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El desafío distributivo

El premio Nobel de economía, Michael Spence, explica cómo lograr patrones sostenibles de crecimiento equitativo.

23 de enero de 2014 - 05:07 p. m.
Michael Spence, Nobel de Economía, es profesor de la Stern School of Business de la Universidad de Nueva York. / Reuters
Foto: REUTERS - © Phil McCarten / Reuters
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En el pasado año, el riesgo sistémico decayó. Europa se unió frente a la necesidad de estabilizar la eurozona, mientras que el Banco Central Europeo y Alemania desempeñaron los papeles protagónicos. Se completó la transición de liderazgo de China y se estableció una dirección relativamente clara en materia de políticas, lo que presenta un campo de juego mucho más nivelado para los sectores privado y estatal y un rol en expansión –de hecho, “decisivo”- para los mercados. La elección general de Alemania apuntó a una continuidad en lo que concierne a las políticas, aunque parece inevitable un período prolongado de crecimiento lento y desempleo elevado.

Las economías emergentes (excluida China) sólo se vieron desestabilizadas temporariamente por la expectativa de una retracción monetaria en Estados Unidos. Sin embargo, se están preparando para un mundo de tasas de interés más altas, signado por una desaceleración transicional del crecimiento.

En Estados Unidos, la tasa de crecimiento anual creció sigilosamente y el desempleo bajó con lentitud. La indignación pública generalizada frente a un Congreso polarizado y disfuncional puede haber contribuido a un acuerdo presupuestario bipartidario y a una reducción del riesgo político. Aunque sería prematuro anunciar una tendencia, es de esperarse que el pragmatismo y el acuerdo se impongan a la rectitud moral de los extremos políticos. A nadie le gusta vivir con la segunda o tercera mejor alternativa, pero ésa es la realidad de Estados Unidos.

De cara al futuro, se puede prever un proceso gradual de reparación de los balances y de patrones de crecimiento equilibrados en un amplio rango de economías. Pero esto no representa una recuperación plena. En Europa, una mayor convergencia en los costos laborales por unidad y reformas que apunten a la adaptabilidad estructural siguen en la lista de asignaturas pendientes. En Estados Unidos, la desinversión persistente en el sector público es el factor principal que impide que se concrete plenamente el crecimiento potencial.

Una propuesta reciente de Martin Feldstein apunta en la dirección correcta: financiar una inversión expandida en el sector público con un estímulo fiscal de corto y mediano plazo en conjunción con un plan de consolidación fiscal de varios años. Todavía está por verse si el nuevo espíritu de bipartidismo llega tan lejos; claramente, el desafío político de plantear compromisos creíbles a varios años sigue siendo descorazonador.

Sin embargo, si bien un optimismo cauteloso tal vez resulte posible, los patrones de crecimiento de muchos países avanzados y en desarrollo –tanto antes como desde la crisis de 2008- han apuntalado un cambio drástico de los ingresos y la riqueza. Esto no sólo produce niveles elevados y crecientes de desigualdad en los ingresos; también puede estar contribuyendo a una menor movilidad económica y social y a una mayor desigualdad de oportunidades.

Conocemos algunas de las causas de estas tendencias. En Estados Unidos, por ejemplo, la tecnología que ahorra mano de obra está reduciendo el empleo de rutina en el sector administrativo y entre los operarios en toda la economía, empujando el empleo hacia actividades manuales o cognitivas que no son de rutina. Esto sin duda contribuyó a una presión a la baja en los ingresos de los hogares en el rango de ingresos medios del voluminoso lado no comercializable de la economía. En el lado comercializable, la automatización y el cambio de los empleos de rango medio (en términos de valor agregado) a países en desarrollo hicieron que el crecimiento del empleo se detuviera, mientras que el valor agregado por persona y los ingresos promedio crecieron rápidamente.

El sistema educativo desparejo de Estados Unidos –en el que la calidad va de la mano de los niveles de ingresos del vecindario y la capacitación laboral no está sincronizada con las necesidades de rápida evolución de los empleadores- es el segundo factor que alimenta una mayor desigualdad. Esto refleja tanto una deficiencia en la inversión pública como una brecha en la información: invertir en capacitación laboral en una estructura industrial de rápida evolución es como dispararle a un blanco móvil. Considerando la información imperfecta sobre las necesidades futuras, los mercados laborales están fuera de equilibrio.

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Las poderosas fuerzas tecnológicas y de mercado globales no están confinadas a un solo país. Las mismas cuestiones se plantean en todas partes. Las diferencias en los resultados reflejan una variabilidad en la flexibilidad del mercado y en las elecciones en materia de políticas sociales.

Un mejoramiento de los ingresos distributivos desfavorables inevitablemente implicará o bien una intervención directa en el mercado (mediante, por ejemplo, políticas comerciales y de salarios mínimos), o bien una alteración de los incentivos (a expensas del seguro de desempleo y la redistribución a través del sistema tributario o una provisión directa de servicios). Como la oportunidad sigue estando relacionada al crecimiento, el desafío consiste en diseñar y experimentar con estrategias multifacéticas que permitan alcanzar, o al menos fomentar, objetivos distributivos con un daño mínimo a la flexibilidad estructural y la eficiencia dinámica de la economía. Y aquí no hay que permitir que lo perfecto se convierta en enemigo de lo bueno.

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La mayoría de los países intentan encarar los problemas distributivos combinando un suministro social de servicios básicos (como educación, capacitación práctica y atención médica) con un salario mínimo, impuestos progresivos sobre los ingresos e impuestos a la propiedad (que mitigan los incentivos adversos asociados con tasas de impuesto a las ganancias marginales elevadas). En algunos países, una restricción ampliamente compartida sobre el crecimiento de los ingresos y los salarios parece haber sido importante para restablecer la competitividad e impulsar la producción potencial.

Existen medidas que protegen a las industrias negociables domésticas de la competencia externa o, en el caso del tipo de cambio y la gestión de la cuenta de capital, que alteran los términos comerciales. Por supuesto, los acuerdos internacionales limitan este tipo de medidas para preservar una economía global relativamente abierta, lo cual ofrece grandes beneficios agregados (incluso cuando la distribución de beneficios y costos sigue siendo un desafío para los responsables de las políticas). Y todas estas medidas tienen implicancias para la eficiencia y la adaptabilidad de las economías.

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A fines de 2013, uno de nuestros grandes líderes y defensores de la justicia social y económica de nuestro tiempo, Nelson Mandela, dejó de estar entre nosotros. La búsqueda de patrones sostenibles de crecimiento equitativo e inclusivo será una característica determinante de las políticas económicas en todo el mundo en 2014 y después. Es de esperar que los líderes empresariales y laborales puedan aunarse con el gobierno, los establecimientos educativos y los emprendedores sociales para promover esta agenda. El ejemplo y la generosidad de espíritu de Mandela deberían servirnos de guía.

 

 

Copyright: Project Syndicate, 2013.

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