“Si somos serios respecto a luchar por nuestros trabajadores en casa, tenemos que luchar por ellos alrededor del mundo. La verdad es que el comercio llegó para quedarse, y si incluimos estrictas políticas de protección en materia laboral y ambiental en nuestros acuerdos comerciales, y si nuestros socios comerciales juegan acorde a éstas, el comercio puede ser bueno para nuestros trabajadores y nuestra economía. Lo que no podemos hacer es ignorar la violencia contra los líderes sindicales en Colombia. Lo que no podemos hacer es firmar acuerdos comerciales que anteponen los intereses de grandes compañías multinacionales a los intereses de nuestros trabajadores o nuestro medio ambiente. Esa es la razón por la cual me opuse al NAFTA y al CAFTA, y es por eso que me aseguraré de que nuestros acuerdos comerciales funcionen para la totalidad de los ciudadanos americanos cuando sea presidente de Estados Unidos de América”. Con estas palabras Barack Obama resumió, ante una entusiasta multitud el pasado 15 de abril, su posición sobre los acuerdos de libre comercio.
En otro escenario, John McCain explicaba que la globalización representa una oportunidad para los trabajadores americanos, destacando que el 95 % de los clientes de las empresas de Estados Unidos se encuentra fuera de sus fronteras. Según McCain, Estados Unidos debe hacer esfuerzos multilaterales, regionales y bilaterales para reducir las barreras comerciales, emparejar el campo de juego y velar por la aplicación efectiva de las reglas de comercio mundiales.
Al analizar las posiciones de ambos candidatos, se observa que es difícil que exista un peor momento para discutir la aprobación de un tratado de libre comercio en Estados Unidos. Durante la campaña electoral, en la que se pretende nada menos que elegir el hombre más poderoso del mundo, cada vez se hacen más evidentes las ideas que tradicionalmente diferencian a los partidos en contienda, en este caso, demócratas y republicanos.
El Partido Demócrata cuenta con una base sindical fuerte y a sus líderes les preocupa el desplazamiento de puestos de trabajo hacia otros países impulsado por los acuerdos de libre comercio. Por eso incluye en sus discursos referencias al comercio “justo” y hace énfasis en la importancia de generar una economía “verde” en Estados Unidos, manifestando sus críticas a los acuerdos de los tratados comerciales. Por su lado, los republicanos son muy amigos del libre comercio, de abrir los mercados extranjeros y de utilizar escenarios multilaterales o bilaterales para cumplir con ese objetivo.
Por eso no es extraño que la aprobación del TLC suscrito con Colombia se encuentre entre dos fuegos, y que los pronunciamientos sobre el tema se atengan a la posición tradicional de cada partido. Desde Colombia también nos hemos encargado de avivar esas dos visiones. Viajan a Washington funcionarios del gobierno o empresarios para explicar por qué el TLC es bueno para Colombia, y al día siguiente, los detractores del Tratado visitan congresistas o le mandan cartas a Nancy Pelosi, líder demócrata en la Cámara de Representantes, para decir que en Colombia se vulneran los derechos de los trabajadores y que el TLC va a agravar esa situación.
Es muy difícil que antes de las elecciones en Estados Unidos el Congreso de ese país esté en capacidad de aprobar el TLC con Colombia. Sin embargo, después de las elecciones las cosas pueden cambiar. Algunos creen que se abre una ventana de oportunidad a finales de este año, durante las sesiones extraordinarias del Congreso. Si éstas se convocan —tampoco es tan seguro que haya sesiones extras—, es posible que tenga fruto el arduo trabajo que ha venido haciendo el Gobierno colombiano para explicar a representantes de ambos partidos la situación del país y sus avances en materia laboral.
Hoy se calcula que Colombia contaría con los votos necesarios para que el TLC sea aprobado. Pero para que esto suceda, se debe superar el obstáculo de Pelosi. Ella ha insistido que para presentar el TLC para su aprobación, la administración Bush debe comprometerse a extender el programa de asistencia para los trabajadores que pierden sus empleos por causa del comercio. Varios millones de dólares tendrá que invertir Bush para mover de su posición a la líder demócrata.
Dentro de ese escenario, y suponiendo que Obama sea el presidente electo, es posible que él piense que es mejor quitarse un problema futuro y permita que los demócratas voten libremente el acuerdo con Colombia antes de su posesión; de esa manera, al asumir la Presidencia no se verá obligado a respetar la promesa de campaña frente a los TLC y quedar mal con uno de los países latinoamericanos más cercano a Estados Unidos.
Obama podría pensar que mejor después negocia un compromiso en materia laboral y de fortalecimiento de la justicia que castigue la violencia contra sindicalistas. De otro lado, si McCain es el presidente, sin duda tratará de impulsar la aprobación. En noviembre tendremos la respuesta. Ahora falta ver si las llamas del incendio interno que está atravesando Colombia (parapolítica, yidispolítica, farcpolítica, Corte Penal Internacional husmeando), se quedan en el país o por el contrario terminan alimentando el fuego en Estados Unidos y el TLC termina chamuscado.
(*) Ex viceministro de Comercio.
Lista nueva ofensiva colombiana en pro del TLC
Septiembre será un mes clave en la intención que tiene Colombia de que el Congreso de Estados Unidos apruebe el Tratado de Libre Comercio que firmaron ambos países en 2006.
Dentro de una semana partirá la primera delegación nacional, encabezada por el ministro de Comercio, Industria y Turismo, Luis Guillermo Plata, con rumbo a Washington, donde por dos días intentará convencer a los legisladores norteamericanos de los beneficios que traerá el acuerdo en ambas naciones.
Además, el funcionario y un grupo de empresarios colombianos se reunirán el 9 de septiembre con medios de comunicación estadounidenses.
Pero allí no pararán los esfuerzos del Gobierno para dar a conocer su posición sobre las ventajas que otorgará la entrada en vigencia de este acuerdo.
El presidente Álvaro Uribe Vélez también viajará a Washington el 17 de septiembre, y durante cuatro días defenderá ante distintos estamentos, sobre todo del Partido Demócrata, su visión sobre el TLC. El Mandatario se desplazará después a Nueva York, donde hará parte de la Asamblea General de la ONU.