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El riesgo de la estanflación

En la última sesión la junta del Banco de la República elevó las tasas de interés de redescuento en un cuarto de punto porcentual. Aunque la decisión sorprendió a la opinión pública que la veía inconveniente, estaba cantada. El gerente la anunció, el FMI la apoyó sin reservas, y en la práctica se limitaba a aplicar la regla de la inflación, objetivo que guía al Banco de la República autónomo desde su creación. De acuerdo con esta regla, la tasa de interés debe subir cuando la inflación se coloca por encima de la meta preestablecida, y bajar en el caso contrario.

29 de febrero de 2008 - 07:00 p. m.
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El Banco defendió el ajuste argumentando que no afectaría la revaluación y aseguraba el cumplimiento de la meta de inflación entre 3,5 y 4,5%. Ambas predicciones fueron controvertidas a pocas horas de divulgarse. En los cuatro días siguientes el tipo de cambio bajó $100 y las cifras de los dos primeros meses dejan sin ningún piso la meta de inflación.

El organismo no ha logrado superar la concepción del libro de texto que señala que la inflación es un fenómeno monetario. Los directores dan por dado que el alza de la tasa de interés reduce la inflación y no tiene efectos reales. El comportamiento es muy distinto en un mundo donde la inflación es más un fenómeno externo. El alza de la tasa de interés baja la actividad productiva, lesiona el sector financiero y acentúa la revaluación y el déficit en cuenta corriente. Por lo demás, no compensa la presión ocasionada por la elevación de los precios de alimentos de materias primas y por el aumento de la demanda de los bienes no transables. Es posible que en los próximos meses la economía experimente caída del crecimiento económico y alza en la inflación.

En cierta forma, se repite, en menor grado, la evolución de la economía de los Estados Unidos, donde la elevación de la tasa de interés y luego la baja condujeron a un estado de estanflación. Los hechos están demostrando que la aplicación del criterio de inflación objetivo en un momento de alzas de precios por factores externos puede conducir al milagro; la contracción monetaria ocasiona la caída de la actividad productiva y las condiciones foráneas determinan el alza de la inflación.

Los desatinos del Banco de la República han suscitado acontecimientos inimaginables. En las últimas semanas el Gobierno anunció que elevaría los aranceles de las confecciones, textiles y artículos de cuero. La disposición aparece en abierta contradicción con el discurso oficial que presenta la desgravación arancelaria y los acuerdos bilaterales, en particular el TLC, como los motores mágicos del desarrollo. La contrarreforma suscitó la molestia de los promotores de la apertura, con Hommes a la cabeza, que la calificaron de triquiñuela oficial para favorecer a sus familiares y amigos en el sector textilero. La explicación es más sencilla. Ante un proceso de desplome del tipo de cambio que está arrasando el sector productivo, ¿que más puede hacer el Gobierno que subir los aranceles para salvar las empresas que quedan?

El ajuste arancelario, así sea puntual, tiene un claro mensaje de reivindicación. En la ortodoxia el arancel se ve como una criatura perversa que propicia las ineficiencias y baja el salario. Esta interpretación sólo es cierta en el mundo imaginario de David Ricardo en que los países producen bienes diferentes -Inglaterra confecciones y Portugal vino-. El resultado es totalmente distinto en la realidad, cuya constante es la producción de bienes comunes. En ese caso, el arancel suministre una protección similar a la del tipo de cambio, pero con un menor impacto sobre el nivel de precios. Si bien el arancel no sustituye el monumental atraso cambiario, contribuye a moderar la necesidad del ajuste cambiario y reducir su impacto sobre el nivel de precios.

Algo similar se puede decir de los intentos pasados de intervenir el tipo de cambio y controlar los ingresos de capitales. Luego de que los funcionarios clamaban a viva voz que no adoptarían esas medidas, luego procedieron a hacerlo a regañadientes. Otra cosa es que por razones ideológicas y falta de experiencia, las hayan aplicado en forma inadecuada.

Como lo señalé en su momento, muchas de estas medidas eran convenientes, pero no se podían adoptar a golpes de suerte. Lo cierto es que no obedecen a un criterio general. El alza de la tasa de interés es un castigo al Gobierno por no generar superávit fiscal y el alza de los aranceles una sanción al Ministerio de Hacienda y el Banco de la República por subir la tasa de interés y revaluar. No se trata de una estrategia articulada para conciliar múltiples objetivos instrumentos, sino de acciones puntuales para neutralizar las anteriores.

Los fundamentos de la economía colombiana están bien, pero su manejo deja mucho que desear. El descalabro de la concepción del Banco de la República, la descoordinación de la política macroeconómica y el déficit creciente en cuenta corriente configuran, en conjunto, un alto riesgo para la economía colombiana en las condiciones mundiales existentes.

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