Si el Reino Unido vota a favor de abandonar la Unión Europea en el referéndum del mes que viene, el costo económico será considerable y prolongado: ésta es la conclusión a la que han llegado nuevos estudios fiables. Los que hacen campaña a favor de una salida del bloque han de rebatir estos argumentos o bien decir por qué no son importantes. Hasta ahora los esfuerzos al respecto han dejado mucho que desear.
La campaña “Vote Leave” , la que está a favor de una salida del bloque, enfoca el referéndum como una decisión principalmente de soberanía, democracia e inmigración. Inquietudes legítimas, pero no puede dejar de lado las consecuencias económicas. El estudio oficial más reciente, publicado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos se suma a los análisis del FMI, el Tesoro británico y otras instituciones. Todos dicen más o menos lo mismo: una salida del bloque europeo afectaría al comercio, debilitaría el sector financiero -vital para el país británico- y reduciría las inversiones internacionales en el país. También es probable que se produzca un efecto en cadena: menos innovación y un crecimiento de la productividad más lento.
Según el informe de la OCDE, el coste anual a largo plazo sería de entre un 3 y un 8% del Producto Interno Bruto, una conclusión parecida al estudio del Departamento del Tesoro británico. La previsión principal de la OCDE del 5% equivale a un impuesto de unas 3.200 libras (US$4.700) por familia.
¿Abandonará la Unión Europea el Reino Unido?
Frente a la batería de estudios económicos oficiales, los proponentes de una salida han respondido con un panfleto el cual mantiene que la economía británica prosperaría mejor fuera de la Unión Europea (UE) que dentro del bloque. Los autores presentan algunos argumentos válidos, y sostienen, por ejemplo, que el Reino Unido podría adoptar una política de libre comercio unilateral en lugar de intentar negociar nuevos acuerdos con todos los socios comerciales, el supuesto en el que se basa la mayoría de los otros estudios. Probablemente tengan razón en que esto podría dar mejores resultados.
No obstante, pensar que esta mejora, incluso si va unida a otros supuestos optimistas, bastaría para convertir un coste económico neto importante en un beneficio neto significativo es una exageración. Y, por cierto, las políticas radicales necesarias para estos resultados, no solamente el libre comercio unilateral sino la desregulación económica radical, no tienen ninguna posibilidad de éxito en términos políticos. La Unión Europea no es lo único que se interpone entre el Reino Unido y la utopía de libre mercado concebida por algunos que se muestran a favor de un Brexit. De hecho, algunos de los peores supuestos mencionados en los estudios oficiales parecen bastante plausibles en comparación.
La posibilidad de una caída considerable de la inversión interna es especialmente preocupante. El Reino Unido tiene un déficit por cuenta corriente importante, un 7% del PIB. Si un Brexit provoca una fuga de capitales de los inversores internacionales o incluso una disminución de la tasa de inversiones nuevas, el Reino Unido podría tener que reducir su déficit externo mediante una depreciación de la libra, lo que afectaría significativamente a las importaciones.
El papel de Londres en el sector de las finanzas internacionales es otro punto débil. Aproximadamente un 7% de la producción económica del Reino Unido procede de los servicios financieros, un 11% si se incluyen los servicios legales, contables y de consultoría de gestión asociados al sector. El gobernador del Banco de Inglaterra, Mark Carney, ha enfatizado con razón el riesgo que un Brexit supone para este sector de la economía.
El problema de la campaña a favor del Brexit no es sólo que se niega a aceptar la seriedad de estos riesgos, sino que las figuras más destacadas de la campaña no han llegado a un acuerdo sobre los tipos de convenios comerciales, de haberlos, que habría con un Brexit. En lugar de presentar una alternativa políticamente viable a la permanencia en la unión, sólo ofrecen especulaciones descomunales y, cuando se les piden más detalles, empiezan a discutir entre ellos.