El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

El país del fútbol sintético

Los pueblos reemplazan a las ciudades capitales en la construcción de estos campos.

15 de mayo de 2010 - 04:00 p. m.
PUBLICIDAD

Entran con la sonrisa marcada en la cara. Son ocho, todos jóvenes; algunos lucen tatuajes en los antebrazos y en las pantorrillas: dragones, una salamandra y un corazón que trae a la cabeza un amor perdido, pueden verse cuando quedan en pantaloneta.

De repente, las bromas que marcaban su conversación desaparecen. De la nada salen un balón y ocho camisetas que dividen a los amigos en dos grupos. Un cronómetro que contabiliza 60 minutos es el testigo de la transformación: las carcajadas, las palmadas en la espalda para dar ánimo y cualquier signo de amistad son reemplazados por un concierto de patadas en las canillas, insultos, acusaciones de falta de virilidad y sudor en extremo que sólo se interrumpe tras el grito de un gol.

Es la escena que se repite a diario en los dos campos de grama sintética de La Cancha, el primer negocio que abrió sus puertas al Fútbol 5 en Bogotá. Fue hacia el año 2002, en la Autopista Norte con 103. “Era un sitio que permanecía lleno desde que abríamos, a las 6:30 de la mañana, hasta que cerrábamos a las 11:30 de la noche. Para jugar, la gente tenía que reservar con 15 días de anticipación, y muchos horarios no se conseguían”, recuerda Juan Carlos López, su administrador.

El furor y la novedad hicieron que el negocio creciera de inmediato. En pocos años se abrieron dos nuevas sedes en Bogotá, en los centros comerciales Plaza de las Américas y Diverplaza, además de una sucursal en Barranquilla. Y muy pronto apareció la competencia: “Luego de dos años la gente comenzó a construir canchas por toda la ciudad. Algunas son bien montadas, otras… de acuerdo con el gusto de sus dueños”, comenta López, quien resume la historia de su negocio: el terreno de la primera sede fue vendido para construir un edificio de apartamentos y uno de los centros comerciales, en su proyecto de expansión, reclamó el local donde operaba el segundo campo.

Hoy en día La Cancha se mantiene en Barranquilla y en el barrio Américas, de Bogotá, donde posee dos campos separados por una malla, además de cafetería, zona de duchas y una tienda que ofrece desde desodorantes en paquete hasta balones y calzado para jugar un partido. Y sin que el grupo de amigos que se disputa a muerte el balón pueda percibirlo, sus jugadas son grabadas por un circuito cerrado que garantiza la seguridad de los clientes.

Sus precios oscilan según el horario: un partido entre seis y ocho de la mañana cuesta $50.000; el precio baja a $27.000 entre las 10:00 a.m. y las dos de la tarde; quienes quieran jugar después de las seis de la tarde tienen que cancelar $100.000. “La grama es muy buena, uno no se raspa. Además, se siente protegido mientras juega”, asegura Javier Moreno, quien, sentado a la espera de su turno, observo cómo los ocho ex amigos se parten el alma.

La expansión del polietileno

El negocio probó ser tan rentable que la ciudad se fue llenando de nuevos campos sintéticos a lo largo de la década. Pronto aparecieron nombres como Supergol, Campín 5 y Fútbol-In, y algunos jugadores profesionales en la última etapa de su carrera (como Lucas Jaramillo y, recientemente, Juan Pablo Ángel) abrieron sus propios locales.

Hoy en día no se sabe cuántos coexisten en la capital, principalmente porque sus dueños no han mostrado disposición para agremiarse.

No ad for you

Un fenómeno muy parecido ocurre en Cali. Allí el primer campo abrió sus puertas hacia el año 2000 y luego le siguieron otros como Euforia Fútbol 5, que inauguró la moda en el sur de la ciudad. “Tenemos tres canchas. En cuanto a medidas, son de las más grandecitas, además de ser individuales, algo que gusta mucho porque a veces a la gente no le gusta que estén pegadas”, explica Alexandra Mejía, administradora de este negocio en el barrio Santa Anita.

Sus clientes prefieren jugar en las noches, entre las siete y las diez, cuando pagan $85.000, mientras sus esposas los esperan. “Contamos con gimnasio y peluquería. Son un complemento: mientras ellos juegan, sus señoras se ejercitan”, comenta Mejía, quien agrega que esta estrategia por diversificar las ganancias obedece a la misma naturaleza del negocio: “Cali es muy pequeño y hay cinco canchas más alrededor nuestro. El mercado está casi que saturado”.

No ad for you

Es una realidad que comprueba con números en mano William Duarte, ejecutivo de ventas de Tapisol, empresa colombiana que produce la grama sintética. “En Colombia hemos fabricado alrededor de 270 canchas. Cuando arrancamos hace ocho años con la fabricación de fibras para fútbol, los pioneros estaban en Cali. Hoy en día se disparó la venta en Bogotá y Medellín”.

Esta empresa, con sede en la capital del país, importa sus rafias (fibras de polietileno de nylon) desde Bélgica y Estados Unidos, y trae de Alemania los pegantes para adherirla al suelo. Todo esto, junto a las telas nacionales en las que irán fijadas las fibras, pasan por una tejedora capaz de producir 20.000 metros cuadrados mensuales de grama sintética. Sin embargo, el nivel actual de la demanda sólo da para producir 8.000 metros cuadrados al mes.

No ad for you

“Una cancha de fútbol, de cinco metros por quince cuesta cerca de $36 millones con IVA incluido. Pero en un proyecto con arcos, luces e infraestructura pueden irse entre $60 millones y $100 millones”, calcula Duarte, y agrega que sus productos tienen una garantía de cinco años. Pero los gastos no se detienen ahí: al campo debe aplicársele arena sílice (redonda), que no es abrasiva y permite un juego fluido; se deben utilizar pegantes especializados para garantizar que las líneas blancas no se desprendan y, lo más importante, se debe hacer un mantenimiento cada 50 horas de juego con un cepillo de cerdas duras para unificar las fibras.

Tapisol también ha fabricado grama sintética para campos profesionales en Cúcuta y Yopal, y en los últimos años ha expandido sus ventas a Venezuela, Ecuador y Panamá, al mismo tiempo que es testigo de un fenómeno particular: “Hay una demanda creciente de pueblos como Magangué, Sahagún, Cereté. Como si cada lugar de Colombia quisiera tener su propia cancha. Primero porque no tiene que mantener el pasto, y porque el alquiler genera ingresos a sus dueños”, dice Duarte.

No ad for you

A varios kilómetros de distancia de estos nuevos nichos, una alarma le punte punto final a la batalla por el balón. Las ocho personas que momentos atrás se habían insultado hasta el cansancio, terminan la disputa con un apretón de manos. Las felicitaciones por ese gol a ángulo imposible o por la férrea defensa prosiguen de camino a las duchas.

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias