Una vez leí una historia de un país latinoamericano en el cual los políticos tenían el hábito de hacer promesas vacías. Un partido político incluso prometió aumentar el número de millas por galón de gasolina, diseñando todas las carreteras en bajada.
Ahora ese chiste se ajusta a nosotros. Hay un parecido evidente entre el recorte de impuestos que hizo Bush en el año 2001 y el que hizo Reagan 20 años antes. Sólo que ahora la política es muy diferente a esa época, y mucho más tenebrosa.
No soy un admirador de Reagan pero él por lo menos presentó su plan de manera honesta: no negó que estaba proponiendo grandes recortes de impuestos para los ricos ni escondió el hecho de que esos recortes de impuestos podían costearse sólo a la luz de las teorías económicas del lado de la oferta. Cuando Bush propuso un plan similar, sin embargo, lo presentó de manera engañosa: aparentó que el recorte de impuestos era principalmente para la clase media y alegó que era claramente coherente con un presupuesto responsable.
Basta un ejercicio simple
para mostrar que ambos argumentos son sencillamente falaces, pero, por alguna razón, casi nadie en los medios de comunicación estuvo dispuesto a hacer ese ejercicio.
En los primeros meses de la campaña del año 2000 me fue difícil creer lo que estaba pasando. ¿Estaba el candidato del principal partido político mintiendo descaradamente sobre el contenido de su propio programa? ¿Estaban los medios de comunicación dejando que se saliera con la suya?
En efecto, él estaba mintiendo y ellos lo estaban dejando.
¿El resultado? Bush ha realizado la más grande operación de poner la carnada y salir corriendo de la historia. Primero, describió un recorte de impuestos que dejaba en bancarrota al presupuesto y que daba los principales beneficios a los más pudientes, como un plan modesto para devolver los ingresos sobrantes a las familias comunes y corrientes.
Después, cuando la tinta roja comenzó a aparecer en abundancia, se arropó a sí mismo y a sus políticas en la bandera nacional,
diciendo que los causantes de los déficit eran los terroristas diabólicos y otras fuerzas fuera de su control. Como economista que soy, entendía lo que estaba pasando y trataba de explicarlo en mi columna.
Los críticos me llamaron Casandra, y tenían toda la razón —aunque nadie creía las profecías de Casandra, estas se volvieron realidad—.
El capítulo 5 describe la forma como se vendió el recorte de impuestos de Bush —los trucos, las evasiones y las abiertas mentiras que usó al principio de la campaña electoral y, después, para que fueran aprobadas por el Congreso—. Un subtema que se deriva de esta historia es el fracaso de las instituciones y los individuos que debieron haber protegido el interés público.
Los medios de comunicación fracasaron, desastrosamente, en explicar el asunto; a Bush se le permitió escapar con mentiras flagrantes acerca del presupuesto. Y las personas que se
habían estereotipado como defensores de la probidad fiscal, dejaron a un lado sus supuestos principios.
El caso más notable fue el de Alan Greenspan, un alto predicador de la disciplina fiscal durante los años de Clinton, que se amarró a sí mismo con nudos intelectuales para apoyar el meticulosamente irresponsable recorte de impuestos de Bush.
Para mí fue claro que el plan de Bush dilapidaría el superávit presupuestal, ganado con mucho esfuerzo. Lo que no anticipé fue lo rápido que esto sucedería, transformando en un abrir y cerrar de ojos un superávit récord en un déficit.
Y, por supuesto, no sabía que el 11 de septiembre le ofrecería a la administración la oportunidad de cubrir sus huellas, culpando a los extranjeros diabólicos de los ríos de tinta roja. El capítulo 6 hace una crónica del debate sobre el presupuesto, que tuvo lugar después de septiembre 11, cuando el tamaño del desastre presupuestal fue ya evidente —y a nadie pareció importarle—.
Bueno, ¿por qué debería importarnos? Los apologistas de la administración Bush nos dicen que, según los estándares históricos, la deuda del gobierno federal no es tan grande en relación con el tamaño de la economía y que el actual déficit presupuestal, aunque no tiene precedentes cuando se mira en términos de dólares, tampoco es tan excepcional
cuando se compara con el tamaño de la economía.
Pero esas comparaciones históricas son profundamente engañosas: las políticas de la administración son excesivamente irresponsables, preparándonos para una crisis inmensa en el futuro no muy distante.
¿Por qué?, porque nos faltan sólo unos pocos años para el “día B”: el día en que las personas nacidas en la época del baby boom se empiecen a jubilar.
El gobierno de los Estados Unidos puede entenderse mejor como una gran compañía de seguros que también tiene un ejército. Los gigantescos programas para los retirados —seguridad social y Medicare— ya dominan el presupuesto federal, y se volverán mucho más costosos dentro de una década.
Si tenemos que pagar esas cuentas, y también intereses sobre una gran deuda nacional, alguna de las partes tendrá que ceder. Por lo tanto, este sería un buen momento para generar superávit y pagar la deuda federal. Es difícil imaginarse un momento peor para estar mostrando déficit gigantescos.
Pero, ¿porqué no reformar, en cambio, la seguridad social y Medicare? Suena bien —al plan de Bush para “reformar” la seguridad social le fue bien durante la campaña—.
Sin embargo, como se explica en el capítulo 7, ese plan fue un fraude desde el principio. Cuando usted lo mira de cerca, Bush estaba insistiendo en que 2–1 = 4, que desviando parte de los ingresos del sistema de la seguridad social hacia las cuentas privadas fortalecería las finanzas del sistema, cuando la aritmética simple mostraba que esa política llevaría al resultado exactamente opuesto.
La mentira que contenían los programas de la administración sobre Medicare fue más sutil, pero igualmente palpable. En ambos casos, las supuestas curas para las calamidades de los programas, en realidad empeorarían mucho, pero mucho, las cosas, y agravarían los problemas creados por las políticas fiscales irresponsables.
Y esto, ¿a dónde nos va a llevar? Mientras armaba esta parte del libro, estuve analizando a fondo el futuro fiscal de la nación —y resolví pasarme a una tasa de interés fija para mi crédito de vivienda—. Uno de estos años, probablemente mucho más pronto de lo que usted piensa, los mercados financieros se van a dar cuenta de la situación y van a notar que el gobierno de los Estados Unidos ha hecho promesas inconsistentes —promesas de beneficios a los futuros jubilados, repagos para aquellos que compren las deudas del gobierno, y tasas de impuestos mucho más bajas de las que se necesitan para pagar todo eso—.
Algunas de las concesiones van a tener que sacrificarse, y eso no va a ser bonito. De hecho, yo creo que los Estados Unidos se están poniendo en posición de una crisis al estilo latinoamericano, en la cual los temores de que el gobierno trate de resolver su dilema inflando la deuda hacen que las tasas de interés se disparen.
* Este es el inicio de la segunda parte del libro ‘El gran resquebrajamiento’, denominada ‘Matemáticas confusas’ escrito en 2003 por el Premio Nobel de Economía 2008.