entero gracias a que aún le sacaba brillo a la corona conseguida tres años atrás en México, caía una barrera que durante décadas había dividido en dos a un solo pueblo.
Tal cual se partió el corazón de los argentinos en 2006, cuando en el Olímpico de Berlín, Alemania, de nuevo unida y como anfitriona, se convertía en semifinalista desde el punto blanco por un muro llamado Jens Lehmann que hizo rebotar los remates de Roberto Ayala y Esteban Cambiasso.
En las propias tribunas del mítico escenario, Maradona lo sufrió como hincha y el sábado, con el buzo de DT albiceleste puesto, prometía cobrar revancha, no sin antes empezar a jugar el partido antes con la habitual guerra verbal que en lugar de amedrentar o disminuir a los de al frente, los impulsó más de lo que venían, aunque en realidad fue la propia incapacidad argentina la que terminó por estrellarla contra la misma realidad pintada de negro y blanco.
La tapia alemana de nuevo se le hizo impenetrable, indestructible a Argentina y como quedó cuatro metros más alta con los bloques que incrustaron con precisión Mueller, Klose en dos ocasiones y Friedrich, terminó por venírsele encima para aplastarla por completo y derrumbar de paso cualquier ilusión de Maradona de besar por segunda vez la Copa del Mundo.
Y eso que contaba con una máquina de hacer fútbol, capaz de atravesar solita cualquier bloque, por más sólido que luciera, pero en Sudáfrica apenas sí intentó prender. Messi, el mejor jugador del momento, se fue sin gritar ni una sola vez y el sábado ni tiró una pared, fue un ladrillo el partido del crack del Barcelona que deberá esperar otros cuatro años para ver si puede conquistar el mundo porque sólo así se le podría llegar a comparar con el que hasta el sábado fue su seleccionador nacional.
Miroslav salió del ‘Klose’
‘La Pulga’ jugó el Mundial al tamaño de su calificativo y entre resignado y molesto consigo mismo, no tuvo de otra que aplaudir y darle la mano a Miroslav Klose, de quien se habló poco, tal vez nada, y hoy es la figura indiscutida del torneo porque igualó a su compatriota Gerd Müeller con 14 festejos en la cita orbital y quedó a sólo uno de Ronaldo para ser el máximo anotador de la historia.
Todos apostaban por Messi y terminaron aplaudiendo al delantero de origen polaco, como también a Bastian Schweinsteiger, quien este sábado imitó al argentino a pura gambeta y no lo hizo nada mal para hacer ver peor a Argentina que se no se iba tan humillada como en aquella despedida que le diera Holanda en el 74 en la Copa que se jugó, como para completar la lista de negras ironías, en Alemania.
“Lo único bueno de todo esto es que al menos no tendremos que ver a Maradona como Dios los trajo al mundo frente al Obelisco”, dijo un periodista argentino a la salida del Green Point de Ciudad del Cabo, ya que el 10 había prometido posar sin ropa frente al ícono bonaerense si llegaba con la Copa a su país, pero el sábado los alemanes sólo terminaron por desnudarle sus falencias como entrenador y enviarlo a casa con una lección por aprender: hablar menos y jugar más.