La fiesta ha terminado, proclamaba la portada del informe de The Economist de noviembre pasado, refiriéndose a España. Ahora nos preguntamos cuándo regresará. El Fondo Monetario Internacional publicó el 1° de octubre que el PIB español decrecerá este año 3,8%, mientras en 2010 será -0,7 %, en contraste con el regreso al crecimiento en la zona euro (0,3 %).
La última crisis española ocurrió después de los Juegos Olímpicos de 1992. El alto endeudamiento del Estado y los altos tipos de interés frenaron el ímpetu olímpico. Pero todo se arregló. El motor europeo (España firmó la adhesión a la Unión Europea en 1987), junto a la perspectiva de entrar en la zona euro, incentivaron medidas dirigidas al equilibrio y a una etapa de crecimiento continuo que duró 14 años.
España va bien (José M. Aznar, presidente) era la frase favorita. Pero algo falló. La entrada en el euro abrió la puerta al dinero fácil y barato, procedente de los ahorradores de la familia europea (ejemplo Alemania), incentivando el consumo y la inversión en vivienda, cuyos precios crecían sin cesar. El endeudamiento exterior llega hoy al 80% del PIB. La crisis mundial cerró el grifo, el consumo cayó y España tiene más de un millón de casas vacías.
El Estado ha tratado de paliar la crisis mediante estrategias keynesianas, las cuales, junto a una menor recaudación fiscal, han llevado el déficit de las cuentas públicas a cerca del 10%. Este déficit puede repetirse en 2010, aunque el optimismo del gobierno no lo vea así. El desempleo se acerca al 20%. España no va bien.
Pero, ¿cuándo regresará la fiesta? Equivale a preguntarnos cuándo volverá a crecer la economía. Veamos, existen cuatro tipos de demanda que configuran el PIB: la de las familias, la del Estado (servicios públicos), las inversiones y la demanda exterior. Las familias han pasado de la frivolidad a la frugalidad, con un retroceso del 4%, que seguirá el año entrante debido a menores ingresos y a una tendencia al ahorro. El keynesianismo estatal tiene un límite, puesto que la deuda pública posiblemente alcanzará el 60% del PIB durante 2010, con las consiguientes dificultades en financiación y costo (¡sólo faltaría que subieran los tipos de interés!).
Las inversiones continuarán frenadas por la incertidumbre y el recelo bancario en la concesión de créditos. En cuando a la inversión inmobiliaria, sólo queda el impulso de la infraestructura (por ejemplo el tren de alta velocidad), pero las dificultades financieras también obstaculizan los planes. Sólo queda la demanda exterior, la única esperanza.
En 2009 las exportaciones decrecerán menos que las importaciones. En 2010 es posible que las exportaciones suban ligeramente (por la demanda de los vecinos europeos: productos y turismo), mientras las importaciones permanezcan estables (menos demanda nacional: productos y turistas españoles que se quedan en casa). Es un impulso bienvenido, pero insuficiente. Con todo, el saldo exterior seguirá siendo negativo, aunque menos, de manera que la deuda exterior (80%) puede llegar hasta el 90% en 2010.
En definitiva, poca fiesta, casi nada. Aunque la crisis no es igual para todos. Los bancos españoles han salido mejor parados que sus colegas de otros países y, de momento, pueden soportar la financiación de la burbuja inmobiliaria, en espera de que los inventarios bajen, y aún les quedan recursos para nuevas aventuras en el exterior.
El turismo, un gran soporte de la economía española, ha sufrido poco. En definitiva, hemos de interpretar la crisis como combinación de riesgo y oportunidad, aprendiendo e imponiendo un cambio gradual de modelo que dé la espalda a la irresponsable especulación financiera y se apoye firmemente en los principios básicos del desarrollo sostenible. La fiesta tardará, pero regresará.
* Profesor de Economía de la Escuela de Alta Dirección y Administración de Barcelona.