Del punto de vista visual, no había nada especial: un hombre de traje se dirige a la cámara frente a un fondo azul sencillo. El video dura solo dos minutos, pero el mensaje de Jerome Powell al público estadounidense un domingo por la noche en enero estaba cargado de dramatismo. También podría ser el momento definitorio de sus intensos ocho años al frente del banco central más poderoso del mundo.
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Solo unos días antes, la Reserva Federal había recibido citaciones judiciales del Departamento de Justicia, parte de una intensa campaña de presión de Donald Trump para reducir las tasas de interés. Durante años, Powell se había abstenido de confrontar al presidente, preocupado de que hacerlo socavara la misión de servicio público de la Fed.
Las citaciones fueron suficientes para llevarlo a una postura de resistencia.
“La amenaza de cargos penales es consecuencia de que la Reserva Federal fija las tasas de interés basándose en nuestra mejor evaluación de lo que servirá al público, en lugar de seguir las preferencias del presidente”, dijo Powell al país.
Incluso antes de esta batalla existencial, el mandato de Powell había sido más volátil que el de la mayoría. Tuvo que enfrentar alarmas sin precedente moderno —una pandemia global y el cierre de la economía— y otro poco después, cuando la inflación se disparó a su mayor nivel en 40 años. Condujo a la Fed a través de una crisis bancaria regional que generó acusaciones de poca supervisión, y escándalos internos de ética que provocaron la renuncia de altos funcionarios.
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Según sus críticos, la mayor mancha en el historial de Powell es el fracaso de la Fed en contener la inflación. Aunque las presiones sobre los precios cayeron sustancialmente desde su pico —sin provocar la recesión que muchos temían— dejará el cargo el 15 de mayo con cinco años consecutivos en que la inflación estuvo por encima de la meta oficial del 2% del banco.
Cuestión de integridad
Pero mientras Trump intenta la mayor transformación del gobierno en un siglo, concentrando el poder ejecutivo en la Casa Blanca, la Fed ha sido una de las pocas instituciones en resistir, lo que ha impulsado a Powell a altos niveles de reconocimiento público y posiblemente consolidando su legado. Lo que está en juego, según él y sus aliados, es la capacidad de la Fed para hacer su trabajo sin interferencia de políticos preocupados más en ganar elecciones y, por lo tanto, la estabilidad de la economía de EE.UU.
Powell lo ve como una cuestión de integridad, y su predecesora inmediata coincide. “Esto es lo que realmente define su enfoque y será una parte crítica de su legado”, dijo Janet Yellen, expresidenta de la Fed y exsecretaria del Tesoro.
Las señales de problemas eran evidentes desde el inicio del segundo mandato de Trump, cuando éste intensificó sus ataques verbales. El presidente apodó a Powell “Too Late” (demasiado tarde), consideró públicamente despedirlo y lo llamó “tonto”, entre muchos otros insultos.
Mientras tanto, el equipo de Trump puso la mira en la renovación de la sede de la Fed, cuyo presupuesto se ha disparado desde su aprobación en 2017. En el verano de 2025, Trump visitó el sitio en persona, generando una de las imágenes más icónicas del mandato de Powell: el jefe de la Fed y el presidente con cascos y trajes, de pie lado a lado bajo el sofocante calor veraniego.
En una escena prácticamente diseñada para convertirse en meme, Trump declaró que el costo había aumentado incluso más que el precio oficial de US$2.500 millones, solo para que Powell, tras ponerse sus gafas de lectura y examinar el documento que le entregaron, le dijera al presidente que estaba equivocado.
Tras esa visita, Trump pareció calmado, por un tiempo. Pero luego escaló, con el extraordinario intento de despedir a la gobernadora Lisa Cook por acusaciones no probadas de fraude hipotecario. Ningún presidente había intentado antes destituir a un gobernador de la Fed, y el caso ahora espera un fallo de la Corte Suprema.
Ese otoño, funcionarios de la administración abrieron una investigación sobre la renovación, lo que derivó en las citaciones que han marcado el capítulo final de Powell en la Fed.
Nada pesa más ahora que la batalla con Trump, y Powell está utilizando todos los recursos a su disposición. En una ruptura con la tradición, ha dicho que permanecerá en la Fed como gobernador hasta que cesen los ataques legales desde la Casa Blanca. También ha movilizado a aliados que cultivó durante años en el Congreso, que es, en cierto modo, donde comenzó su historia en la Fed.
Abogado de formación y con experiencia en acuerdos de capital privado, Powell alternó su carrera financiera con períodos en el servicio público. Para 2011, ese camino lo llevó a un centro de estudios en Washington donde ayudó a negociar el fin de una de las crisis del techo de la deuda más graves en EE.UU.
Fue un trabajo minucioso, con largas reuniones con legisladores para explicar las consecuencias de un incumplimiento de EE.UU., y llamó la atención del presidente Barack Obama, quien luego lo nombró gobernador de la Fed. Cuando Trump asumió y buscó un sucesor para Yellen, Powell —republicano— fue elegido.
La luna de miel no fue muy larga: Trump rápidamente se volvió contra su propio designado. La presión política sobre el banco central no es nada nuevo, pero generalmente ocurría a puertas cerradas. Ahora, el presidente criticaba abiertamente al jefe de la Fed, anticipando lo que vendría.
La Fed subió las tasas cuatro veces en el primer año de Powell al mando en 2018, poniendo fin a un largo periodo de tasas ultrabajas tras la crisis financiera global. Trump, entonces como ahora, intentaba acelerar la economía con recortes de impuestos y se molestó cuando la política monetaria iba en sentido contrario.
Al mismo tiempo, algo peculiar ocurría en el mercado laboral. El desempleo, que tardó años en recuperarse tras la crisis financiera, cayó por debajo del 4% a comienzos de 2018 y siguió descendiendo a mínimos históricos. Según la teoría económica, eso debería haber impulsado la inflación, porque las empresas tendrían que subir salarios para competir por trabajadores. No ocurrió. En cambio, personas que solían quedar rezagadas en el mercado laboral —incluidos trabajadores negros, mujeres y personas con discapacidad— comenzaron a ser contratadas.
Fue un cambio importante, y en su segundo año como presidente, Powell —el primer jefe de la Fed sin título en economía en cuatro décadas— intentó incorporarlo a la política monetaria, dejando de lado ortodoxias arraigadas. La Fed intentaría compensar períodos de inflación por debajo del objetivo, como en la década de 2010, permitiendo que los precios subieran más rápido en algunos momentos, siempre que promediaran 2% en el tiempo. Y evitaría frenar el mercado laboral con aumentos de tasas basados en el temor a la inflación, en lugar de su realidad.
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Desafortunadamente para Powell y la Fed, esta nueva doctrina entró en vigor en agosto de 2020. Para entonces, el mundo había cambiado drásticamente.
Sin el ataque del segundo mandato de Trump a la Fed, el período del covid-19 probablemente habría sido el núcleo del legado de Powell.
En una conferencia de prensa a comienzos de marzo de 2020, Powell fue uno de los primeros líderes en Washington en dimensionar la gravedad de la emergencia. Había estado en Arabia Saudita ese febrero, con ministros de finanzas y banqueros centrales de todo el mundo, y comprendió que el virus probablemente llegaría a EE.UU. “Nos decían que probablemente nunca habría vacunas contra el covid”, dijo Richard Clarida, entonces vicepresidente de la Fed. “Se enfrentaba a la posibilidad de cerrar gran parte de la economía durante un año o más, lo cual es una realidad muy dura para un responsable de políticas monetarias”.
En pocas semanas, 22 millones de estadounidenses perdieron sus trabajos, llevando el desempleo a niveles no vistos desde la Gran Depresión de los años 30. Para mediados de marzo, la Fed había reducido las tasas hasta cero.
Para entonces, la Fed —como gran parte del sector profesional— trabajaba esencialmente en línea. Pero estaba más activa que nunca, inyectando liquidez en los mercados. Implementó compras masivas de bonos y mecanismos de respaldo, incluyendo medidas sin precedentes como adquisiciones de deuda directamente de empresas y gobiernos locales.
Para los funcionarios del banco, lo más presente era la lenta recuperación de la década de 2010, cuando el desafío era estimular el consumo. Solo el Congreso podía inyectar dinero directamente en la economía real, ampliando el seguro de desempleo u ofreciendo apoyo crediticio a pequeñas empresas. Más explícitamente que sus predecesores, Powell instó a los legisladores a hacerlo.
“Este es el momento de usar el gran poder fiscal de EE.UU.”, dijo en abril de 2020. Así ocurrió hasta comienzos de 2021, con la aprobación del Congreso de alrededor de US$5 billones en estímulos bajo Trump y Joe Biden.
Medido por crecimiento y empleo, funcionó. La recesión pandémica fue profunda pero breve, de solo dos meses y, a fines de 2021, el desempleo volvió a estar por debajo del 4%.
Pero el otro indicador clave tomó el camino equivocado, y rápidamente.
EE.UU. sufrió la peor inflación en décadas al reabrirse la economía tras los confinamientos.
Las cadenas de suministro seguían interrumpidas. Faltaban trabajadores. Los consumidores querían gastar tras meses de encierro y tenían ahorros acumulados, en parte gracias al estímulo que Powell había impulsado.
En cierto modo, la respuesta de la Fed fue una versión ampliada de la aplicada tras la crisis de 2008, pero más rápida y con mayor gasto público. Sin embargo, las diferencias generaron una dinámica completamente nueva. No pasó mucho antes de que algunos se preguntaran si Powell y su equipo estaban luchando la guerra anterior.
En una columna de Bloomberg Opinion en mayo de 2021, Mohamed El-Erian señaló la diferencia clave. “Hoy, la demanda no es un problema”, escribió. “Está en auge. Más bien, las empresas tienen dificultades para conseguir suministros”. Sugirió que la Fed debía considerar distintos escenarios.
A medida que aumentaban las presiones, Powell se apoyó en el pensamiento tradicional de los bancos centrales: el aumento de precios era producto de disrupciones de oferta que se resolverían con el tiempo y que la política monetaria no podía corregir. Por eso calificó la inflación pospandemia como “transitoria”, una etiqueta que luego lo perseguiría.
Durante un tiempo en el verano de 2021, algunos datos alentadores parecían respaldar esa visión. Luego la inflación volvió a acelerarse.
Meses después, Powell admitió que probablemente era momento de abandonar “la palabra T”. A fin de año, El-Erian lo calificó como “probablemente el peor diagnóstico de inflación en la historia de la Reserva Federal”.
Y en marzo de 2022, tras la invasión a Ucrania por parte de Rusia, que afectó lo precios de los alimentos y la energía, y con la inflación en máximos de cuatro décadas, Powell y sus colegas comenzaron a subir las tasas. Para fin de año, las habían elevado en 4,25 puntos porcentuales, el ajuste más fuerte desde Paul Volcker en los años 80.
Powell aún atribuye el retraso a malas proyecciones de inflación. Sus críticos discrepan.
Los funcionarios de la Fed permanecieron demasiado enfocados en los riesgos de desempleo a largo plazo, que habían dominado su pensamiento antes de la pandemia, según Adam Posen, presidente del Peterson Institute for International Economics. Y reaccionaron lentamente a medida que el impacto inflacionario de todo el gasto por el covid se hizo evidente. “La Fed no puede controlar la política fiscal, pero ciertamente puede responder a ella”, dijo Posen.
Los defensores de Powell señalan que la mayoría de los analistas —y economías en todo el mundo— tuvieron dificultades con las sorpresas que trajo la pandemia.
La idea de inflación transitoria fue “un error analítico ampliamente compartido”, dijo Jared Bernstein, presidente del Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca durante la administración Biden. “Creo que Powell ha sido como un muy buen piloto de un avión que atraviesa turbulencias”, agregó.
Una vez que la tormenta pasó, la Fed reconoció la necesidad de volver a lo básico.
La segunda gran revisión de políticas de la era Powell deshizo gran parte de la primera. Se eliminó la idea de tolerar períodos de inflación por encima del objetivo.
En cuanto al mercado laboral, el marco de 2020 —que entró en vigor en las discusiones por racismo tras el asesinato de George Floyd— había enfatizado objetivos “amplios e inclusivos”, poniendo el foco no solo en cuántos empleos se creaban, sino en quiénes los obtenían. Las nuevas directrices en 2025 marcaron un retorno a un enfoque más tradicional y eliminaron la palabra “inclusivo”.
Al final, y en contra de las predicciones de muchos observadores, la inflación derivada de la pandemia disminuyó sin provocar un fuerte aumento del desempleo, que suele acompañar subidas agresivas de tasas. Posen describe esto como una “desinflación relativamente sin costo” y lo considera un “gran triunfo” para la Fed de Powell. El propio presidente se enorgullece de haber logrado en gran medida el buscado “aterrizaje suave”, aunque reconoce que una inflación aún elevada deja trabajo pendiente.
Después de comienzos de 2021, la inflación nunca volvió al objetivo del 2% durante el mandato de Powell. Esto representa un riesgo duradero para la credibilidad de la Fed, ya que los estadounidenses podrían empezar a preguntarse si el banco central recuperará el control —especialmente a medida que surgen nuevos shocks de precios, como los aranceles en 2025 y la guerra con Irán este año.
El regreso de la inflación también transformó la política en EE.UU. Tras tantos aumentos de precios —en vivienda, alimentos y autos usados— la promesa de Trump de abordar el costo de vida ayudó a inclinar la elección de 2024 a su favor.
Defensa de la Fed
Los presidentes de la Fed suelen ser evaluados por su historial en inflación, dijo Michael Faulkender, quien ocupó altos cargos en el Departamento del Tesoro durante los mandatos de Trump. Normalmente, Powell “pasaría a la historia con un desempeño bastante pobre”, afirmó. “En cambio, creo que probablemente será elogiado en la historia por la percepción de su defensa de la Fed”.
Hubo otros tropiezos para Powell. Una crisis bancaria regional en 2023 llevó al colapso de Silicon Valley Bank y otras dos entidades. Estuvieron entre las mayores quiebras bancarias en la historia de EE.UU. El rescate de la Fed evitó un contagio más amplio, pero el episodio dejó dudas sobre si los reguladores pudieron haber hecho más para prevenirlo.
También hubo una serie de escándalos éticos embarazosos, lo que llevó a críticos a exigir mayor transparencia y rendición de cuentas en la Fed, y motivó a Powell a implementar reglas más estrictas en 2022 que limitan cómo los miembros de la junta pueden invertir. Aun así, los problemas continuaron: la gobernadora Adriana Kugler renunció el año pasado tras violar las políticas de inversión y negociación de la Fed.
Tras el regreso de Trump a la Casa Blanca, Powell redujo los esfuerzos en diversidad, equidad e inclusión y anunció recortes de personal en línea con el impulso del gobierno para reducir la fuerza laboral federal. La Fed también se retiró de una coalición de bancos centrales globales que estudia riesgos climáticos, a la que se había unido justo después de la elección de Biden.
Powell dijo que cambios como estos, que reflejan las directrices de una nueva administración, son coherentes con las prácticas de la Fed. Pero críticos de ambos partidos aprovecharon estos movimientos. En una audiencia en el Congreso a comienzos del año pasado, el republicano Tim Scott lo criticó por “cambiar de postura según el viento político” —y momentos después la demócrata Elizabeth Warren lo acusó de “adentrarse más en la política” para apaciguar a Trump—.
Sin embargo, en comparación con la batalla de Powell con Trump, todo esto parece un segundo plano —y cuando realmente importó, miembros clave del Congreso de ambos partidos lo apoyaron—. Eso fue una reivindicación para el jefe de la Fed, quien desde el inicio prometió “gastar las alfombras del Capitolio”.
En particular, el senador republicano Thom Tillis prometió bloquear la nominación del candidato de Trump para reemplazar a Powell, el exgobernador Kevin Warsh, hasta que el Departamento de Justicia terminara su investigación. Su compromiso resultó decisivo: la fiscal federal Jeanine Pirro anunció que su oficina cerraría la investigación y permitiría que el organismo interno de control de la Fed se hiciera cargo.
Pero Pirro se reservó el derecho de reabrir el caso —una amenaza que ha reiterado este mes— y Powell evidentemente no está seguro de que la investigación haya terminado realmente. Ahora dice que permanecerá en la Fed durante un período “por determinar” en su cargo de gobernador, cuyo mandato se extiende hasta enero de 2028.
Es inusual —y polémico— que un presidente de la Fed permanezca de esta manera. Pero Powell teme que los ataques legales de Trump pongan en riesgo la independencia del banco central, dejándole pocas alternativas. Al hacerlo, le niega a Trump la oportunidad inmediata de nombrar a un gobernador que podría ser más receptivo a las demandas presidenciales.
Pronto, la tarea de proteger la Fed recaerá en Warsh. En su testimonio ante el Senado el mes pasado —frente a preguntas sobre cómo manejaría la presión presidencial para bajar tasas y acusaciones demócratas de que sería una “marioneta” de Trump— prometió actuar con independencia.
Warsh criticó a la Fed de Powell por no contener la inflación posterior al covid, calificándolo como un “error de política fatal”, y prometió grandes reformas en la política y la comunicación. Pronto enfrentará sus propios desafíos: es probable que las expectativas de Trump choquen con una Fed inclinada a mantener las tasas sin cambios por ahora y que enfrenta nuevos riesgos inflacionarios derivados de la guerra entre EE.UU. e Irán.
Powell ha ofrecido consejos para quien lo suceda: mantenerse alejado de la política electoral, mantener buenas relaciones con el Congreso y reconocer el talento y el trabajo del personal de la Fed. “En última instancia, cada uno de nosotros querrá mirar atrás en el curso de nuestras vidas y saber que lo que hicimos fue lo correcto”, dijo en marzo.
En la próxima reunión del Comité Federal de Mercado Abierto en junio, Powell participará como un miembro regular en la mesa. Dice que no tiene planes de actuar como un “presidente en la sombra” ni de socavar a su sucesor.
Será otra etapa en una carrera en la Fed que podría resumirse con una de las frases más famosas de la banda favorita de Powell, Grateful Dead: qué viaje tan largo y extraño ha sido.
“Sus verdaderos momentos de prueba fueron en 2020 durante el covid-19, y luego en 2025 y 2026 durante la embestida de la administración Trump contra la independencia del banco central”, dijo Peter Conti-Brown, destacado historiador de la Fed. “Su lugar en la historia está asegurado por cualquiera de ellos”.
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