Surjit Bhalla, un economista indio, me ha escrito diciendo que las elecciones de la India son “las más trascendentales en la historia mundial”.
Estoy en desacuerdo: la elección de Abraham Lincoln y Franklin Delano Roosevelt en Estados Unidos fueron más significativas. Pero la idea no es absurda. La población de India es de 1.270 millones. Pronto superará la de China como el país más poblado de la Tierra. Si la elección de Narendra Modi fuese a transformarla, en efecto transformaría al mundo.
Ya es posible identificar tres formas en las que estas elecciones son notables. Primera, la India ha demostrado de nuevo la virtud más característica de la democracia: la transferencia pacífica del poder legítimo. Que esto sea posible en un país tan vasto, diverso y pobre es un logro político que genera inspiración.
Segunda, los indios han rechazado las políticas dinásticas del Congreso Nacional Indio, lo que desgraciadamente ha llevado a su fin a la distinguida carrera pública de Manmohan Singh, un hombre que he conocido y admirado durante cuatro décadas. Si Modi tiene éxito es porque está construyendo sobre la base de los gobiernos anteriores. El Congreso aún tiene la mejor probabilidad de ser el partido secular fuerte que India necesita, pero sólo si se libera de la dependencia que tiene hacia la familia Gandhi.
Tercera, Modi es realmente un hombre que se hizo a sí mismo. Aunque su partido ganó tan sólo 31% del voto, ha ganado una mayoría arrasadora en la Cámara baja. Lo ha hecho sobre la promesa de ampliar los éxitos que tuvo gobernando la provincia de Gujarat al resto del país. Hay un debate en India con respecto a si Gujarat es el modelo que dice ser, pero ese no es el punto principal. Lo que importa más es que los indios han elegido a un hombre que promete mejorar sus vidas. No lo han escogido por sus orígenes. Eso es prueba de la transformación en India durante el último cuarto de siglo.
El gobierno que sale ha sido condenado como un fracaso. No obstante, como ha señalado Shankar Acharya, el exasesor económico jefe para el gobierno de India en la década de 1990, “el crecimiento económico ha sido de 7,5% al año en promedio, que es lo más rápido en cualquier década en la historia del país. Este rápido crecimiento en el producto interno bruto ha aumentado los ingresos promedio por casi 75% en rupias reales ajustadas a la inflación”. Esto suena bien, pero añade él que también esconde la verdad.
El crecimiento se desaceleró agudamente durante los últimos tres años “por la acumulación de malas políticas económicas”, mientras que la inflación de los precios al consumidor ha aumentado entre 9 y 11% durante los últimos cinco años.
Al mismo tiempo, dijo Acharya, las políticas del gobierno se hicieron cada vez peores. Señala a unos gastos exorbitantes en subsidios al petróleo, a la comida y a los fertilizantes; programas de empoderamiento que fueron desperdiciados; conciliaciones con pagas exorbitantes y enormes déficits fiscales.
Otras fallas incluyen el rehusarse a levantar los desincentivos al empleo, el capitalismo clientelista, la regulación caprichosa, la tributación retrospectiva, los saltos excesivos en los precios de adquisición de alimentos y la corrupción.
Acharya argumenta que todo esto ha contribuido a un legado con enormes retos: el fracaso en el intento por crear empleo para los 10 millones de jóvenes que entran cada año al mercado laboral, el estancamiento de las manufacturas, la infraestructura inadecuada, los retrasos en proyectos incompletos, la vulnerabilidad de la agricultura a causa de la presión sobre el agua, programas de empoderamiento mal administrados, el debilitamiento de las finanzas externas del país y un deterioro más profundo en la calidad de la gobernabilidad misma.
Modi ante todo ha sido elegido para acelerar el desarrollo, pero debe hacerlo de forma que beneficie a la vasta mayoría de la población y no sólo a las élites.
No es claro si Modi puede asumir retos tan grandes en este país enorme y complejo. Su lema, “Menos gobierno y más gobernabilidad”, ha capturado el interés del público, aunque nadie sabe qué quiera decir esto en la práctica.
Un análisis hecho por JPMorgan sugiere que de hecho “hay una convergencia sorprendente con respecto al pensamiento económico” entre los dos partidos principales. La diferencia, si la hay, podría estar más en la implementación, un área en la que también insisten los partidarios de Modi.
Estas elecciones pueden demostrar ser un gran paso hacia la modernización económica de la India que se reanudó en 1991. Sin embargo, esta ronda de reformas será mucho más difícil que las anteriores.
Ahora no se trata simplemente de sacar al Estado del camino. Se trata más de hacer del gobierno un sirviente honesto del pueblo de la India. Este reto es probablemente mayor que el que Modi superó en Gujarat.
Modi sigue siendo un enigma. Es un hombre de acción, un nacionalista y un miembro comprometido del movimiento Hindutva. Es difícil creer que él podría llegar a igualar la reacción emoliente que tuvo Singh ante el fomento del terrorismo por parte de Pakistán. Nadie sabe qué tan comprometido se siente hacia los empresarios que financiaron su campaña, pero una cosa es segura: India tiene un nuevo juego. Hay que prestarle atención.